12 octubre 2011

Pie de foto II

Ya le habían dicho que yo estaba en el pueblo. Pero no se atrevió a salir a buscarme. Se quedó en casa de Mochila (el improvisador, el verdadero poeta) hasta que yo empecé a vocearle. Me abrió los brazos de lejos y salió caminando hacia mí sin apuro, tratando de retrasar lo más que pudiera el encuentro.
Escribí hace un tiempo sobre quién era Gustavo el Chambón y todo lo que significaba para mí. Participamos juntos en incontables batallas con tirachapas. Jugamos partidos decisivos en el viejo terreno de pelota, aquel que estaba en medio de un cañaveral, camino de La Flora.
Descubrimos el alcohol a la misma edad y nos emborrachamos en todos los carnavales a la redonda: Cumanayagua, Potrerillo, Cruces, San Fernando de Camarones, Palmira… Gracias a su corpulencia y a su fuerza bruta, era una especie de talismán que llevábamos por todas partes para que a nadie se le ocurriera meterse con nosotros.
El Chambón es un guajiro rudo, veterano de Angola, un fajador incansable en cada pelea cotidiana. Por eso no me atreví a decirle que ahora prefiero el ron añejo y a las rocas, con un chorrito de agua Perrier. Volvimos a beber como siempre, a pico de botella, debajo de un sol que rajaba las piedras.
Aun así quiero que conste que, cuando nos abrazamos, él empezó a llorar primero.

Pie de foto I

De izquierda a derecha, la primera es Aracelia. No es posible contar la vida de nadie en el Paradero de Camarones sin que ella aparezca en algún momento. Desde tiempos inmemoriales es eso que hoy le llaman líder comunitario. Siempre se hizo cargo de todo, desde los sorteos para los juguetes hasta las campañas de vacunación.
Cuando un ciclón arrancó de raíz a la vieja iglesia, Aracelia corvirtió al comedor de su casa en un templo y a la cocina en un confesionario. En su portal siempre estuvo el único columpio que conocimos. Cada muchacha de mi generación se hizo una foto en él cuando cumplió quince. Algunas salieron fuera de foco, todo dependía de la velocidad que llevara el artefacto en ese momento.
El segundo es Alberto Píz, el hijo del hacendado más poderoso de la comarca y el mejor pelotero que tuvimos en cualquier época. Ya había firmado un contrato con los Piratas de Pittsburgh cuando Fidel rompió todos los vínculos con las Grandes Ligas. Eso frustró a Masacote por partida doble. Ni pudo viajar a los Estados Unidos, ni pudo integrarse al equipo Azucareros en la primera Serie Nacional.
El tercero es Juani, el hijo de Talín y Mercedita. Tenía un perro que se llamaba Nerón y una curva que ponchaba a cualquiera. De sus manos salieron los mejores papalotes que han volado en el cielo del pueblo. Sus coroneles, como los de Narciso el Mocho, eran unos pájaros perfectos, llenos de colores y lindos cantos.
El del fondo es Stuart. Él en verdad es de Cruces. Pero el haber sido jefe de estación en Camarones por más de 10 años, lo convirtió en uno de nosotros. Es un hermano de oro negro que busco para hablar de trenes. Siempre me acompañó en mis expediciones en motor de línea por los intrincados ramales que estaban a punto de desaparecer.
Luego está Yuyo, el alcalde del pueblo. Suya fue la idea de hacer un estanque de ladrillos y teñir su interior con azul de metileno. De no haber sido por eso, nunca se le habríamos podido echar flores a Camilo en el Paradero de Camarones, un pueblo sin acceso a ninguna corriente de agua. Yuyo habla como si diera un discurso y vive como si el tiempo no le incumbiera.
Por último estoy yo. Como pueden ver, allí soy un hombre demasiado feliz. Por eso quisiera que me perdonen, por ese día, los vivos y los muertos de mí felicidad.

11 octubre 2011

Siete puertas

Los viajes de regreso al Paradero de Camarones, esa es una de las cosas que más disfruté siempre. Cuando volvía en el tren de Cumanayagua, mientras el conductor se bajaba a darle manigueta al teléfono para pedir vía y poder salir a la línea principal, yo miraba a la casa a través del potrero y los árboles del patio.
El ramal se acababa en el otro extremo del triángulo. Aún desde esa distancia se veían con mucha claridad los enormes ventanales, el interior de la sala, la saleta y el comedor. Las luces de los bombillos de 100 watts hacían que ese momento, en que ya no era de día pero tampoco de noche, se viera como en las películas.
Cuando el tren retrocedía para hacer andén, yo sacaba la cabeza por la ventanilla en busca de mi abuelo Aurelio y mi abuela Atlántida. Ellos siempre me esperaban en la puerta de la calle para abrazarme los dos a la vez. Han pasado casi treinta años, pero para mí esa sigue siendo todavía la idea de un regreso a casa. Cada vez que voy camino a los míos, ninguna otra imagen que me viene a la cabeza.
La estación de ferrocarril del Paradero de Camarones tiene siete puertas. Dos en el salón de espera, tres en el cuarto de expreso y dos en la casa de familia. Las siete estaban cerradas. El silencio que encontré allí fue infranqueable incluso para los fantasmas de Aurelio y Atlántida.
Por eso no me quedó más remedio que ir hasta la  punta del andén y, cuando estuve seguro de que nadie me veía, empezar a llorar. Lloré como un niño y, de alguna manera, volví a serlo. Solo que esta vez no había ni una sola bombilla de 100 watts encendida. Nada haría que pareciera una película.

