Las cosas que mejor recuerdo, las que más añoro, ya no existen. En unos días se cumplirán 9 años que salí de Cuba. Nunca más he vuelto. Duré mucho tiempo imaginándome el regreso, la improbabilidad del mismo acabó matando ese ejercicio de adivinación.La última vez que hice un trámite en la Embajada de Cuba en Santo Domingo, la cónsul miró mi pasaporte con la misma cara que se mira a las cosas que producen asco. Lo tocó con la punta de los dedos, como si le quemara las manos ese pequeño cuaderno por el que yo tampoco siento el más mínimo aprecio.
Mientras me atendía, un pinareño (lo descubrí por el “alabaoseadió”) metió la cabeza por la ventanilla y le preguntó cómo se ponía el cuño que le permitía entrar a Cuba. La cónsul aclaró la duda y me miró con la misma cara que antes había mirado a mi pasaporte: “Tú, ni averigües”, fue todo lo que dijo.
No, no averiguo. Yo espero. Mientras tanto, recuerdo que se me olvidan las cosas que más añoro, las que ya no existen.




