31 octubre 2011

La ciudad que más me gusta a mí

He pasado más noches en México D.F. que en ella. De las calles de La Habana y Santo Domingo tengo muchos más recuerdos que de las suyas. Sin embargo, no hay ninguna ciudad en el mundo a la que yo pertenezca más que a “la linda ciudad del mar”. Eso lo supe desde el primer día, cuando a Cienfuegos llegué/ y esa ciudad quise verla.
Su olor, su aire, su luz, su sombra, sus nubes… Todo en Cienfuegos me resulta tan familiar, que hasta sus presunciones acaban por convencerme. Es cierto que quiso ser francesa en una bahía del Caribe. Es verdad que se atrevió a tener un teatro como si fuera París. Pero, en honor a eso, ha resistido con una elegancia insuperable todos los vendavales y el desdén.
Ya Benny Moré dijo por qué le decían la Perla. Él, como nadie, nombró todas las cosas que identifican a los cienfuegueros. Yo solo quiero recalcar las que a mí me hacen pertenecer a ese espacio, que siempre miré desde el horizonte sin salida al mar que tiene el Paradero de Camarones.
Uno de los grandes descubrimientos que le debo a Cienfuegos son las escaleras de caracol. La primera que vi, en casa de una tía lejana, me mantuvo un día entero con la boca abierta. No me podía creer aquel artefacto a través del cual uno daba vueltas en círculos para avanzar en línea recta, hacia abajo o hacia arriba.
Años después, tuve mi primer empleo en un edificio que estaba coronado por la más bella escalera de caracol que he visto en mi vida. Cada vez que podía, alcanzaba su final y me quedaba un rato allá arriba, admirando el olor, el aire, la luz, la sombra y las nubes de Cienfuegos, la ciudad que más me gusta a mí.
Nunca he vivido en ella. Pero, como diría Calamaro, soy suyo con todas las fuerzas de mi corazón.

28 octubre 2011

El tranvía que no llegó, el que se nos fue

Un kilómetro antes de llegar al Paradero de Camarones, hay unos altos pilotes que nunca han servido para nada. Iban a ser un viaducto de una línea de tren eléctrico que jamás llegó a concluirse. A pocos metros de allí hay una poza donde nos bañábamos de niños. Alguien le puso El Tranvía, en honor al puente que no se terminó.
En los años setenta nos preguntábamos cómo sería Cuba en el 2000. Todos los cálculos siempre acababan en una misma conclusión: La Habana sería tan grande como Moscú, Cienfuegos tan grande con La Habana, Cruces tan grande como Cienfuegos y el Paradero de Camarones tan grande como Cruces.
Nadie (ni abuelos, ni padres, ni maestros, ni alumnos) fue capaz de  imaginarse el desenlace que tendría todo. Por eso es que, a la altura del 2011, todas aquellas apuestas deprimen. La Habana cada vez se parece más a Cienfuegos, Cienfuegos se ha convertido en Cruces, Cruces en el Paradero de Camarones y el Paradero de Camarones es una sucesión de pilotes absurdos.
El tranvía que no llegó, el que se nos fue... Esa es la más precisa metáfora de nosotros mismos. Mucho más ahora, que reflejaron en sus columnas los sueños que nos atrevimos a tener. La ruina maquillada, la estructura inservible. Eso fuimos, eso seguimos siendo.

Huerto cerrado

El andén de la estación de ferrocarril de Cumanayagua ahora es un huerto cerrado. La aguada de las locomotoras de vapor, que de manera inexplicable ha sobrevivido, permanece atrapada en un platanal. El edificio entero, un valioso patrimonio de ese pueblo, se ha empezado a borrar de un paisaje al que ya no pertenece.
La supervivencia impone, como nadie, sus condiciones en el terreno. Llega un punto en que a la gente le deja de importar la memoria colectiva; luego, cuando la desesperación se agudiza, también se pierde la individual. Hace apenas unos 15 años esa estación estaba intacta. Conservaba todos los muebles y artefactos originales.
Ya ni siquiera hay acceso al andén. Desde cualquiera de sus extremos era visible el punto donde, según Benny Moré, el Escambray se encaja en el llano. Pocos metros más allá, está el esqueleto de último puente sobre el río Arimao. Era usado por los trenes de caña de casi todos los ingenios de la región.
En Cumanayagua, como en el resto de la Isla, una ruina conduce a la otra. Incluso la mayoría de las industrias construidas después de 1959 ahora están paralizadas o destruidas. Hace un siglo la gente salía de Cumanayagua en modernos trenes, ahora lo hacen en viejos carretones tirados por caballos.
El pueblo, como su estación, parece un lugar del que no se puede entrar ni salir.

