Anoche, mientras atravesaba un largo túnel en compañía de Alejandro Aguilar y Marianela Boán, comenzó a oírse la voz de Pablo Milanés. Los tres hicimos silencio para escucharlo. Cuando se acabó la canción, Marianela hizo una de esas sentencias suyas que suelen acabarse en una pregunta: “Qué grande es Pablo, ¿no?”.
Edmundo García, en cambio, cree que si no hubiera sido por la revolución, Pablo Milanés no habría pasado de ser “un bolerista con una guitarra en un bar de Bayamo, o en el mejor de los casos de La Habana”. Inmundo, el “periodista independiente” arremete contra el trovador por sus recientes declaraciones, donde admite que ya no es fidelista y que le cantaría a las Damas de Blanco.
El concierto en el American Airlines Arena de Miami, ha puesto a Pablo Milanés entre dos fuegos. Ambos bandos le han caído encima al trovador, les resulta intolerable su postura, les produce pánico su actitud. Es comprensible, Pablo sigue siendo un revolucionario y no hay nada que irrite más que eso a los reaccionarios de Miami y de La Habana.
En su afán miserable, Edmundo llega más lejos aún: “Hace algún tiempo que llegué a la conclusión de que Pablo, con este tipo de opiniones, contribuyó (y no poco) a la confusión y al distanciamiento de Cuba de nombres como los de Ana Belén, Víctor Manuel, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina y otros que habían estado cerca y con Cuba por décadas”.
En su simplismo, García no deja espacio para la duda y menosprecia el sentido común de esos artistas. ¿Acaso no sería el propio Gobierno cubano a punta de intolerancia, represión, encarcelaciones y fusilamientos quien provocó realmente todas las distancias? Acusar a Pablo de eso es, además de oportunista, cobarde.
Yo, que siempre admiré a Pablo Milanés por su obra y por su voz (él y Benny Moré son los dos más grandes cantantes que nacieron en Cuba en el siglo XX), ahora también lo admiro por sus cojones. Lo que está haciendo Pablo hoy, merece un aplauso tan grande como la más grande de sus canciones.




