05 agosto 2020

El héroe que fracasaba todos los días

Vi y leí muchos toques de queda, en películas, novelas y noticias de épocas y países que siempre quedaban suficientemente lejos. Sabía muy bien en qué consistía, pero nunca lo había experimentado. Hasta que un virus se escapó de la remota Wuhan y contagió al mundo.
En los primeros días del confinamiento, siguiendo mi instinto de sobreviviente cubano, acaparé irracionalmente. Todavía nos quedan latas y botellas. Le temí tanto a la idea de volver a verme encerrado en un Periodo Especial, que almacené todo lo necesario para resistir meses sin salir a la calle.
Durante esas semanas, Diana participaba en la toma de control de una empresa y tenía que salir todos los días de casa. Se disfrazaba como un cosmonauta y, cuando regresaba, llevábamos a cabo un estricto protocolo de desinfección. Era muy estresante, pero generaba una rutina que acabamos disfrutando.
En las tardes, cuando las sirenas le advertían a Santo Domingo que ya no podía salir a la calle, subíamos a la terraza a mirar el atardecer. Muchos a esa hora hacían lo mismo. Algunos llegamos a trabar una lejana amistad. Todavía no nos conocemos, pero nos saludábamos con una enorme alegría cada tarde.
De todos los personajes que conocí por aquellos días, el que más me impresionó fue un joven que vive justo al lado. Aunque su edificio está flanqueado por altas torres, él se empeñó en empinar una chichigua (pequeño papalote dominicano). Estaba ahí hasta que oscurecía, con el brazo en alto y tirando del hilo.
Nunca logró que se elevara y se uniera a la multitud de chichiguas que tomaron el cielo de la ciudad por aquellos días. No le llegó ni un solo golpe de viento. Pero tampoco se rindió. Se mantuvo con el brazo en alto, tirando del hilo y dando pequeñas carreras hasta el mismo borde del edificio.
Después de nuestra propia experiencia, de todo lo que vivimos en aquellas semanas de total confinamiento, del enorme miedo y de las pequeñas alegrías, recuerdo con especial orgullo al héroe que fracasaba todos los días. No sé quién es, pero lo admiro profundamente.

03 agosto 2020

Tarde de siembra

De viejo, hay dos lugares que visito con la misma euforia y la misma capacidad de asombro que de niño iba a comprar juguetes: las ferreterías y los viveros. He llegado a pasarme horas y horas deambulado por Home Depot, donde esos dos mundos se conjugan. Diana ha tenido que sacarme a la fuerza.
Nunca habíamos estado tanto tiempo seguido en la Loma. Además de enfrentarnos a Isaías (cuando aún era una tormenta tropical), hemos podido dedicarnos al cuidado de los jardines y los frutales. Hoy fui al Puerto del Tarro (donde Leocadia, el mejor vivero de Jarabacoa). 
Salí con dos anones (ya paridos, ¡increíble!), un mamey (de injerto, en dos años estamos haciendo batido), una guanábana (idem) y seis mandarinas (que sembraremos en el espacio que dejaron unos pinos endebles). También compré dos sacos de humus. 
Con la humedad que tiene la tierra después del paso de la tormenta, esas matas sentirán que han llegado al paraíso. Hoy tendremos una tarde de siembra en la Loma de Thoreau (¿oíste, Renay Chinea?). Les buscaremos el lugar exacto, algo que me fascina, porque me permite poner en práctica todo lo que aprendí de los guajiros del Paradero de Camarones.
Lilian Carrasco de Cury, una dominicana que conoce demasiado a Cuba, se alegró de que me estuviera preparando para pagar “el adeudado batido de mamey”. En verdad me estoy preparando para algo mucho más importante que eso, le respondí.
Y es cierto. Como Diana y yo ya hemos dado a Cuba por perdida, nos preparamos para envejecer en el Cibao. Aquí comeremos y compartiremos los frutos que hemos ido sembrando en él. Máximo Gómez soñó lo mismo que nosotros, pero un grupo de vegueros cubanos le quedó mal y no pudo lograrlo.
No vamos a correr los riesgos que él corrió. Solo contamos con nosotros mismos y con la luz del Cibao. No existe otra más fértil.

