13 mayo 2013

“Pase usted, Señor Jonrón”. La tragedia de Cheíto Rodríguez



Uno de los momentos más emocionantes de mi infancia ocurrió en 1978, la noche en que Pedro José Rodríguez decidió el campeonato de pelota con un jonrón, en la parte alta del noveno. Bobby Salamanca perdió la voz al final del batazo, que fue sobre un tenedor de Rogelio García. Cheíto se quedó en home con los brazos abiertos, dándonos todo el tiempo posible para que retuviéramos aquel momento.
Teníamos al mejor equipo del país. Se llamaba Las Villas, pero le decíamos “La Trituradora Naranja”. En cada posición había una estrella: Pedro Jova (SS), Sixto Hernández (RF), Antonio Muñoz (1B), Pedro José Rodríguez (3B), Héctor Olivera (DH), Osvaldo Oliva (LF), Luis Jova (CF), Alberto Martínez (C) y Adolfo Borrell (2B).
En esa temporada, sumando la Serie Nacional y la Selectiva, Cheíto conectó 44 jonrones, un récord que todavía nadie ha podido superar. Mi provincia entera se detenía cada vez que el número 6 entraba en el cajón de bateo y Bobby Salamanca daba tres golpes, como si alguien tocara a la puerta: “¡Pase usted, Señor Jonrón!”, decía el mítico narrador.
En el verano de 1985, la Seguridad del Estado encontró unos pocos dólares en el equipaje de Pedro José Rodríguez, previo a un viaje del equipo Cuba a Estados Unidos. No pudo defenderse ni apelar. Lo despojaron de toda su gloria con una tranquilidad escalofriante. El periodista cubano Fernando Rodríguez revela en un libro los detalles de esa injusticia que privó al béisbol cubano de una de sus estrellas más rutilantes.
A través de 30 entrevistas, Fernando hace públicos los pormenores de un penoso caso del que hasta ahora solo se conocían rumores. 30 tablas estadísticas, 11 box scores y 105 fotos inéditas le sirven de apoyo en su recuento. El libro, sin dudas, es un material invaluable para los que disfrutamos del béisbol como uno de los signos más emocionantes y duraderos de la identidad del cubano.
Una fría noche, también de 1978, mi abuelo Aurelio y mi tío Rafelito me llevaron por primera vez a un estadio. Fue en el 5 de Septiembre de Cienfuegos. Cheíto conectó dos jonrones y Muñoz uno para derrotar al Matanzas de Jorge Luis Valdés. Las pelotas desaparecieron en la neblina de febrero, hacía frío, las manos nos dolían de tanto aplaudir.
30 años después, es que un libro por fin puede explicarle al niño aquel cómo fue que perdió a su héroe.

12 mayo 2013

Un barco ruso


Cuando vi al tren de Sagua, en el andén #3 de Santa Clara, recordé el capítulo final de El gran bazar del ferrocarril, donde Paul Theroux cuenta su experiencia en el expreso transiberiano. Los pasajeros que miran por las ventanillas, parecen estar en la helada estación de Tijookeanskaya, en Najodka, y no en el mismo centro de Cuba, en el corazón del Trópico.
Los vagones son antiguas casillas rumanas. Aunque eran vagones de carga, con dos filas de asientos y cuatro ventanillas parecen aptas para el transporte de pasajeros. El conductor del tren luce más fatigado que el oso pardo del Zoológico de La Habana. Permanece apostado en la última puerta del último vagón, haciendo cuentas con un bulto de boletines.
El zumbido de la locomotora soviética, una vieja Tem 4 de la década del 60 del siglo pasado, es el principal ruido de la ciudad. El resto de los sonidos está compuesto por voces, cascos de caballos y ruedas de carretones sin engrasar. La máquina está sola, no hay nadie en su cabina. Nada indica que el tren partirá en algún momento.
Como un barco ruso, anclado en un país que tampoco se mueve, el tren de Sagua permanece en el andén #3 de Santa Clara. Los pasajeros siguen mirando por las ventanillas y el conductor no para de hacer cuentas. A nadie parece preocuparle que las horas pasan.

09 mayo 2013

Aniversario


Si tuviera que hacerlo de nuevo,
es muy probable
que no me atreva,
que no me alcance el valor.
Estaba borracho,
medio ciego,
exahusto de caminar
por una larga noche
que no salía a ninguna parte.

Aún no sé cómo acabamos
viajando
a toda velocidad
por la pradera de agua
de los Miccosukee.
Tampoco me explico
cómo pudimos tocar el fin
de los viejos puentes de hierro,
esos que cruzaron el mar
con la promesa
de alcanzar a La Habana.

La costumbre nos ha curado
los dolores en la espalda
y la piel de la garganta.
El tiempo nos enseñó
a maldecir,
a besarnos las heridas
y a ser felices.
Ahora, para quitarme la razón,
abre un libro de Nietzsche
o cita de memoria
la frase más austera de Marx.
Luego, lánguidamente,
bebe su licor
y deja que yo recite a Vallejo.

