28 julio 2008

Hoy como ayer

La foto que publica El País es el mejor comentario que se pueda hacer. Allí todo es un problema de perspectivas y en la imagen eso queda claro. Aunque no dijo ni media palabra, el rostro sonriente de Fidel, colgado en la pared del cuartel, dejó claro que su pensamiento reaccionario e inmovilista es el que sigue decidiendo el destino de la Isla.
En el acto central en conmemoración del aniversario 55 del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, Raúl sólo tuvo espacio para advertir que la cosa se podrá aún más mala: “Hay que acostumbrarse no sólo a recibir buenas noticias”, dijo en serio una frase que a la mayoría de los cubanos le debe parecer un chiste.
Una fuente de Mauricio Vicent en La Habana, “un veterano analista”, definió los cuarentipico minutos de alocución de la manera más precisa posible: “fue el discurso más fidelista de la era Raúl”. Lo siento por los que se entusiasmaron con aquellas promesas de cambios estructurales y de concepto. Ojalá esta vez aprendan la lección. Allí, hoy como ayer, no se podrá mover un dedo mientras el dinosaurio siga ahí.

Smoking is Bad

La humareda desaparece. Los fumadores están en vías de extinción. Las campañas antitabaco, las restricciones en los espacios públicos y el cáncer de pulmón han ido erradicando a un hábito que épocas atrás llegó a considerarse elegante y hasta estuvo rodeado de un hálito de sensualidad.
En las páginas de GQ ya casi nadie fuma, pero en sus archivos se conservan excelentes imágenes de aquellos tiempos en que el humo y la ceniza eran parte del glamour. Por eso, a modo de adiós al tabaco, la revista organizó la exposición Smoking is Bad en PHotoEspaña.
Jeremy Irons, Colin Farrell y Jean Coteau, entre muchos otros, posan rodeados de humo en imágenes realizadas por maestros como Peter Lindbergh, Annie Leibovvitz o Ellen von Unwerth. Colaboraciones de Fernando Savater, Paul Auster y Damien Hirst ponen el lado literario a la despedida a un vicio que sumaba belleza y encanto sin importar la tos y el aliento inaguantable que al final dejaba.

22 julio 2008

El túnel

A Norberto Codina, Luis Lorente, Arturo Arango,
Roger Sospedra y Mario Dávalos,
con quienes he atravesado ese trecho
y comparten mi devoción por él

Lo confieso, no hay concierto, ni función de teatro, ni espectáculo de ninguna índole que me guste más que un juego de pelota. Siempre que paso por ese breve túnel por el que se accede a las gradas, siento un rara felicidad que nada más me la produce. La primera vez que fui a un estadio fue al 5 de Septiembre, en Cienfuegos. Era un juego entre Las Villas y Matanzas de la Selectiva de 1978.
Hubo dos cosas que me impactaron muchísimo: las distancias de los jardines y los colores de los uniformes. Por televisión las cercas parecía estar mucho más distantes y todos los equipos vestían en blanco y negro. Ese día Las Villas usaba su clásico traje, aquel que tenía una franja naranja de la mitad del pecho hacia arriba.
Fue un partido reñido. Mi abuelo Aurelio y mi tío Rafelito trataron de sustituir a Bobby Salamanca por esa noche y me explicaron las jugadas que yo aún no entendía. Sobre todo un squeeze play suicida que hizo Sixto Hernández. Al final el juego se decidió por un jonrón de Antonio Muñoz que pasó por encima del techo del jardín izquierdo.
Sin dudas ese fue el momento más emotivo del partido. Pero para mí lo más inolvidable fue la fracción de segundo en que atravesé el pequeño túnel y descubrí aquella extensión de hierba iluminada. Desde entonces camino muy despacio por ese trayecto. Esté donde esté y juegue quien juegue, sé que del otro lado me espera una rara felicidad que nada más me la produce.

