La Gaveta, para los escritores de mi generación, no es una parte
de un mueble sino un refugio. La casa de Bladimir Zamora está en un tercer
piso, es uno de los cuartos de un antiguo hotel de La Habana Vieja. No tiene ni
baño y está en peligro de derrumbe.
En ese minúsculo rectángulo se atesoran los discos y los libros
que pueden definir a alguien como cubano. Pero hay algo aún más valioso allá
adentro. El individuo que lo habita. En busca de eso subí la escalera oscura,
donde las más antiguas telarañas permanecen intactas.
Cuando hice sonar la verja de hierro, Bladi protestó mal humorado.
Creyó que se trataba de otra visita de los compañeros de la Campaña Nacional
contra el mosquito Aedes Aegypti, agente transmisor del dengue hemorrágico. “¡Ya
he dicho que va!”, gritó ante mi insistencia.
No quise avisarle que era yo. Si me había demorado más de diez
años en volver, qué importaban unos minutos más. No cambió ni la frase de
bienvenida ni la expresión de su rostro. “¡Niñooooo!”, dijo en el mismo tono
de siempre y con esa rara mueca que usa para sonreír. Yo lloré, él puso música.
Volver a La Gaveta me devolvió demasiadas cosas que ya creía perdidas.
Hice que Diana se parara en el balcón y mirara a La Habana desde esa
perspectiva. Luego lanzamos ron al aire, con la esperanza de que alcanzara una
puertas más allá, donde aún está el cuarto que fue de Reinaldo Arenas.
Muchos llegan a Cuba en cuanto aterrizan en Rancho Boyeros. Yo,
además, necesité entrar en La Gaveta. Es que mi país no empieza en un puesto
fronterizo, sino en los espacios donde sobrevive lo que me hace cubano.
