Cuando el avión entró en el golfo de Batabanó y comenzó a
descender sobre Cuba, sentí algo muy raro por dentro. No lo describo, me siento
incapaz de hacerlo (Luego supe que a Omar Mederos le pasó algo muy parecido. Él
le llama “terepe”. No sé si esa palabra suya en mi caso alcanza).
Ya en tierra, mi primer problema fue con las escalas.
Recordaba un aeropuerto más grande, una avenida de Rancho Boyeros más ancha y
una cúpula de la Ciudad Deportiva más alta. Todo en mi memoria se había
amplificado y tuve que hacer un rápido reajuste de las dimensiones.
Cuando llegué a mi antigua calle (11, entre A y B, en El
Vedado) casi nada me resultó conocido. Los jóvenes ya no estaban y los viejos
estaban mucho más viejos. El árbol que más me gustaba ya no existía y en los
jardines había crecido la mala hierba con descaro. Van Gogh, el perro de Ana
Rosario, tampoco me reconoció.
Rumbo a Miramar, seguí cotejando mis recuerdos con la
realidad. Sabía que me mantenía despierto y en la geografía correcta. Estaba
claro de que por fin no era un sueño (tuve muchos, demasiados, todos los que se
pueden tener en 10 años de ausencia).
Ya en el hotel, las cosas me resultaron absolutamente
desconocidas. Subimos a la habitación y el maletero habló en una jerga que yo
no alcanzaba a entender. Eran palabras nuevas, frases que no existían cuando yo
me marché. Entonces Diana corrió las cortinas del balcón y entró la última luz
del día.
Afuera, el sol se iba de la ciudad. Los restos de la tarde caían
a toda velocidad sobre el golfo de México. Por fin algo me resultaba conocido,
familiar. Solo allí, en el poniente de La Habana, esa luz era posible. A partir
de ahí comenzó el viaje, ese fue el momento en que supe que había llegado.




