En una de las primeras escenas de Scarface, Toni Montana es albergado en sitio donde han recluido a
todos sus compañeros de viaje. Estamos hablando de 1980 y de la crisis del
Mariel, donde miles de cubanos abandonaron su país y la ideología que regía
(rige) en él.
Hay un momento de la película en que Brian De Palma ofrece una vista aérea
del campamento. Bajo la tela de viaductos, cientos de casas de campañas sirven
de refugio a los exiliados. Actualmente, toda la ciudad de Miami presenta un panorama
similar al que vivió el celebérrimo Montana a su llegada.
Una prueba de ello son las
columnas de las casas. No importa que sean dóricas, jónicas o corintias, al
final no son más que una tubería de aluminio disfrazada de sheerock. Todo en la
ciudad es provisional, como si los que la viven supieran que nada allí va a
durar lo suficiente.
Mientras preparamos el viaje de
regreso a Miami, le recordé a Diana una anécdota que vivimos juntos allí. “Es
que eso no es una ciudad –me dijo–, es un campamento”. No pude resistirme a la
tentación de llamar a Alejandro Aguilar para comentarle la frase.
Entonces él acabó de redondear
la idea.
–Miami no es un lugar sino una
sala de espera –aseguró tajante.
Pronto estaremos compartiendo
otra vez con esos individuos que solo se comunican en su idioma y que insisten
en repetir nombres muy difíciles de pronunciar en inglés: Palma Soriano,
Yaguajay, Cumanayagua, Güira de Macurijes, Guanajay…