Señal

Llevo conmigo todo lo que he acopiado de la gente y los lugares que me han definido. Casi nada de lo que digo se me ocurrió a mí. Antes lo leí, lo oí o lo vi en alguna parte. Escritores, músicos, pintores, arquitectos, pueblos, ríos, montañas y ciudades me han ido haciendo una criatura contradictoria, a veces incomprensible.
Soy poco original, inconsciente y envidioso. No me explico cómo alguien pudo llegar a cierta conclusión que me fascina y me inspira. No alcanzo a comprender qué impulsa a los que pronuncian la palabra deber como si dijeran dolor. Quisiera para mí muchas cosas que son de otros, valiosas o inservibles, tangibles o etéreas.
He tenido la fortuna de coincidir en tiempo y espacio con individuos y sucesos que cambiaron muchas historias y hasta la Historia. Estar allí me trocó a mí también. Perdí la cuenta de todas las personas que he sido. Más de una vez fui de una manera y luego de la otra. Gracias a eso, yo también he llegado a decir la verdad cuando miento.
Ya pertenezco a muchos paisajes que ni siquiera conozco. No puedo vivir sin muchísimas cosas que no tienen nada que ver con Cuba ni con eso que algunos se atreven a llamar cubanía. Mi identidad está hecha de tantas cosas inconexas y discordantes, que ya es indefinible hasta para mí mismo.
Pero ahí, a partir de esa señal donde empieza el Paradero de Camarones, soy tan simple y tan feliz conmigo mismo, que no necesito dar ni pedir ninguna otra explicación.

La torre de Mal Tiempo

Desde el alto techo de zinc de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones se divisaban las torres de seis ingenios azucareros: Elpidio Gómez (Portugalete), Espartaco (Hormiguero), Ramón Balboa (San Agustín), Marta Abreu (San Francisco), Ciudad Caracas (Caracas) y Mal Tiempo (Andreíta).
Durante la zafra, las mujeres de mi pueblo tenían que caminar a favor del viento. De lo contrario, el bagacillo que salía de tantas chimeneas les arruinaba los vestidos. A las 11 de la mañana y a las 6 de la tarde los ingenios hacían sonar sus silbatos. Aquellos vapores unísonos atravesaban todo en todas direcciones.
En la actual zafra, solo Ciudad Caracas está moliendo. El resto de los centrales fueron demolidos y sus bateyes apenas producen un silencio deprimente. La hierba de Guinea y los montes de marabú se ha expandido por los antiguos cañaverales, trocando el antiguo paisaje en un borroso potrero.
De lejos, saludé a la torre extinta del central Mal Tiempo. Ella fue la estructura más alta que tuve al alcance de mi infancia. Nací y mi crié en un pueblo que fue hecho por las zafras. La gente que me rodeaban eran azucareros, esa circunstancia los definió por más de dos siglos.
Creo que esa es la razón por la que esos lugares, tan afines y familiares, me resultaron desconocidos a primera vista.

10 octubre 2011

La frontera de Cruces

Era poco más de la una de la tarde. A esa hora, en ese andén, debía estar el tren mixto que recorría los ramales entre Mataguá, Cumanayagua y Santo Domingo. Pero estamos en el 2011 y la estación de Cruces es un lugar fuera del alcance de los relojes, allí no se mueven ni las hojas de los árboles.
No podría decir cuántos recuerdos de mi infancia sucedieron en el tren mixto (llevaba vagones de carga y de pasajeros, de ahí su nombre). En él íbamos a casa de mis primos, en San Juan de los Yeras. En él también se iba mi padre,  colgando de un estribo, haciendo murumacas para que yo me riera.
Frente a la estación de Cruces hay un prado. Cuando yo era chiquito me parecía inmenso, casi interminable. Pero luego, cuando conocí el de Cienfuegos y el de La Habana, se fue empequeñeciendo hasta convertirse en una calle municipal con ciertas ínfulas.
Esta vez el problema no fueron las dimensiones sino las ruinas. Algunos de los edificios más emblemáticos ya no existen, otros están a punto de desplomarse. Afortunadamente, los portales han resistido y aún se puede caminar a través de ellos por cuadras y cuadras.
Al pasar por el parque, giré en la misma dirección que lo hacíamos los varones los sábados en la noche. Eso era todo lo que quería volver a ver de Cruces. Ya no me quedaba ni una excusa para seguir demorándome. Cinco kilómetros más adelante me esperaba el Paradero de Camarones.
Sus olores ya se habían adelantado. El humo de la basura que arde en el fondo de los patios, la hierba recién cortada en las alcantarillas, el alquitrán de las viejas traviesas que ahora sirven de postes... La frontera de la región a la que pertenezco también es transparente.