03 febrero 2011

¿Cómo podríamos olvidarte, María Schneider?

Hoy se murió María Schneider. Era una señora de 58 años, llena de canas y descuidada. En su último rostro eran visibles todas las cicatrices de la decepción. Nadie podría reconocer en ella a la muchacha que, allá por 1972, se desnudó delante de Marlon Brando para protagonizar una de las películas más escandalosas de todos los tiempos: El último tango en París.
El periódico italiano La Repubblica buscó a Bernardo Bertolucci para que dijera algo sobre ella: “Su muerte ha llegado demasiado pronto, antes de que pudiera volver a abrazarla, y al menos por una vez pedirle perdón”, dijo el director. Los que leyeron la última entrevista de María, saben a qué se refería Bernardo. Al parecer, ella nunca se recuperó de los traumas que le produjo el rodaje.
Uno de sus momentos más difíciles, según confesó, fue la famosa escena de la mantequilla: “Fue una idea de Marlon. Y Bertolucci me dijo lo que tenía que hacer poco antes. Me engañaron. Casi me violaron. Esa escena no estaba prevista. Las lágrimas que se ven en la película son verdaderas”, confesó.
Las drogas y la desilusión fueron reduciendo a María Schneider hasta el más absoluto olvido. De no de ser por los 129 minutos de El último tango en París, hoy a nadie le hubiera llamado la atención su muerte. Que una mujer sucumba a un cáncer en París no es noticia. Pero si alguien repara en que se trata de la misma muchacha que entró por la puerta de la historia del cine con un sombrero y un abrigo de piel, asustando a un gato, todo cambia.
María Schneider ya no está en este mundo. Sin embargo, la muchacha de celuloide que Brando besó por todas partes, milímetro a milímetro, es eterna.

Cuba, la pirámide invertida de Egipto

La situación de los cubanos hoy es mucho más desesperante que la de los egipcios. Los que crecieron en Cuba durante el medio siglo en el poder de Fidel Castro, conocen muchas menos libertades que los que han vivido en Egipto las tres décadas de Hosni Mubarak.
Mientras la nación árabe se beneficia de su posición estratégica y de las riquezas que genera su agricultura, el país caribeño ha sido empujado a la improductividad y la indigencia por la caótica administración de su régimen. ¿Cuál ha sido la diferencia entonces, por qué los egipcios se lanzaron a las calles antes que los cubanos?
La respuesta está en una línea de la última reflexión de Fidel Castro. En La suerte de Mubarak está echada, Fidel comienza tergiversando la realidad. Como en Cuba no hay libre acceso a la información, el dictador asegura que su homólogo egipcio aún disfruta del apoyo de Estados Unidos. Solo los cubanos desconocen que Barack Obama ha  insistido en que el cambio en Egipto debe comenzar ya.
Luego de escribir un napoleónico párrafo, el Comandante se dedica a entresacar líneas de los últimos despachos de prensa sobre la situación en El Cairo. Con mucho cuidado, puso los puntos y las comillas antes de que alguna palabra desmintiera su tesis. Sabía que, más que una columna de opinión, está sembrando un campo minado y en cualquier momento una frase podía explotarle en las manos.
“Los riesgos de guerra cada vez más destructivos están muy presentes. ¿Dispondrán los líderes políticos de suficiente serenidad y ecuanimidad para hacerles frente? De ello dependerá el destino de nuestra especie”, concluye el Comandante con tres puntos y aparte que yo he ignorado, cuando no se trata de un discurso esos énfasis son innecesarios.
Dejando a un lado el delirio apocalíptico, vale la pena responder la interrogante de Fidel con otra pregunta: ¿En qué consiste, para él, la ecuanimidad de los líderes? ¿en disfrazar matones de civiles para contener las manifestaciones de los opositores? Si es así, desde ayer Hosni Mubarak alcanzó la ecuanimidad que Fidel nunca le ha faltado.
Cuba es la pirámide invertida de Egipto. La isla, durante medio siglo, ha padecido una plaga que vale por las doce que azotaron a la nación africana; pero sus líderes han sido siempre muy “serenos”, tanto, que a la mayoría de los cubanos ni les pasa por la cabeza salir a las calles. Sus calles.

02 febrero 2011

Cambio el himno de mi país por cualquier canción de Serrat

Ayer amanecí oyendo los discos más viejos de Joan Manuel Serrat. Como a la décima canción descubrí que los versos del catalán me representan mejor que el Himno Nacional de Cuba. De una vez lo escribí en mi muro: “Cambio el himno de mi país por cualquier canción de Serrat. Ni soy bayamés, ni me interesa al combate corred”.
Por unos segundos estuve a punto de borrarlo, temiendo que uno de esos patrioteros que andan sueltos por ahí me echara a perder la mañana. Pero apenas un minuto después Eloy Ganuza, Juan Carlos Recio, Belma González y Klaritza Morales Calvo ya habían puesto que les gustaba. Al mismo tiempo, Renay Chinea me hizo una pregunta: “¿Te mando 'Mediterráneo'?”.
En ese momento advertí que, efectivamente, esas estrofas del catalán estaban más cerca de mi geografía como individuo que la marcha de Perucho Figueredo. Entonces Odette Alonso dijo que ella prefería “Vagabundear” y otro santiaguero, José Manuel Poveda, recalcó que a él tampoco le gustan los himnos patrios: “sobre todo si sus letras incitan a degollar al supuesto enemigo”, dijo.
José M. Fernández Pequeño fue más lejos: “Pues yo sí soy bayamés y también estoy harto de un himno que me manda a pelear, cuando lo que quiero es un palo de ron y algo de cumbancha. Propongo que, cuando el próximo cubano gane una medalla olímpica, pongan ‘Cuidaíto, Compay Gallo’ en los altavoces”.
Sonia Díaz Corrales apostó de inmediato por la afirmación de Pequeño y Alejandro Aguilar aprovechó para advertir que tampoco cree en las patrias. Los comentarios siguieron apareciendo y llegaron a un punto en que Renay citó un ejemplo sobre un cangrejo moro de Mayajigua suelto en Edinburgo.
El punto final lo puso Margarita García Alonso con un largo comentario del que solo cito el primer párrafo: “A mí si me gustan los himnos nacionales, pero creo que deberían cambiar la letra de tiempo en tiempo para ajustarla a los propósitos de la nación en cada época, soy muy Whitman en esto de nación...”.
Yo quise hacer un cambalache con mi himno y acabé consiguiendo un diálogo familiar con cubanos de pueblos muy diferentes que están en países muy distintos. Mañana veré por qué cambio la bandera. Siempre he creído que Jorge Drexler tiene la razón: “vale más cualquier quimera/ que un trozo de tela triste”.

