Nunca había puesto un pie en el
andén de Ciénaga. Siempre pasaba por ella a toda velocidad. Cuando iba en la
ruta 43, por la Calzada de Puentes Grandes, o en el Budd de Cienfuegos, por la
Línea Sur. A través de las ventanillas, la estación se veía fuera de foco, como
una mancha.
Sus alrededores tienen el mismo olor
que el Zoológico de 26. No tengo idea qué es lo que produce ese raro aroma que
flota por toda esa isla de tupida vegetación y trenes abandonados. A lo lejos,
los rugidos de los leones y los tigres enjaulados subrayan la atmósfera
inhóspita.
Ni siquiera los estruendos de la
ciudad llegan hasta los bancos del salón de espera. Algún raro fenómeno impide
que el edificio y su entorno se mezclen.
Aunque está en el mismo corazón de La Habana, ella se resiste y
establece un ambiente rural en sus alrededores. Los niños que juegan en su andén
lo hacen como si estuvieran en el campo.
Por fin puse un pie en la estación
de Ciénaga. Pero entonces fue la ciudad la que comenzó a verse fuera de foco,
como una mancha. Una vez que me subí en su andén, me dio la impresión de que el
edificio comenzaba a moverse, que trataba de irse para un lugar donde la
alcancen los trenes y los viajeros, es decir, las razones de su existencia.
