13 noviembre 2015

El último historiador de la Revolución lo cuenta todo

La dictadura de los hermanos Fidel y Raúl Castro le legará a los cubanos del futuro un país en ruinas. No solo las ciudades y los campos están devastados. La esencia intangible que definió las identidades y la cultura de la nación también recibió severos daños.
El día que por fin acabe de pasar el huracán revolucionario y comience la reconstrucción de Cuba, los historiadores serán aún más útiles que las tablas y las puntillas. Para no seguirle los pasos al destino sonámbulo de Haití, necesitamos explicaciones que nos despierten.
De ahí la importancia de libros como Historia mínima de la Revolución cubana (El Colegio de México, 2015), donde Rafael Rojas repasa “las líneas maestras del cambio económico, social, político y cultural que vivió la isla entre los años cincuenta y setenta del pasado siglo”.
Hace una semana que Rogelio Obaya me avisó de que el libro ya había llegado a Cuesta. Aunque le pedí que me apartara uno, no resistí la tentación y fui a buscarlo a la tienda de iBooks. Lo estoy leyendo desde que se descargó. En mi cabeza, las palabras son ilustradas con imágenes de viejos noticieros y mi propia experiencia.
Tengo casi todos los libros de Rojas (Rafael, quiero decir) en físico y en digital, así me aseguro de que siempre estén a mano. Este no será la excepción. A pesar de su brevedad, aun cuando a veces parece el manifiesto de una generación y no un libro de historia, será una bibliografía obligada.
En ese futuro (que ya intuyo cercano) en que los cubanos se sacudan el polvo de tantas ruinas y comiencen a reconstruir, este libro será tan valioso como el cemento, los ladrillos y la arena. Él le explicará a los hijos porque sus padres tuvieron que resignarse a que todo se perdiera, incluso hasta la más mínima esperanza.

08 noviembre 2015

Hazte Leyenda

Me llena de orgullo haber participado en el proceso de creación, desde su concepción hasta su nacimiento, de esta obra de arte. Lo he dicho muchas veces, pero nunca las suficientes: no sé cómo saldar mi deuda con Luis Concepción por haber confiado en mí más de la cuenta y muchísimo más de lo que merezco. 
Gracias a eso, he podido colaborar por años (acabo de caer en cuenta que es el trabajo en que más he durado en mi vida) con la marca más internacional de República Dominicana (la única que está presente en más de 50 países y en las principales capitales del mundo). Estoy orgulloso de cada estrategia de comunicación, de cada pieza de contenido y hasta de cada error, porque cuando uno yerra dejándose llevar por la pasión duele un tilín menos y deja una rara satisfacción. 
De niño quería ser ferroviario. Luego, en vano, traté de ser director de teatro. Más tarde me dediqué a editar revistas y escribir libros. Durante todo ese tiempo, jamás me pasó por la cabeza que también podría ser consultor en comunicaciones y relaciones públicas. Pero con el mejor ron a mano uno es capaz de lograr lo que se proponga. Hoy me gustaría hacer con cada uno de ustedes un brindis de Leyenda.

07 noviembre 2015

La casa del escritor

La Underwood Portable donde se escribió Por quién doblan las campanas.
(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

