11 marzo 2012

La mañana que volví a La Gaveta

 
La Gaveta, para los escritores de mi generación, no es una parte de un mueble sino un refugio. La casa de Bladimir Zamora está en un tercer piso, es uno de los cuartos de un antiguo hotel de La Habana Vieja. No tiene ni baño y está en peligro de derrumbe.
En ese minúsculo rectángulo se atesoran los discos y los libros que pueden definir a alguien como cubano. Pero hay algo aún más valioso allá adentro. El individuo que lo habita. En busca de eso subí la escalera oscura, donde las más antiguas telarañas permanecen intactas.
Cuando hice sonar la verja de hierro, Bladi protestó mal humorado. Creyó que se trataba de otra visita de los compañeros de la Campaña Nacional contra el mosquito Aedes Aegypti, agente transmisor del dengue hemorrágico. “¡Ya he dicho que va!”, gritó ante mi insistencia.
No quise avisarle que era yo. Si me había demorado más de diez años en volver, qué importaban unos minutos más. No cambió ni la frase de bienvenida ni la expresión de su rostro. “¡Niñooooo!”, dijo en el mismo tono de siempre y con esa rara mueca que usa para sonreír. Yo lloré, él puso música.
Volver a La Gaveta me devolvió demasiadas cosas que ya creía perdidas. Hice que Diana se parara en el balcón y mirara a La Habana desde esa perspectiva. Luego lanzamos ron al aire, con la esperanza de que alcanzara una puertas más allá, donde aún está el cuarto que fue de Reinaldo Arenas.
Muchos llegan a Cuba en cuanto aterrizan en Rancho Boyeros. Yo, además, necesité entrar en La Gaveta. Es que mi país no empieza en un puesto fronterizo, sino en los espacios donde sobrevive lo que me hace cubano.

09 marzo 2012

Quiero estar ahí

 
Muchas veces al día queremos estar en un lugar muy diferente al sitio donde nos vemos obligados a permanecer. Yo siempre tengo deseos de volver al Paradero de Camarones. No pierdo ese instinto que me empuja hacia las cosas que me rodearon de niño (aun después de comprobar que la mayoría de ellas están perdidas o muertas).
Más de una vez he querido volver a pasar caminando el puente giratorio sobre el río San Juan, en Matanzas. La única vez que lo hice, viví una experiencia que puedo reconstruir travesaño a travesaño. Aun suenan en mi cabeza los pitazos del tren que se acercaba.
A la sombra de los árboles de la calle Álvaro Obregón, en la Colonia Roma, leí varios libros. Cada vez que los veo en mi librero, quisiera reabrirlos allí, en México D.F., mientras el olor de los comales se mezcla con la tóxica neblina del valle.
Una callecita del barrio gótico de Barcelona, una casa con la silueta de un poeta suicida en Bogotá, la calle de los rieles de Santiago de los Caballeros, el malecón de La Habana… Hay muchos lugares a los que siempre estoy dispuesto a volver. Pero ahora mismo, en este instante, quisiera estar ahí.
El río Hanabanilla nace unos pasos más arriba de esa poceta, en el vientre de las montañas que rodean El Nicho. No necesito muchas cosas más. Lo único innegociable sería un poco de ron añejo, algunas canciones para el viaje de regreso y que tú estés dispuesta otra vez a meterte en el agua helada.

08 marzo 2012

La chica de la avellana

 
Cuando llueve de esta manera,
los peces del acuario
piden comer avellanas.
Lo hacen de una manera rabiosa.
Se llenan la boca de piedras
y escupen la palabra
en pequeñas burbujas grises.

Los peces del acuario
aún no saben a ciencia cierta
cuál es el sabor de las avellanas,
pero tienen la sospecha
de que en algo se parece al suyo.

Ninguno de ellos ha podido olvidar
aquella tormenta.
La penumbra del cielo
encima del estanque,
como un reflejo de ese vacío
donde las cosas
no flotan ni se hunden.

Los peces del acuario
todavía pueden describir
los detalles que vieron:
el dedo rozando los labios,
la lengua atrapando la avellana
y los ojos que se cerraban
al mismo tiempo que mordían.
A eso se debe su rabia,
la boca llena de piedras
y la palabra que,
en pequeñas burbujas grises,
ha sido escupida contra los vidrios.