02 agosto 2020

Murió el stalker de las antiguas damas del Vedado

Involuntariamente, se ha armado un dossier sobre Eusebio Leal en El Fogonero. Primero publiqué un texto donde enlazaba varios tweets que había escrito a propósito de su muerte. Hoy, a primera hora, no pude evitar referirme a las sábanas blancas (y percudidas) que desplegaron sobre las ruinas de La Habana. 
Y ahora, Joel Cano me hizo llegar este texto que, sin que nos lo propusiéramos, completa los míos, los fundamenta. Lamento que algunos amigos se sintieran ofendidos con estas opiniones (quien busque en este blog, encontrará que siempre he pensado lo mismo sobre el historiador de La Habana y su labor).
Ayer, a Joel, a mí y a todos los que se expresaron como nosotros, nos compararon con aves de rapiña. Decía Antístenes que vale más caer entre las patas de los buitres que entre las manos de los aduladores, “porque aquellos sólo causan daños a los difuntos y éstos devoran a los vivos”.

 


Por Joel Cano


Murió el stalker de las antiguas damas del Vedado y de todas aquellas que todavía conservaban una mansión, una lámpara valiosa, unos muebles auténticamente elegantes. La gente se ha puesto poética. La gente se ha puesto fina... Los cubanos siempre asombrosos a la hora de la hipocresía, o del sincero sufrimiento. Siempre nos pasamos, ¡hasta en la sinceridad! 

Y mi asombro también es auténtico, porque de veras me asombra esa ola de dolor ante la partida del leal Eusebio. Todo el mundo tiene un verso y una lágrima para el finado. ¡La gente ha sacado sábanas a las ventanas! De repente me asalta la esperanza: la gente todavía tiene sábanas, sábanas blancas, y ventanas, y hasta balcones donde colgarlas. 

Hay una fuerte necesidad de ídolos. Hay una imperiosa necesidad de mitos. Los cubanos necesitan empatía con alguien que los guíe aunque sea a un derrumbe. Leal Eusebio fue, no tanto a La Habana como hizo creer a golpes de discursos gangosos y de adjetivaciones desmesuradas, sino a aquellos mismos que la destruyeron con metodológica saña. 

Hizo de su misión de rescate una telenovela que como toda telenovela era una ficción demoledora que los espectadores por supuesto creyeron mucho más que el propio protagonista. El pueblo cubano aprendió con él sobre la historia de la capital y también del país, pero todo eso no deja de ser una fábula. 

Leal es un personaje trágico que sirvió con su cultura, su acción, y su quizás sincero amor por La Habana, a completar el robo con fuerza comenzado por Fidel Castro en 1959. Fue una cortina de humo tras la cual desaparecieron de la capital más obras de arte de las que fueron restauradas, y de las restauraciones no nos detengamos a hablar puesto que no soportan el menor de los análisis técnicos. 

Es un método común en los gobiernos totalitarios: destruir tanto que luego cuando reconstruyen como un decorado de cartón una ínfima parte de lo que ellos mismos echaron abajo, el pueblo aplaude. Para eso sirvió leal Eusebio, para que lo que no pudo ser robado en el 59 lo pudiera ser luego con normas de urbanismo, con inventos legales para arrebatar propiedades, objetos de valor... para convertir casas familiares en oficinas estatales, en locales siempre al servicio de la élite comunista. 

Contribuyó, a pesar suyo tal vez, al imperio del mal gusto que hoy domina la vida cubana. En nombre de restauraciones, en nombre de la historia, en nombre de una idea falsamente social la empresa de apoderamiento de Fidel Castro tuvo en este hombre un lacayo útil. 

Así como Alejo Carpentier se complacía en hablar de una ciudad llena de columnas que ya no existían evitando con una amnesia ejemplar la crítica al amo que lo alimentaba, así también leal Eusebio acomodó sus convicciones y vendió el alma al diablo. 

Su legado está ahí: La Habana es patrimonio de la humanidad a pesar de ser una ruina pésele a quien le pese. Una ruina, no otra cosa, con la belleza armoniosa de las ruinas en las que el moho dibuja complicados arabescos y hasta los árboles se atreven a crecer sin vergüenza en lo alto de ciertos edificios. Ya ven, también me puedo poner poético... que no se diga. 

Yo no he hecho nada por La Habana que no sea andarla como cualquier otro cubano, que no sea haber sufrido la inclemencia de su sol, de su mal transporte, de su mala comida, de su desprecio por el recién llegado. También amé, condenado a los amores vagabundos de una ciudad sin cobijo para su juventud, fui a cines destartalados, a parques agrietados, a escaleras detenidas en el vacío...

No hice otra cosa que teatro en salas arrebatadas a sus dueños, poesías en medio de albergues repletos de sudor. He padecido esa Habana que no abre los brazos a casi nadie que no venda su alma al diablo como Eusebio, La Habana de Leal y la de Fidel Castro en la que nadie puede acceder normalmente a la propiedad. 

