La celebración de los 20 años de la caída del Muro de Berlín se ha convertido en un pie forzado para muchos cubanos. El cumpleaños de una fecha tan esperanzadora les devuelve un poco de optimismo para seguir hablando del pasado o del futuro sin hacerle caso al presente. Más aislada que nunca y sin ninguna conexión con la realidad, Cuba es una nación donde sólo el ayer o el pasado mañana tienen sentido. Nadie, ni siquiera los que defienden o se pliegan a los designios de la casta gobernante, quiere mencionar ese espacio de tiempo que sucede ahora mismo.
Hace unos días un periódico publicó una fotografía de una ciudad en ruinas y, para darle algunas pistas al lector, el pie de foto advertía que no era Kabul, ni Bagdad ni La Habana. Aunque hace más de cuatro décadas que en su territorio no cae una bomba, Cuba es vista como un paisaje después de la batalla.
Parece mucho, pero en verdad es poco. Los cubanos solo necesitamos una nueva fecha, un punto de quiebre que suprima todas esas celebraciones que nos han llevado a la ruina y nos devuelvan un lugar donde no tengamos que pensar tanto en el pasado ni esperar demasiado por el futuro.