05 marzo 2012

La Habana, esa dama barrendera

 
Ya casi no paso por Facebook. No puedo explicar a ciencia cierta por qué me ha dejado de interesar, pero ya no le veo la gracia y, lo que es peor, me aburre. Por eso demoré tanto en descubrir una bellísima foto de La Habana que había dejado en mi muro el poeta dominicano León Félix Batista.
“Barrendera de las calles de La Habana, feliz de ser fotografiada por mí”, dice León en su pie de foto. Cuando di con la imagen, ya tenía un comentario de José Manuel Fernández Pequeño: “Hermosa... como La Habana. ¿Habrá alegría así fuera del Caribe? No lo creo”, sentenciaba. Al leer a Pequeño, no contuve la tentación de rebatirle algo.
“Bellísima foto, bellísima Habana –puse–. Pero quiero corregirle algo a mi querido Pequeño. Si hay una ciudad en el mundo que se niega a ser caribeña, esa es La Habana. El Caribe no le va a una dama como esa, ella es otra cosa. Y para colmo, la geografía le da la razón, no está en el Caribe sino en el Golfo de México, al igual que Varadero, que muchos llaman erróneamente la mejor playa del Caribe”.
Pequeño, por su doble condición de santiaguero (de Cuba y de los Caballeros) piensa, vive y suda como un caribeño. Eso lo empujó a no perder el calor y responder de inmediato:
“Tiene razón Camilo y no la tiene (¿habrá mejor lugar para esa contradicción que el Caribe?). La Habana, con su porte metropolitano y su vanidad de puerto internacional, no debería de ser parte del Caribe. Sin embargo... la historia la convirtió en retorta donde el Caribe se ha mezclado (de fuera y de dentro, de Yucatán y de Santiago de Cuba, la ciudad más caribeña de Cuba). Y ahí se contaminó de Caribe. Como Miami por otras razones. Como San Salvador de Bahía, que tampoco está en el mar Caribe y es casi tan caribeña como Santiago de Cuba. Hay Caribe por ubicación y hay Caribe por adopción histórica. Eso creo”, recalcó Pequeño.
Llegados a ese punto, preferí continuar el diálogo (o la discusión, en el Caribe no es posible una cosa sin la otra) con una anécdota: “La última vez que estuve en La Habana, fui con Luis Concepción. Bebíamos ron junto a Bladimir Zamora en el Malecón y recuerdo que Luis dijo: ‘Esto no tiene nada que ver con el Caribe, esto es otra cosa’. A lo que Bladimir contestó: ‘Y te juro que nosotros los orientales hemos hecho lo imposible para que lo sea, pero de eso nada, La Habana está en otra parte’”.
Pequeño también prefirió responder con otra anécdota: “Una vez le pregunté a Tony Gómez Sotolongo por qué las migraciones del campo habían convertido a Santo Domingo en una ciudad de provincias y, sin embargo, con La Habana no había pasado. Y él respondió: Porque en Santo Domingo los guajiros colonizaron la ciudad y La Habana es tan ella que colonizó a los guajiros”.
Llegados a ese punto, le dije a Pequeño que no resistía más la tentación, que me iba para El Fogonero a escribir este post. Se lo debo, en primer lugar, a León Félix Batista, por su imagen; luego a José Manuel, por provocarme con su lucidez y, por último, a La Habana, esa dama barrendera que mira al poeta y se ríe, invicta, orgullosa, convencida de que su dignidad y su identidad nunca serán derrotadas. 

04 marzo 2012

Un poema con tu nombre

De todos tus deseos
el único que no podré cumplir
nunca
es escribir un poema
con tu nombre.

No quisiera revelar
ese secreto.
Prefiero
que todo suceda
sin que nadie
lo sepa nunca.
Que las cosas
se digan
en silencio,
del mismo modo
que se oyen
en las canciones
que solemos poner
cuando nadie más puede vernos.

Ojalá que entiendas, Diana,
pero decir tu nombre
es tener que empezar a compartirte.

02 marzo 2012

Fort Lauderdale

 
Ahora, cada vez que miro el mapa de La Florida,
señalo la ruta del avión
que volvió a la costa con los motores apagados.
Debajo de los círculos que describimos,
mientras el aparato descendía
sobre la tramoya de casas,
campos de golf
y lagos artificiales,
dibujo siempre aquellas aves desconocidas
que te pasaron por encima
en el parqueo del centro comercial.
No olvido el gesto que hiciste
para quitarle la cara al viento
y cubrir la más reciente de todas tus cicatrices.

Así mismo apareces en el mapa de La Florida,
de espaldas,
con las manos en el cuello
y los ojos cerrados del miedo,
mientras yo te abrazo
del mismo modo que lo hice la primera vez,
en aquel aguacero torrencial
que se armó en Santo Domingo
para que por fin nos conociéramos.

Fíjate bien en el mapa de La Florida
para que veas lo que te digo.
Sobre sus marcas aún sucede
el viaje de regreso a la costa,
aquel acto de acrobacia sobre la tarde inmensa
en que nos mirábamos en silencio,
detrás del rastro que dejan las aves
cuando todo en el mundo está en riesgo de apagarse.