Dormí en las calles de esa Habana inhóspita en la que los provincianos obtienen un techo denunciando a sus semejantes, lamiendo las botas a dirigentes incultos, haciendo negocios ilegales, casándose con personas que no aman, prostituyéndose, cuidando a viejos de mal carácter en espera de una muerte hipotética que les dé paso al título de propiedad. 

De todas maneras, nadie me hubiera dejado hacer algo por La Habana, o por Cuba. Ambas forman parte del Monopoly del partido comunista y de los militares. ¿Dónde han ido los millones de la UNESCO que hubieran traído de vuelta el brillo a La Habana? 

Búsquenlos en los viajes maravillosos que las familias de nuestros dirigentes hacen por el mundo mientras el pueblo espera en una cola interminable de más de sesenta años un muslo de pollo, un puñado de arroz, una gota de aceite... 

Búsquenlos en las mansiones de los dirigentes del partido comunista, en la vulgar y ostentosa imagen de las casas de visita de ese mismo partido en cada ciudad de la isla, búsquenla en los hoteles construidos para ser administrados por generales... 

Búsquenlos en todo aquello que no tenga que ver con el pueblo cubano. No siento que se haya perdido tanto como dicen. Se ha perdido un hombre, siempre sustituible. Otro ardid de los regímenes totalitarios es hacernos creer que no seremos nada si muere aquel que nos gobierna. La Habana no es Eusebio Leal, Cuba no es Fidel Castro. 

Lo que sí se ha perdido es la vergüenza, lo que sí se ha perdido es la Historia, lo que ya no existe es la cultura de polemizar, de poner las cosas en relieve, de utilizar las palabras para dibujar nuestra inteligencia. El amor de ciertos altos oficiales nazis ayudó a salvar París del plan de destrucción total de Hitler, eran alemanes, eran parte de un sistema criminal, pero la belleza de una ciudad pudo más que ciertas convicciones políticas.

Así veo al leal Eusebio, como la paradoja de un hombre aliado al mal convencido de que cualquier crimen es menor o justificable comparado con la desaparición de La Habana. Como si ese deseo puro de salvaguardar un tesoro limpiara su apoyo a un gobierno corrupto al punto de corromperse él mismo en la empresa. 

Esa capital de ensueños ya sólo perdura en nuestras poesías, en nuestras novelas, en las canciones, en las obras de teatro, en las fotos que desesperadamente quisieran levantarla del polvo a la que está condenada. He ahí la contradicción de un hombre que sin querer queriéndolo terminó devorado por aquellos de quienes siempre esperó clemencia para la empresa de su vida. 

Hoy la Habana es al fin libre y ha dejado de ser la finca privada de Eusebio. Hoy La Habana puede continuar su rumbo en paz, no viuda, no deudora, sino libre de ser como le dé su real gana, disfrazada de china, rusa, o mayamense. Las ciudades nos ven pasar, llenos de ambiciones, de planes para ellas, y supongo que alzan los hombros y se sacuden esos caprichos humanos y luego continúan a su ritmo mudando de piel. 

Habrá otros con el mismo amor y hasta un amor más puro por La Habana que seguirán sufriendo el martirio de quererla y de regresarla a esa imagen paradisíaca que cada cubano atesora en su memoria.

Cuando recojan las sábanas blancas

El miércoles 2 de abril de 2003, Lorenzo Enrique Copello, Bárbaro Leodán Sevilla García y Jorge Luis Martínez Isaac, junto a otras 7 personas, abordaron la lancha Baraguá (hasta el azar se ha envilecido en Cuba) para cruzar la bahía de La Habana. Pero su verdadera intención era hacer una travesía mucho más larga.
30 millas mar afuera, la lancha se quedó sin combustible y fue remolcada hasta la bahía del Mariel (la dictadura siempre ventila sus trapos sucios lejos de la vista de todos). Finalmente, aquellos muchachos que solo querían ser hombres libres y que ni siquiera habían herido a nadie durante el secuestro, fueron apresados.
Sobre los otros siete cayeron condenas que fueron desde la cadena perpetua hasta dos años de prisión. A Lorenzo, Bárbaro y Jorge Luis los condenaron a muerte. En horas, antes de que se presentara la apelación, fueron fusilados.
Ese día, todas las sábanas blancas que ondearon en los balcones y las ventanas de La Habana lo hicieron como de costumbre. No hay otro lugar donde secarlas. Google localiza de inmediato a los que repudiaron el crimen. También encuentra de una vez a los que lo apoyaron.
Eusebio Leal estuvo entre los últimos. Ser un privilegiado dentro de una dictadura tiene un precio muy alto y él, solícito, siempre lo pagó. Comparaba a Cuba con Cartago y a La Habana con Troya. Nunca se contuvo a la hora de adular a Fidel Castro, el responsable de la destrucción de la ciudad que él remendaba.
Cuando recojan las sábanas blancas que ahora le rinden homenaje, serán aún más intragables tanta palabrería, tanto maquillaje, tanto adorno pueril. Porque quedará al descubierto la verdadera Habana, esa sucesión de ruinas y podredumbre cada vez más difíciles de andar… y de respirar.
Quedará la mierda.

