28 septiembre 2009

Lo que la gente está esperando

El Estado cubano ha abolido, con el peso del poder absoluto y la tenacidad de cinco décadas de intransigencia, el emprendedurismo de la gente. Cada vez que en el pueblo surge alguna iniciativa para tratar de resolver el inmovilismo económico y la hambruna que provocan una economía inviable; el estado se apresura en buscar la manera de penalizar el modo y frenar el entusiasmo.

En 1980, cuando la industria ligera cubana le ganó la emulación a la soviética y logró ser más desastrosa aún, surgieron los merolicos. Inspirados en un héroe anónimo de una telenovela mexicana, aquellos emprendedores lograron fábricas mucho más eficaces que las del Estado y capaces de consumar las más inverosímiles invenciones.

Años después de que los merolicos fueran exterminados, surgieron los trabajadores por cuenta propia. Ya en ese momento, la década de los noventa, el paisaje cubano comenzaba a transformarse en una ruina irrecuperable, pero los cuentapropistas lograron producir bienes y servicios que el Estado era incapaz de ofrecer.

Al filo de la segunda década del siglo XXI, 50 años después de que acabara la guerra, Ramiro Valdés la invoca para quejarse del pueblo. “Aquí se ha derramado mucha sangre para garantizar el triunfo de la Revolución y consolidar(lo), que esto se hace, después de los tiros, con el trabajo. Eso es lo que nosotros tenemos que convocar, a trabajar y a trabajar bien”, recalcó.

Según el comandante de 77 años, cuya tarea principal dentro del Gobierno es impedir que el pueblo acceda con libertad a la Internet, los cubanos no pueden seguir esperando a que “papá Estado” resuelva todos sus problemas. Si hubieran invitado a Willy Chirino al Concierto por la Paz, Ramiro Valdés se habría enterado con más exactitud qué es lo que la gente está esperando.

Una sola canción le habría hecho entender con más claridad.

26 septiembre 2009

El sommelier del Salón Aguiar

Granma, el diario oficial cubano, se ha apurado en aclarar un video difundido por la cadena de televisión MegaTV, donde Juanes se queja del asedio de los agentes de la Seguridad del Estado: “¡Esto se acabó, nos vamos ya! Estamos muy molestos, muy molestos, muy molestos. Vinimos a cantar a la gente joven de Cuba y por eso estamos aquí. Pero hemos encontrado una barrera muy fuerte y ¡esto se acabó!”, se le oye decir al autor de “La camisa negra”.

Según Pedro de la Hoz (autor de la aclaratoria), “simple y llanamente el cantautor, a todas luces nervioso ante el reto que se había impuesto, tuvo un exabrupto en las primeras horas del domingo frente a los elevadores del Hotel Nacional al confundir la identidad de una persona”. Según el reportero, “se trataba del sommelier del Salón Aguiar, un joven pero experto trabajador de la instalación”.

Conozco perfectamente al “sommelier del Salón Aguiar”. La primera vez que me tropecé con él fue en Cienfuegos, cuando a un grupo de recién graduados de las escuelas de artes se nos ocurrió hacer una obra de teatro sobre la guerra de Angola. Primero desaparecieron todos mis apuntes sobre el espectáculo y luego fuimos sometidos a una durísima presión para desarmar nuestro ímpetu creativo y la camaradería que nos mantenía unidos.

Meses después, el “sommelier del Salón Aguiar” apagó la luz en una librería de Matanzas donde un grupo de poetas leían sus versos y les cayó a patadas. Hasta la excelsa Carilda Oliver Labra fue víctima del arrebato del “joven pero experto” y acabó con más de una costilla fracturada. En los jardines de la UNEAC era muy común encontrarse con el “sommelier del Salón Aguiar”, siempre andaba susurrándole al oído a algunos escritores y haciendo apuntes en una libretica.

