Reconstruir los sabores de mi infancia, esa es una de las obsesiones que eché en la maleta cuando me fui de Cuba. Por eso la primera vez que entré a un supermercado, fui directo a buscar una malta y una lata de leche condensada. Por años me he dedicado a reconstruir situaciones y reencontrarme con seres queridos a través de los recuerdos de mi paladar.
El olor de un panquecito recién salido del horno, me deja en la parada que hacía la Leyland en Manacas, cuando iba a La Habana con mi padre. Los helados de mantecado me elevan hasta el balcón de mi tía Sixta, en el barrio de Buenavista… Poco a poco he ido hallando cada uno de aquellos sabores, pero hay tres de ellos que me ha sido imposible encontrar: el de las pizzas de la terminal de ómnibus de Santa Clara, las butifarras y la carne rusa.
Sigo creyendo que el misterio de aquellas pizzas radicaba en el queso, por ninguna mozzarela, ni italiana, ni americana, ni dominicana logra asemejársele. Con las butifarras me pasa lo mismo, las he probado de todos los orígenes y de todos los tipos, pero no saben ni parecido a aquellas que colgaban del vagón-cocina de la cuadrilla de reparadores de puentes que pasaba una vez al año por Camarones.
Pero el sabor que más extraño es el de la carne rusa. Con apenas ajo y limón mi abuela resolvía aquel tufo siberiano que la hoja de laurel no había logrado apaciguar. Aunque en las escuelas, cuando las bandejas, los jarros y los uniformes olían a carne rusa, la experiencia también tenía su encanto. A veces me pregunto si en Rusia aún se produce ese manjar. Al menos para mí, esa es una de los logros de la Unión Soviética que merecía perdurar. El Camilo niño me lo recuerda todos los días.





