No suelo aclarar nada de lo que escribo. Prefiero asumir y sustentar
cada cosa que se me ocurre. Me cuesta mucho trabajo desdecirme cuando estoy convencido de lo contrario. Desde que supe
que uno de los más grandes poetas de mi país había sido forzado a retractarse,
aprendí a empecinarme y a sostener las cosas hasta las últimas consecuencias
(lo cual me ha costado caro más de una vez).
Pero resulta que mi tío Aramís, uno de los seres que más
quiero en este mundo, me regañó por mi último post y tengo que hacerme entender
mejor. Aramís llegó a Miami a principios de la década del 70 y nunca más se ha
movido de allí. Esa ciudad le devolvió todo lo que había perdido en el Paradero
de Camarones.
Cuando dije que Miami era un campamento, Aramís, no hablaba
mal de tu ciudad si no del lugar del que te fuiste. Si no te hubieran forzado a
marcharte, si pudieras volver, estoy seguro de que preferirías andar de cacería
por el potrero de Felo López o irte a bañar en el arroyo de la colonia de Claudio Yero.
Ya estaba a punto de terminar este post, cuando recibí un
comentario en Facebook de Déborah Fajardo Winterholler, otro ser querido mío. Débora
también discrepa de mi post y me dejó por escrito el sabor amargo que le dejé
en la boca. No hay dudas, no me supe explicar. Aún cuando leo y releo sin ver
lo que ellos ven, les pido disculpas.
Cuando dije que era un lugar de tránsito, no menospreciaba
ese sitio donde los cubanos han ido reconstruyendo su identidad y su sentido de
pertenencia, sino que alababa su increíble paciencia. Nadie más alojaría a un huésped,
¡por 50 años!, a sabiendas de que en el fondo no se deshace de la idea fija del
regreso.
Dentro de unos días, cerveza Hatuey en mano, me explico mejor.
Aramís sabe muy bien que me fui de allí con ganas de volver, es decir, de
quedarme.