Viví 33 años en Cuba y visité una sola vez a la casa que tuvo en mi país Ernest Hemingway. No me sentía atraído por el refugio insular de un hombre que vivió como si el mundo fuera un enorme continente. Aun cuando fue un gran marinero, todo a su alrededor parecía tierra firme, lo mismo en San Francisco de Paula que en Whitehead Street.
La semana pasada, sin embargo, fuimos hasta Cayo Hueso y no nos detuvimos hasta encontrar la casa donde se terminó Adiós a las armas y se escribió de principio a fin Por quién doblan las campanas, dos novelas que le explicaron al adolescente que fui el horror de la guerra como ningún libro de historia.
De los 10 años que vivió allí el escritor solo se conservan algunos muebles, la pared de ladrillos que hizo alrededor de la casa —como si se tratara de un fuerte y no de una residencia— y los descendientes de Snow White, una estirpe gatos de seis dedos a los que se les permite dormir hasta encima de las reliquias más valiosas.
“En esta casa se escribió el 70% de la obra de Ernest Hemingway”, nos dijo el guía con una emoción aprendida de memoria. Parecía tasar los libros con el mismo criterio que su autor calculaba el valor de los enormes peces que sacaba de la corriente del golfo: por libras y por pies.
Sillas españolas, lámparas venecianas, máscaras africanas, fotografías de famosos y una botella de licor ¡con una llave! (todo parece indicar que con esa cerradura ‘Papá’ se aseguraba de que nadie se le adelantara en el brindis). Aunque se conserven sus muebles, libros y cuadros, no hay un lugar más vacío en el mundo que la casa donde vivió un escritor.
Es por eso que los turistas que descansan en los corredores de la casa parecen haber tirado un ancla. Se comportan como barcos, el mundo perdido de Hemingway es su fondeadero. Algunos, para tener una constancia de su viaje, tiran una moneda en una vieja máquina para imprimir sobre ella la barba borrosa del escritor.
Estábamos en la Florida y nos fuimos hasta Cayo Hueso para estar más cerca de Cuba que de Miami. Pero acabamos en la casa de un hombre que jamás se detuvo ante ninguna distancia. Las fotos que se exponen son la mayor prueba de ello: combates en Europa, cacerías en África, pesquerías en el Golfo, borracheras en el Sloppy Joe's o en El Floridita.
“Hemingway escribía durante las primeras horas de la mañana, de pie y desnudo —detalló el guía—. El resto del día lo empleaba en vivir”. Con la última parte de la frase hizo dos gestos. Primero empinó el codo y luego extendió el brazo como si fuera una caña de pescar. Esas dos acciones parecen ser parte del guión. Aun cuando caricaturizan al personaje, describen una parte esencial de él.
El viejo faro de Cayo Hueso está justo al lado de la casa de Ernest Hemingway. No tengo noticia de otro faro que se haya construido a más de un kilómetro del mar. Los que lo construyeron parecen haber intuido que llegaría un día en que la elevada lámpara sería inútil para la navegación. Su oscuridad, sin embargo, seguiría señalando el camino a la casa del escritor.
Cuando nos fuimos de Cayo Hueso comenzaba una fiesta de disfraces. Hombres vestidos de mujer, mujeres sin vestir, esqueletos, monstruos, esperpentos, hazmerreíres y mamarrachos. A nadie se le ocurrió disfrazarse de Hemingway.
76 años después de que el escritor abandonara a Pauline y a Cayo Hueso, solo él interpreta a su fantasma en esa pequeña isla. Lo demás hay que preguntárselo a los más de 50 gatos de seis dedos que custodian su ausencia.

06 noviembre 2015

El faro de Whitehead Street

Cuando hacen un faro tierra adentro,
a más de un kilómetro de la costa,
no es para alumbrarle el camino
a los que llegan
sino para ocultárselo
a los que no se quieren ir.

Un faro que permanece a oscuras
y lejos del mar,
está hecho para que sigas su sombra.
Camina junto al muro de ladrillos.
Sigue el sendero de los gallos de pelea,
las tumbas de los gatos de seis dedos
y las botellas de ron vacías.
No te detengas hasta que llegues
a la vieja máquina de imprimir barbas.

Hazte una moneda que no sirva para nada
y deja de pensar en el camino de regreso.
A veces es bueno creer
que en lugares como este
uno se puede quedar para siempre;
aún cuando tengamos que abandonarlo
antes de que caiga la tarde,
en silencio,
hambrientos y borrachos,
dejando que la oscuridad del faro
quede a nuestras espaldas.

05 noviembre 2015

Un coro de garzas que fue testigo de todo lo que hicimos

Nos rompió el día de Santo Domingo a La Vega, igual que a José Martí aquel 16 de febrero de 1895. Solo que él iba en dirección contraria a nosotros, rumbo a la Capital, y a lomo de caballo. Llevábamos con nosotros las posturas que nos regaló el Ingeniero Taveras y un arrayán que compramos en Bonao.
El Ingeniero (que fue quien nos vendió el terreno en Jarabacoa Montain Village) consiguió las semillas en el patio de una familia cubana que vive en Santiago desde mediados del siglo pasado. Dos toronjas (de las grandes, de esas con las que se hace dulce en tajadas), dos anones (la fruta preferida de mi abuelo Aurelio) y dos canisteles.
Cuando llegamos, Don Mon nos esperaba pico al hombro. Afortunadamente ya empezó a llover. Las palmas, las araucarias, las gravileas y los cipreses han crecido muchísimo. Fuimos a Foresta para conseguir más posturas de pinos Caribaea y Occidentalis. Repusimos todos los que nos soportaron el largo verano.
Un enorme aguacero nos sorprendió en plena faena. Diana se guareció en el Jeep, pero Don Mon y yo nos quedamos sembrando. Al final, podamos una pomarrosa que le estaba dando demasiada sombra a los sauces. Salimos justo antes de que empezara a caer la noche.
Cuando entramos a Santo Domingo, Diana le bajó el volumen a la última canción del viaje y me tomó de la mano. “¡Qué día más lindo!”, dijo sin apartar la vista del camino (ese trecho de la autopista Duarte siempre tiene mucho tráfico y eso la pone tensa).
Hicimos una sola foto: un coro de garzas que fue testigo de todo lo que hicimos. Cuando los árboles crezcan, ellas nos seguirán recordando el día que los sembramos sobre un sábado inolvidable.