Odón Álvarez de la Campa, dirigente de acción y sabotaje del Movimiento 26 de Julio, quién perdió las dos manos al explotarle el artefacto que iba a poner en la “noche de las cien bombas”.
Aunque ya Fidel Castro está jubilado, balbuceante y en chándal, se resiste a que vivamos sin su “entrañable presencia”. Por eso de vez en cuando, solo de vez en cuando, perpetra unas cuartillas donde siempre prueba, palabra por palabra, que cuando los revolucionarios envejecen se vuelven unos cínicos insoportables.
Y mentirosos. Porque parecería que el Comandante en Jefe (a lo mejor ya también renunció a ese cargo y todavía no nos lo ha dicho, como pasó con los anteriores) quiere lavar la historia (o al menos la parte en la que él aparece) con el detergente de sus Reflexiones. En ese empeño se consumen sus 16 párrafos de hoy.
Una de las claves de la democracia es que cada individuo tenga la libertad de decir lo que piensa. Como vivo en un país libre, he podido participar en muchos debates sobre la muerte de Osaba Bin Laden. Algunos creen que fue un legítimo acto de guerra, para otros se trató de un ajusticiamiento.
El régimen cubano ha perseguido a sus enemigos y a sus detractores por todo el mundo con infame persistencia. Algunos de ellos han sido asesinados. Al menos así nos lo contaba, en nuestra infancia, En silencio ha tenido que ser, una serie televisiva producida por la propia dictadura para vanagloriarse de sus actos de espionaje.
Con descaro, Fidel asegura hoy que en el Movimiento 26 de Julio eran “partidarios decididos de la lucha armada contra la tiranía batistiana; éramos, en cambio, opuestos por principios a todo acto terrorista que condujera a la muerte de personas inocentes”. Mentira. Conservo un editorial de la revista Bohemia donde se les exige que dejen de poner bombas de manera indiscriminada en cines, tiendas y cabarets.
Cuando mi familia vivía en la estación de ferrocarril de San Fernando, llegaron los rebeldes a quemarla (habían quemado muchas ya, entre ellas las de Hormiguero, Potrerillo y Fomento). Una sola cosa los salvó de aquel acto terrorista. Mi tío Aldo se había unido a la tropa del Che en el Escambray.
Si la revolución cubana triunfó, fue por las constantes ayudas económicas que recibió desde Estados Unidos y del empresariado que mantenía la economía del país. En cambio el viejo zorro llama ahora “mercenarios” a los cubanos que reciben el más mínimo recurso del exterior.
Solo espero que cuando llegue el momento de construir la Cuba del futuro, su omnipresencia ya no nos aceche, ojalá que su cinismo tenga fin antes de ese día.