Ni siquiera aquí, en República Dominicana, me he librado de la presencia del “sommelier del Salón Aguiar”. Hace unos meses hizo un informe sobre una cena en casa de un gran amigo que tuvo bochornosas consecuencias. Antes, cuando yo trabajaba en el Centro León, se aparecía en Santiago sin previo aviso y, después de la presentación de Zoé Valdés en la Feria del Libro, su tenacidad se hizo casi insoportable.

Aunque nominalmente se dedica al servicio al público, en verdad el “sommelier del Salón Aguiar” se transfigura constantemente. A veces parece tan amigo que uno llega a abrazarle. Sus disfraces son inimaginables: empresario español, poetisa dominicana, sindicalista mexicano, diletante vasco o periodista francés. El único patrón que se repite es que siempre se hace el sueco.

Al parecer Juanes, con esa ingenuidad proverbial que le acompaña a todas partes, se creyó el cuento; pero lo cubanos conocemos muy bien a ese tipo que le sacó de quicio. A veces hemos llegado a creer que es nuestro alter ego. Siempre está ahí, acompañándonos a todas partes como una sombra que no se borra. Ni siquiera desaparece cuando es de noche y nos encerramos a oscuras en una habitación sin vistas.

21 septiembre 2009

Te espero en Facebook

Ella fue una de mis primeros amigos en el Facebook. Ahora no recuerdo quién aceptó a quién, pero en todos estos meses hemos intercambiado mensajes con cierta regularidad. En ocasiones, cuando alguna porfía ha dividido al foro en dos, nuestros puntos de vista siempre han coincidido.

Compartimos una incurable adicción por las películas de Pixar, la canciones de Andrés Calamaro y las dos sesiones diarias de Two and a Half Men. Salvo la obra de Pablo Coelho, a quien detesto tanto o más que al helado de fresa o las navidades, tenemos gustos muy parecidos.

Somos el mejor ejemplo del verdadero alcance de la Web 2.0 y, según chateamos la semana pasada, estamos de acuerdo en todas las consecuencias que provocará esa revolución en las comunicaciones. Sin embargo, no se nos da el hablar cara a cara. Lo comprobamos hoy, a la entrada del lobby de la Torre Empresarial.

La reconocí de inmediato. Tenía puesta la misma blusa que lleva en la foto de su perfil. En la galería que hizo de su estancia en un resort de Bávaro, parece más alta de lo que en verdad es. Creo la culpa la tiene la estatua de Neptuno, que distorsiona toda la escala a su alrededor.

Yo le abrí la puerta y ella me dio las gracias. Pero lo hizo de una manera parca, como si se tratara del primer encuentro de dos desconocido. Ella siguió en dirección al ascensor y yo doblé por el pasillo hacia Newlink. En verdad ninguno de los dos tenía nada que decir. Facebook es nuestro único lugar de encuentro y tenemos que seguir siendo fieles a ese pacto.

20 septiembre 2009

Fiesta

Joan Manuel Serrrat no estuvo entre los invitados al concierto por la paz en La Habana, pero sin quererlo, en la medida que el espectáculo se acercaba a su final, recordé su canción "Fiesta". En Cuba esta tarde se dieron cita un grupo de artistas que le cantaban a la paz y un país que sólo le necesita a la hora de pensar en su futuro.

Cuando Silvio cantaba "El escaramujo", comencé a tararear otras canciones que no se cantaron este domingo. Hoy muchos ojos de muchas partes estuvieron pendientes de lo que pasaba en ese punto donde se cruzan la calle Paseo y la avenida de Rancho Boyeros, pero pocos en verdad vieron lo que pasa más alla de ese espacio desolado y sin libertad donde las banderas más grandes de mi país y los soldados mas renuentes se tuestan al sol.

Ya Olga Tañón, Juanes y Miguel Bosé se enjugaron sus lágrimas. A Juan Formel ya se le pasó el tóxico efecto que le hizo pronunciar la única frase beligerante de la jornada y Carlos Varela es probable que tenga puesta, por fin, su camisa blanca. El escenario se ha comenzado a desmontar por un grupo de obreros descamisados que no participó de la fiesta.

