06 mayo 2011

Caribaea

Tu estatura de pino macho es elemental,
si se quiere soberbia.
Prolongas la montaña más allá
de los mapas
y de las flores que vigilan
el estado irrecuperable de la distancia.

En mi país
hay una provincia y una isla
que llevan tu nombre.
La provincia es la punta final
donde se refugian
la soledad,
las especies endémicas
y los que fueron desalojados
antes de que llegara la noche.
La isla,
fue una cárcel,
una cantera
y un naranjal;
pero ya no es más
que un término abandonado,
una mujer sola
que no recuerda cómo se llama.

No sé si estás de mi lado
o eres propiedad del vecino.
Pero estoy seguro
de que tu silencio me pertenece.
Esa cicatriz que marcas entre las nubes
es mía y nada más que mía.
El mar aquí es una palabra innecesaria.
Tú eres todo lo que espero
de la neblina,
de la lluvia
y de esa esperanza frondosa
que sueles dejarnos en medio de la noche.

05 mayo 2011

Cuando los revolucionarios envejecen se vuelven cínicos

Odón Álvarez de la Campa, dirigente de acción y sabotaje del Movimiento 26 de Julio, quién perdió las dos manos al explotarle el artefacto que iba a poner en la “noche de las cien bombas”.

Aunque ya Fidel Castro está jubilado, balbuceante y en chándal, se resiste a que vivamos sin su “entrañable presencia”. Por eso de vez en cuando, solo de vez en cuando, perpetra unas cuartillas donde siempre prueba, palabra por palabra, que cuando los revolucionarios envejecen se vuelven unos cínicos insoportables.
Y mentirosos. Porque parecería que el Comandante en Jefe (a lo mejor ya también renunció a ese cargo y todavía no nos lo ha dicho, como pasó con los anteriores) quiere lavar la historia (o al menos la parte en la que él aparece) con el detergente de sus Reflexiones. En ese empeño se consumen sus 16 párrafos de hoy.
Una de las claves de la democracia es que cada individuo tenga la libertad de decir lo que piensa. Como vivo en un país libre, he podido participar en muchos debates sobre la muerte de Osaba Bin Laden. Algunos creen que fue un legítimo acto de guerra, para otros se trató de un ajusticiamiento.
El régimen cubano ha perseguido a sus enemigos y a sus detractores por todo el mundo con infame persistencia. Algunos de ellos han sido asesinados. Al menos así nos lo contaba, en nuestra infancia, En silencio ha tenido que ser, una serie televisiva producida por la propia dictadura para vanagloriarse de sus actos de espionaje.
Con descaro, Fidel asegura hoy que en el Movimiento 26 de Julio  eran “partidarios decididos de la lucha armada contra la tiranía batistiana; éramos, en cambio, opuestos por principios a todo acto terrorista que condujera a la muerte de personas inocentes”. Mentira. Conservo un editorial de la revista Bohemia donde se les exige que dejen de poner bombas de manera indiscriminada en cines, tiendas y cabarets.
Cuando mi familia vivía en la estación de ferrocarril de San Fernando, llegaron los rebeldes a quemarla (habían quemado muchas ya, entre ellas las de Hormiguero, Potrerillo y Fomento). Una sola cosa los salvó de aquel acto terrorista. Mi tío Aldo se había unido a la tropa del Che en el Escambray.
Si la revolución cubana triunfó, fue por las constantes ayudas económicas que recibió desde Estados Unidos y del empresariado que mantenía la economía del país. En cambio el viejo zorro llama ahora “mercenarios” a los cubanos que reciben el más mínimo recurso del exterior.
Solo espero que cuando llegue el momento de construir la Cuba del futuro, su omnipresencia ya no nos aceche, ojalá que su cinismo tenga fin antes de ese día.

28 abril 2011

Las consecuencias de Bunbury

La tarde que vi el documental de Enrique Bunbury paseándose en un descapotable por la calle Línea, en La Habana, tuve que admitir de una vez y por todas que el tipo es muy extraño, pero brillante. Luego, en los matorrales del parque Benito Juárez, sus canciones acabaron de convencerme.
Por fin acabo de tener en mis manos su más reciente disco en vivo, grabado a finales del año pasado en el Gran Rex de Buenos Aires. Estricto, maduro, despampanante. Ya Bunbury no es el muchacho aquel que precisaba de un pequeño cabaret ambulante para convencer a sus seguidores, tampoco necesita persuadir a nadie de que está tomando las decisiones correctas.
Su obra sonora (me doy el lujo aquí de prescindir de la era en que fue un héroe del silencio) es ya uno de los capítulos indispensables del rock en español, ese donde él mismo, en una de sus canciones, incluye a Andrés Calamaro, Charly García, Fito Páez, Luis Alberto Espinetta y Santiago Auserón, entre unos pocos más.
Le debo muchas cosas a Bunbury. En los últimos años su música me ha acompañado en los viajes más difíciles y en los más placenteros. Él, junto al Salmón, Drexler y los dioses que a su vez los han movido a ellos, van conmigo por días y noches, desidias y carreteras. Ahora mismo le oigo. Suenan las consecuencias… Las de él y las mías.