01 febrero 2011

Bebo’s Blues*

En Estocolmo las mujeres comen fresas antes de empezar a llorar,
luego se ponen una flor alrededor del cuello
y te miran a los ojos para oír mejor esa música incomprensible.
Bebo escribe la palabra Quivicán todas las noches.
Siempre lo hace sobre la misma ventana,
moviendo sus dedos entre el aire y la nieve.
Antes del dibujo se ve el cielo y después el agua,
entre ellos,
aparece una madrugada cualquiera con todas las luces encendidas,
un espacio lleno de rostros efímeros
y de carteles que anuncian las únicas canciones que existen.

Las sillas del bar están vacías
y Bebo es un barco que flota sobre el invierno.
¿Quién puso una lámpara de aceite encima de sus dedos?
¿Quién dejó pasar a esas mujeres que ahora le miran a los ojos?
En Estocolmo nadie responde preguntas lanzadas al aire
y lo poco que hemos logrado entender
son metáforas escritas por poetas que ya se murieron.
Allí sólo es verdad
una madrugada cualquiera que han encubierto con cortinas rojas
y la sombra de Dios que se apresura a repartir fresas, flores...
todo el silencio que se puede hacer
antes de que un negro enorme empiece a flotar enternecido en llanto.

*Con este poema, incluido en el libro Itinerario (2003), aparezco en la Antología de la poesía cubana del exilo (Aduana Vieja, España, 2011). Desconozco las razones por las que Odette Alonso escogió estos versos. Dejando a un lado la alegría que siempre produce el hecho de que algún texto de uno alcance la imprenta (un placer que está a punto de desaparecer), lo que más me ilusiona de esto es Bebo, quien ha logrado hacer poesía si tener que escribir ni siquiera una palabra. Bebo es también uno símbolo de resistencia. Nunca se dejó tentar por los puentes que le invitaban a regresar, jamás cambió la libertad bajo cero de Estocolmo por un "cálido" regreso a su isla presa.

La poesía cubana del exilio es un pañuelo al que Odette Alonso le encontró las cuatro puntas

El proyecto comenzó a gestarse en la época en que solo podíamos reencontrarnos por email, pero fue gracias a la web 2.0 que se hizo realidad. Odette Alonso no solo es una de las cubanas más auténticas y creativas que pueda haber, también es perseverante y trabajadora hasta las últimas consecuencias. Solo así se puede lograr algo como la Antología de la poesía cubana del exilio (Aduana Vieja, 2011).
En su blog Parque del Ajedrez, esa bitácora donde la cubanía y la creación comparten el mismo tablero, Odette cuenta todos los pormenores de principio a fin. Por más de diez años la escritora fue armando y desarmando su libro, que en un principio iba a estrenar una editorial en México y después estuvo a punto de publicarse en España. Cada naufragio impuso una cifra incontable de revisiones.
En verdad, Odette pretendía abarcar la poesía de adentro y de afuera. La idea de que la antología se centrara en los poetas que actualmente viven en el exilio fue de Amir Valle, quien colaboró con el proyecto en algún momento. Otra cómplice indispensable fue Margarita García Alonso, quien acabó aportando la ilustración de la portada y el aliento de su magia, que siempre inspira más de lo que uno puede calcular.
Una obra así nunca logra concluirse. Ahora mismo, encima de un avión, una balsa o un sueño, hay un poeta largándose de esa isla que lo inspira con la misma intensidad que lo asfixia. Pero gracias a Odette tenemos en un índice, organizados por orden alfabético, los nombres y los versos de una buena parte de los que han oído crujir la turgente vela.
La poesía cubana del exilio es un pañuelo al que Odette Alonso le encontró las cuatro puntas. Ahora todas las palabras que caben en ella se pueden doblar en cuatro y guardar en un mismo espacio, a salvo de eso que los propios poetas coinciden en llamar olvido.

(Para comprar el libro en Publibrería).

31 enero 2011

Tren Lechero

Los viajes por Línea Sur nunca se acaban,
el tren avanza durante todo el día
y retrocede en la noche.
Los paisajes no cambian
y los pueblos,
una vez que se borran de la ventanilla,
se adelantar para esperarnos
unos kilómetros más adelante.

Los viajes por Línea Sur nunca empiezan
ni llegan a ninguna parte.
Pero no dejes que se te vaya el tren lechero,
no te bajes por más que parezca
que no se mueve.
Sólo las cosas que suceden en él
te pertenecen,
a eso es a lo que debes aferrarte.