18 julio 2008

Ellas se dan candela

La escena era terrible, pero daba mucha risa. Roberto Blanco había resuelto el fuego con tules rojos. Era la última puesta en escena de María Antonia, la obra de Eugenio Hernández Espinosa. Primero pasaba una mujer dando gritos y agitando unas telas ardientes. Luego, alguien pedía un cubo de agua para apagarla. Al final, la carcajada del público extinguía el drama.
Es algo que me he preguntado muchas veces: ¿Cuál es el origen de esa terrible tradición? ¿Por qué las cubanas prefieren arder en llamas a la hora de quitarse la vida? Encuentro en la Red ha publicado la noticia de que dos estudiantes de La Universidad Central de Las Villas (UCLV) desaprobaron su tesis de grado por habérsela dedicado al suicidio en Cuba. La profesora responsable, fue despedida.
Lourdes García y Dayanis Campos son estudiantes de sociología y basaron su tesis, “Los caminos del suicidio: un laberinto real”, en los “niveles preocupantes” que ha alcanzado el índice de suicidio de la provincia de Camagüey. El jurado que evaluó la investigación la consideró “irreal” y propuso que se rehiciera. Según la tesis de Lourdes y Dayanis, 125 camagüeyanas de entre 35 y 40 se quitaron la vida desde el 2006 hasta la fecha.
La doctora Mely del Rosario, decana de la Facultad de Ciencias Sociales de la UCLV, se mostró “preocupada” por el origen de los datos. De acuerdo con fuentes cercanas, dice la nota de Encuentro…, un profesor dijo en que dichas estadísticas eran “mantenidas en secreto”, y sólo se comunicaban a la Administración Central del Estado, que sí tenía un "conocimiento exacto del fenómeno”.
En Cuba toda cifra es una duda. La zafra, la educación, la salud, el transporte, el suicidio, la mortalidad infantil, la fabricación de panes… Cualquiera que sea la suma, la resta o el porciento, recibe el tratamiento de secreto de Estado y es blindada para que no llegue a oídos de la opinión pública. Es por eso que las cifras del Almanaque Mundial cada vez están más desactualizadas y son menos creíbles.
Aunque la Universidad Central de Las Villas confiscó todas las copias de la tesis, no pudo evitar esta vez que el rumor circulara. Al régimen cada vez se le hace más difícil impedir que las noticias se expandan. Eso en el mundo real se llama “periodismo ciudadano”, en Cuba recibe el calificativo de “alta traición” y es considerado un delito.
He olvidado muchas cosas de aquella memorable puesta en escena de Roberto Blanco. pero el instante en que Eulalia pasaba envuelta en llamas por el proscenio, puedo reconstruirlo con exactitud. De haberse publicado la tesis de Lourdes García y Dayanis Campos, ahora tendríamos más elementos para saber por qué ellas, allá en Cuba, prefieren darse candela el día que la esperanza, que es lo último que se pierde, las abandona.

17 julio 2008

¿Por qué tenemos que esperar el Final?

Ayer, de su puño y letra, Fidel le pidió a su “querido Randy” que hiciera pública una declaración suya sobre el equipo olímpico de pelota. “Conocí hoy que están muy disgustados”, le dice a su vocero predilecto y lo reprende, de paso, por haberse sumado a la ola de críticas que ha provocado en la isla la más reciente derrota de su novena ante Estado Unidos.
Casi todos los párrafos de la declaración están dirigidos a los propios peloteros, incluso el último, donde el convaleciente líder se reafirma como un ente plenipotenciario e inapelable. “No permitamos jamás que los traidores visiten después el país para exhibir los lujos obtenidos con la infamia”, dice refiriéndose a los peloteros que han desertado y firmado contratos de Grandes Ligas.
Recuerdo el día en que Germán Mesa regresó al campo corto de Latinoamericano. Yo estaba allí, junto a Luis Lorente y 50,000 aficionados más. Lo primero que hizo Germán fue besar un puñado de tierra púrpura y llevársela al pecho, para restregarla sobre la palabra Industriales. Luego me contaron que incluso en la transmisión televisiva, la ovación ahogó la frase mezquina que Héctor Rodríguez tenía preparada para la ocasión.
Me gustaría estar el día en que el Duque Hernández, José Ariel Contreras y Liván Hernández, entre muchos otros, reciban todas las ovaciones que los cubanos les deben. Nadie ni nada va a impedir eso. No hay edicto, ni ley, ni declaración ni mordaza que lo pueda impedir para siempre.
“¿Por qué no esperamos el final de las Olimpiadas para discutir a fondo y de forma verdaderamente democrática la responsabilidad de todos los que tienen que ver con el deporte cubano?”, se pregunta Fidel en su breve texto. ¿Por qué tenemos que esperar el Final para discutir a fondo y de forma verdaderamente democrática la responsabilidad de todos los que tienen que ver con el destino de Cuba?, pregunto yo, en el mío.

16 julio 2008

Viendo la vida pasar

Norberto y yo solíamos sentarnos sobre el carril del apartadero para ver a los trenes pasar por la línea principal. Por esa fecha, mediados de la década del setenta del siglo pasado, en Cuba se reconstruía la Línea Central. Todos los trenes nacionales estaban desviados por Línea Sur y tenían que pasar por Camarones para poder llegar a Santa Clara.
Desde allá abajo, a la altura de las ruedas chirriantes, les decíamos adiós a todos aquellos rostros fugaces y extraños. Por los desperdicios que lanzaban por las ventanillas, descubrimos que en La Habana comían una cosa que olía a Pionero (la única acepción del chocolate que conocíamos) y algo que venía envuelto en papel celofán. Luego, al cabo de los años, descubrimos que se trataba de africanas y sorbetos.
Desde aquella altura las inscripciones más pequeñas eran más visibles, por eso pudimos aprendernos la fecha de fabricación, el tonelaje, los caballos de fuerza y las nociones elementales de las locomotoras de entonces. Luego, oyendo a los ferroviarios, nos enteramos de los nombres con los que ellos bautizaban a sus máquinas: las inglesas, los melones, las patas de palo, las húngaras, los patos, las francesas, las 900 y las casas de guano.
Aún hoy trato de mantener esa costumbre. A la altura de las ruedas chirriantes sigo teniendo una mejor perspectiva de las cosas y del mundo. Desde abajo todo se ve mucho más claro. Por aquí no pasan trenes, pero la vida lleva una velocidad parecida y sigue estando llena de rostros fugaces y extraños.