Se acabó. La noche nos dice que llegó el final. Ya son horas de que el rico vuelva a sus riquezas y el pobre cubano al país que le depara. Mañana los titulares hablarán del millón de personas que acudieron; pero nadie dirá nada del resto, de los que vieron pasar con indiferencia este día en que el noble y el villano se han dado la mano sin importarles la facha.

15 septiembre 2009

Cielo parcialmente nublado

Al final he vuelto a tener una oficina con vistas. Mi primer empleo fue en la Casa de la Cultura de Cienfuegos. Un antiguo palacio que la revolución le expropió a sus verdaderos dueños para entregárselo a una multitud que acabó destruyéndolo. En aquel albergue ruinoso nos dábamos cita con la abulia, de lunes a viernes, un grupo de teatristas, músicos, bailarinas y poetas de provincia.

Allí no tenía un espacio fijo, pero solía refugiarme con una de las bailarinas en una pérgola de la azotea. Mientras garabateaba mis primeros poemas, ella trataba en vano de que yo diera al menos un paso sin antes perder el sentido del ritmo. Lo que más me gustaba de aquello era el cielo incomparable azul de Cienfuegos, nunca más he vuelto a ver uno tan despejado.

Luego, ya en La Habana, me tocó trabajar en espacios herméticamente cerrados. Ni en la Editora Abril ni en el Centro de la Cultura Comunitaria teníamos para dónde mirar. Las paredes, imperecederas o provisionales, siempre nos aislaron a todos los que trabajábamos allí del mundo exterior.

Mi primera ventana fue en La Gaceta de Cuba. Era de madera y estaba semidestruida, pero daba a un patio lleno de matas de mango, guayabas y plátanos. Un gallo viejo y desorientado cantaba a la hora menos pensada, pero al menos nos ayudaba a saber el estado del tiempo, porque desde allí se veía todo menos el cielo del Vedado.

En Casa de las América la ventana de mi oficina daba contra una pared gris y húmeda. Aquí, en República Dominicana, tampoco he tenido mucha suerte. En las redacciones de El Caribe y Diario Libre no se ve el mundo exterior. En mi cubículo del Centro León la única ventana que había estaba demasiado alta y sólo servía para que el sol de la tarde entrara como un reflector.

Después de deambular por casi todas las oficinas que hay en Newlink, Luis González Ruisánchez y yo hemos venido a parar a la que tiene la ventana más grande. Da a un muro verde, pero al menos puedo ver que el cielo de Santo Domingo está parcialmente nublado.

13 septiembre 2009

El ocaso de los héroes

La noticia de la muerte de Juan Almeida me hizo recordar aquella tarde remota en que descubrí, junto a Bladimir Zamora, la casa del Vedado donde Máximo Gómez se fue de este mundo. Aquellas paredes a punto de desplomarse, contaban mejor que nadie el olvido y la indiferencia que acompañaron al Generalísimo en sus últimos días.

La pregunta que me hago hoy, se la hice en aquel momento a Bladimir, quien es, para los que no lo conozcan, uno de los cubanos más empedernidos que han nacido entre el Cabo de San Antonio y la Punta de Maisí. ¿En qué momento dejó de importarle al país que un hombre como Gómez se muriera?

Bladi, acucioso, después de proferir algunos insultos contra ciertos patriotas, recordó con amargura la Asamblea del Cerro y otros hechos que resquebrajaron la imagen inmaculada del caudillo dominicano. Luego, para salvar la honra del guerrero, recapituló sus hazañas postreras, los combates que ganó cuando ya no había nada que pelear.

Juan Almeida fue un héroe y sus hazañas en algún momento tendrán que revaluarse. Pero el ocaso de la revolución lo supera en estatura, por eso habrá que esperar a que pasen los años y el tiempo decida la cantidad exacta de bronce que merece su monumento. Mientras tanto, le doy las gracias por responderme una pregunta que me hice años atrás, cuando no era capaz de calcular todo esto que ha resultado ser la suma del tiempo.