La paila está ardiendo

Robertico Robaina tenía muchas opciones para ponerle un nombre a su paladar: el canciller, aquí el que no brinca es yanqui,  31 y pa´ lante, 32 y más pa´ lante,  súmate, cuba va… Cualquiera de los lemas que él y su equipo idearon para resucitar a la dictadura en un momento en que por fin parecía tener fin, hubiera funcionado.
Pero una vez más el inefable funcionario hizo gala de su mal gusto y de su predecible imaginación. Le puso La Paila y le pintó un logo (seguramente hecho por él mismo, recuerden que acabó revelándose como un artista del pincel) donde se ve, literalmente, la silueta de una paila.
Las artimañas de Robertico para sobrevivir dentro del régimen que lo aupó y defenestro con idéntica celeridad, son muy parecidas a las de otros que han corrido su misma suerte o los que aún se mantienen vigentes dentro del aparato. En Cuba solo se puede subsistir del “invento” (robo, malversación, bolsa negra…) y eso no excluye ni a los más altos cargos de la dictadura.
Muchos han definido a la cultura cubana como un gran caldero donde se mezclaron incontables identidades. La sociedad actual de la isla también es una paila donde se han juntado todos los males engendrados durante medio siglo. Como la de Robertico, es el resultado final de la necedad, la estupidez y la inviabilidad de un Estado podrido e inamovible.
La paila está ardiendo. Mientras tanto, Robertico sigue cocinando.

26 abril 2011

En la punta de una loma

Mario y yo quedamos en juntarnos en la punta de una loma, justo a mitad de camino entre su casa y la nuestra. La neblina ya se había ido de Quintas del Bosque y el sábado estaba clarísimo, frío. Encontramos a un toro echado en el mismo medio del trillo y tuvimos que lanzarnos por un risco de agaves y derrumbes.
Perseguimos a un manantial hasta su mismo nacimiento. Luego, siguiendo aquel mínimo curso, alcanzamos el arroyo Cercado. Primero subimos hasta la cascada más grande y después volvimos río abajo. La conversación emulaba con el paisaje. Aunque muchas veces ambos coincidían en un mismo punto.
El mayor momento de heroísmo lo puso Dávalos, cuando resbaló y cayó arrastrado por la corriente, dando vueltas entre las piedras. Se hundió y volvió a salir a flote incontables veces. Pero siempre con uno de los brazos en alto, para mantener a salvo la botella de Malbec que llevábamos como único sustento.
La mañana siguiente me fui en dirección opuesta. Primero recorrí el bosque Grevilea, después el Ciprés y al final regresé al Caribea por el lecho seco de una cañada. Allá, a lo lejos, el pueblo de Jarabacoa servía de frontera. La realidad quedaba del otro lado, unos ochocientos metros más abajo.
Aunque nacimos en puntos muy alejados entre sí, compartimos la misma certeza: ya somos de ese sitio donde hay un río en la punta de una loma… Dos días después, en contra de nuestra voluntad, partimos a la ciudad y la trampa.

25 abril 2011

Luis se fue otra vez

Cuando Luis González Ruisánchez se fue de La Habana, yo me quedé por un tiempo más. Su desesperación me tomó la delantera. Años después nos hicimos amigos y durante un extenso periodo compartimos oficina, largas tazas de café y conversaciones casi infinitas.
Luis es un pinareño visceral y un cubano a prueba de desengaños. Su sentido del humor es directamente proporcional a su capacidad para desentrañar las cosas más serias y graves. Gracias a su lucidez campechana y a su desparpajo filosofal, me hice de algunas armas que ya no le puedo devolver.
Frente a frente, durante las ocho horas laborables de aquella gélida torre empresarial, desmenuzamos la historia de Cuba y tratamos de armar los innumerables escenarios de ese futuro irremediable que acabará dándole alcance. “Nadie sabe el pasado que le espera”, solía decir con su agria sonrisa de gordo melancólico.
Luis se fue otra vez. Se largó de República Dominicana y yo me volví a quedar. Su desesperación de nuevo me tomó la delantera. Es difícil imaginarse a Santo Domingo sin él (¡pregúntenle a Pedro Ramón López o a Iván Pérez Carrión!). Un pinareño de más en Miami no es noticia, pero el vacío que ese tipo nos ha dejado aquí le ronca los cojones.