01 agosto 2020

Indultos

Los toros más bravos son indultados y convertidos en sementales para preservar la raza y la casta. El 19 de julio de 1982, en Madrid, el matador José Ortega Cano se enfrentó a Belador, de la ganadería de Victorino Martín. La faena fue entraordinaria. Hasta hoy, es el único toro indultado en la Plaza de Las Ventas. 
Cuando era niño, mi abuela Atlántida estuvo varios días en cama por una neumonía. Nadie recordaba haberla visto rendirse ante una enfermedad. Mercedita, una querida vecina, se alarmó tanto que me mandó a buscar. Cuando llegué a su casa tenía una enorme gallina negra amarrada por las patas.
“Háganle una sopa con ella a tu abuela”, me dijo. Talín, su esposo, que manejaba un camión de Acopio, me llenó un cubo con plátanos y papas (ese tipo de gestos era comunes en el Paradero de Camarones de entonces). Cuando me paré delante de Atlántida con el cubo y la gallina, dijo que no con la cabeza.
“Suéltala en el patio, vamos a cojerla para cría —ordenó—. Que tu abuelo mate a la jamaiquina”. 
A partir de entonces se llamó La Gallinita Negra, por un cuento fantástico de Antoni Pogorelski que yo tenía. No duró mucho, se la pasaba cruzando de nuestro patio al de Mercedita. Una tarde, cuando regresaba a casa, calculó mal la velocidad de un tren de carga y no llegó al otro lado de la línea.
Antes de ayer, al final de un largo día hacia un ciclón, nos hicimos un batido de mamey con leche Carnation. La fruta era tan grande y estaba tan deliciosa, que decidimos sembrar las semillas. Aunque no se trató de un indulto, el hecho implicó un homenaje muy parecido. 
Las semillas del mamey, como Belador y la Gallinita Negra, preservarán la raza y la casta.

La Gallina Escarbadora

Bladimir Zamora tenía una gracia única para poner nombretes, porque a ese humor innato con el que salió de Cauto del Paso, le sumaba su inteligencia y su cubanía. A Eusebio Leal le puso la Gallina Escarbadora. Nunca más lo llamamos por su nombre, ni él ni los que sabíamos del mote.
Tras la muerte del historiador de La Habana, se ha desatado una pandemia de pésames. Muchos realmente sentidos. Otros, hechos para cazar likes. No pocos son deudores de esa rimbombante cursilería de la que estaba plagada la prosa y la oralidad del siempre leal Eusebio.
Dejémonos de hipocresía. La Habana nunca necesitó de un Eusebio Leal mientras fue libre y espléndida. Durante los 440 años que se construyó todo lo que define a la ciudad (desde 1519 hasta 1959), jamás precisó de un cortesano que la ensalzará. Bastaban los habaneros para ello.
Eusebio Leal no fue un historiador (su trabajo, de hecho, está plagado de imprecisiones y hasta de ficciones), fue un escenógrafo. Maquilló una parte ínfima de la ciudad (si se compara con el tamaño de los escombros) y la convirtió en un escenario inanimado para recibir visitas ilustres y producir postales.
Renay Chinea logra retratarlo en un párrafo: “Era un pésimo historiador. No obstante, un escritor deplorable. Sin embargo, su intelectualidad es nula y quien lo acuse de buen servidor público, es un embustero. Hemos salido de un hombre cutre y engolado. Lamepapas, lamereyes, lamegenerales de la fotografía oficial. Un esperpéntico fingidor. Y ahí me paro”.
Sus elogios al dictador Fidel Castro quedarán para siempre entre las más ridículas guataconerías de la historia de Cuba. Su incondicional servilismo, lo llevó a firmar aquella ominosa carta que apoyaba el fusilamiento de tres habaneros. El propio régimen debería sentirse avergonzado de que, tras 61 años de colectividad forzada, la salvación de una ciudad se le atribuya a una sola persona. 
Si La Habana no se murió cuando perdió a Casal, Lezama o Portocarrero, no lo hará por Eusebio. Nadie se va a morir, menos ahora que esa mujer en ruinas inclina el ceño.