Cuando yo era niño aún los ferroviarios cubanos conservaban intacto un orgullo radical por su oficio. Incluso los guardagujas y lo retranqueros exhibían con jactancia el uniforme caqui y la llave de bronce colgada del cinto. Pero, al menos en Las Villas, había una estirpe aún superior, algo así como los elegidos para el arte del carril, y esos eran los ferroviarios de Cruces.Siempre que mi abuela me llevaba al policlínico, aún cuando estaba consciente de que nada me libraría de una inyección de gammaglobulina, yo iba feliz en busca de mi recompensa: oír las discusiones de los ferroviarios en el andén, mientras esperábamos el tren de regreso a Camarones.
Dos generaciones de jubilados y otras tres que aún estaban en servicio, se peleaban por sus conocimientos del Reglamento de Operaciones y por demostrar cuál fue la mejor época, el mejor itinerario, la mejor locomotora, el mejor maquinista, el mejor conductor, el tren más largo, la vía más larga, la operación más difícil y el peor accidente.
Con impaciencia yo esperaba por mi momento preferido, que era cuando reconocían que mi abuelo Aurelio era el mejor jefe de estación y mi tío Aldo el As de Oro de los despachadores. Si alguno de ellos me descubría en medio de aquel círculo de voces, me hacía la única pregunta que nunca tuve el valor de responder: “¿Y tú, Camilito, qué vas a ser cuando seas grande?”.
La mayoría tenía nombre y apellido: Marino Vega, los hermanos Pablo y Carlos Peña, Elpidio Ávalos, Luis Veitía, los hermanos Manuel, Raúl y Desiderio Castillo, Octavio Oropesa, Luis Losada, Omar González, Roberto Gastón, Hugo Vázquez, Juancito Álvarez, René Fernández, Jorge Rodríguez y Rosendo Stuart. Otros solo apellido: Ferrer, Gomate, Hucha, Viera, Hernández y el gordo León. Uno apenas un nombrete: Dibujo...