Los puentes de Manicaragua

Nunca fueron retratados por ningún reportero de National Geographic. Aún no se ha escrito una novela donde ellos tengan un papel protagónico. A pesar de que en la zona se filmaron varias películas, los directores y los fotógrafos prefirieron evitarlos. Eran más lindos que los de Madison, pero nadie los convirtió en un símbolo.
Los puentes de Manicaragua eran de hierro y madera. En la carretera de Cumanayagua se formaban largas filas para cruzarlos. Los vehículos, de uno en fondo, parecían ir haciendo equilibrio sobre sus tablones. Era todo un arte pasar a través de ellos y salvar los vacíos de los palos que habían caído al agua.
Es probable que quede otro, pero yo solo vi el que pasa sobre el río Hanabanilla. Aunque está muy deteriorado, aún es salvable como patrimonio. Por más urgencias económicas que tenga un país, estructuras como esas no debe ir a parar a una fundición de materia prima.
Si al menos ese perdura, se podrá seguir teniendo una idea más o menos precisa de lo que fueron los puentes de Manicaragua. Jamás llegó la literatura, la metáfora, pero eso no quiere decir que se pierda la memoria.

27 octubre 2011

La roca que ataja al Hanabanilla

El Nicho ya no se parece al pueblecito que conocí hace 32 años. La mayoría de sus habitantes le han dado la espalda a los cafetales y se han sentado a esperar por los turistas. Para eso tienen una excusa: cada vez son más los que quieren “ver cómo baja/ del monte el Hanabanilla/ y cómo choca en la orilla/ de la roca que lo ataja”.
Todas las veces que me bañé en esas pozas fue en condición de prófugo. Nos escapábamos de la escuela y nos perdíamos dentro de los chorros de agua. Así nos librábamos de extenuantes jornadas recogiendo café. Fuimos sorprendidos dos veces. La primera nos costó un acta en el expediente. La segunda, además, un fin de semana sin pase, haciendo guardia vieja.
Aunque el agua estaba muy fría y no había sol, decidí volver a bañarme en el punto donde el río Hanabanilla sale del vientre de la montaña. Diana, solidaria, quiso acompañarme. Nos mantuvimos dentro del caudal un buen rato. Medimos nuestras fuerzas con las del río. Por más que nadábamos contra su corriente, él nos mantenía en el mismo lugar.
Muchas partes de El Nicho me resultaron irreconocibles. La cueva del Agua fue tomada por las avispas, los secaderos lucen abandonados, los cafetales están llenos de maleza y algunos campesinos han hecho restaurantes en los ranchos donde antes almacenaban sus cosechas. Otros se ofrecen de guías.
Aunque es la primera vez que me baño en los saltos del Hanabanilla sin tener que huir de nadie, me seguí sintiendo un prófugo. Nada me libró de eso. Ni siquiera la certeza de estar en uno de los lugares a los que más deseé volver, por años y años.

25 octubre 2011

La columna de El Nicho

En septiembre de 1979, una larga columna de más de 300 estudiantes comenzó a desfilar por el largo trillo de El Nicho. Yo era uno de ellos. Nos habían llevado en un barco a través del lago Hanabanilla. Desembarcamos en el punto donde el río deja de ser navegable. Cuando llegamos a la escuela todo estaba sin estrenar.
Eran largas naves de madera encajadas en una explanada artificial, hecha de cortes en las montañas: tres filas de aulas, un comedor, tres albergues de hembras y tres de varones, una biblioteca y una planta eléctrica. La escuela era provisional, pero duró hasta hace poco. En sus ruinas aún funciona una primaria.
El asta de la bandera y la picota de los discursos están intactas. El busto de Martí fue reemplazado por una cabeza de plástico que resplandece cuando le da el sol. Mi aula ya perdió las ventanas y el techo. Los albergues ahora huelen a podrido, como si los fantasmas de todos nosotros se hubieran empezado a corromper. Las canchas de deportes se derrumbaron. La montaña quiso recuperar su antiguo talud.
En voz baja, ayudado por algunos tragos de ron (hay pocas cosas más efectivas para enfrentar el frío del Escambray) comencé a decir los nombres que me venían a la cabeza: El Chiqui, Tania, Yayo, Rita, El Negro, Miriam, Javie, María, Aldo, Loli, Osley, Diego… Ya todos pasamos de los 40 años, pero para mí siguen siendo aquellos muchachos que llegamos a  El Nicho desfilando por un trillo.
El domingo pasado el  poeta Álex Fleites me preguntó cuál era mi saldo de aquella experiencia. Primero le conté las cosas más terribles que vivimos allí. Los desayunos de agua con azúcar caliente, el interior helado de los cafetales, los aullidos de los perros jíbaros, el polvo, los aguaceros, el lodo… Luego le respondí que si volviera a tener 11 años y me dieran a elegir, me iría de nuevo con la columna de más de 300 estudiantes.