Todavía es jueves.
Tenemos que esperar
hasta el domingo
para celebrar
aquella larga noche
en que yo estaba borracho,
medio ciego,
y al final de una canción
encendí la luz de sus ojos azules.

08 mayo 2013

El Londres del Infante*


Cuando el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski conoció a Guillermo Cabrera Infante, le pidió un texto. Era para El país de las palabras, su primer libro, donde algunos de los escritores que más admiraba le respondieron una pregunta: ¿Por qué los artistas latinoamericanos aman tanto a París?
—Mi ciudad es Londres —le respondió Cabrera Infante—. Yo con París siempre he tendido una relación muy difícil.
—Escriba eso entonces —Le pidió un Mordzinski que aún no había cumplido los 20. Hablamos de 1979, justo el año en que se publicó La Habana para un infante difunto.
No solo lo escribío, sino que contó la anécdota en su texto. Cuando el libro estuvo listo, Daniel viajó por primera vez a Londres con el ejemplar de Guillermo debajo del brazo. Allí se encontró con un hombre jovial, afable, que caminaba por la ciudad con la destreza del que anda por ella desde niño.
Así como Cabrera Infante no tenía ninguna afinidad por París, Mordzinski tampoco la tenía por Londres. De manera que el argentino conoció a la capital de los ingleses a través de los ojos del cubano. Lo llevó a caminar por sus rincones preferidos y le contó infinidad de historias sobre los personajes que se iban encontrando a su paso.
—Tenía un dominio increíble de la ciudad —recuerda Daniel Mordzinski—. En cada uno de sus parques elegía un sitio para detenerse a disfrutar de aquel entorno que parecía pertenecerle desde siempre.
Al final del recorrido, volvieron a casa, donde Miriam Gómez había estado cocinando para ellos. Cada vez que Daniel regresaba a Londres, Guillermo lo esperaba para hacer los mismos recorridos que, como siempre, acababan en su casa, donde la mesa ya estaba servida y la comida humeaba.
—Eran muy hospitalarios y humildes —recalca Daniel—. Yo tenía 19 años cuando empecé a viajar a Londres y no me sentía intimidado por aquel hombre que, en ese entonces, ya era uno de los mayores escritores de la lengua.
Nunca le preguntó para qué quería tantas fotos, tampoco le pidió ninguna. Incluso Miriam Gómez, que era reacia a dejarse retratar, posó una vez, abrazando a su marido por la espalda. Jamás se habló de La Habana en aquellos encuentros. A fin de cuentas, la vista del amanecer en el trópico quedaba demasiado lejos.
*Estas fotos inéditas de Guillermo Cabrera Infante pertenecen a uno de los paseos que el escritor cubano hizo por Londres junto a Daniel Mordzinski, quien generosamente las ha enviado para este post de El Fogonero.

06 mayo 2013

Nuestra fotinski


Daniel Mordzinski era, hasta hace una semana, todo un mito para mí. Muchos de los retratos por los que reconozco a algunos de los escritores que más admiro, son suyos. Jorge Luis Borges, Guillermo Cabrera Infante, Mario Vargas Llosa, Paul Theroux, Umberto Eco, Octavio Paz y V. S. Naipaul son los primeros nombres que me vienen a la cabeza.
—Vamos para que conozcan a Daniel Mordzinski —nos dijo Alfonso Quiñones.
No me gusta saludar por saludar. A veces, incluso, prefiero no conocer a la gente que más admiro. Eso me permite seguir apreciándolos sin trabas ni malos entendidos. Mordzinski nos saludó con un abrazo y se puso a conversar, algo que cada vez sabe hacer menos gente.
Estábamos en el mismo centro de una exposición suya y, copa de vino en mano, nos contó cómo hizo algunas de aquellas obras. recordó con lujo de detalles esa imagen donde Gabriel García Márquez mira a la luz desde el borde de la cama. Luego, la de Mario Vargas Llosa debajo de una sábana, a la luz de una vela.
Quedamos en vernos al día siguiente en nuestra casa. Quiñones y Mariana lo recogieron en el hotel. Alejandro Aguilar se sumó después. Como si fuera un fotógrafo ambulante y no una auténtica celebridad, Daniel sacó un paño negro de su mochila y lo colgó de la escalera, como un telón de fondo.
Con una copa de vino en la mano, sin dejar de conversar, comenzó a retratarnos. Entonces advertí que, al estar en el mismo lugar que ellos estuvieron, esa había sido la mejor oportunidad que había tenido en toda mi vida de saludar a Borges, Cabrera Infante, Vargas Llosa, Theroux, Eco, Paz y Naipul.
Ayer en la tarde, adjunta a un cariñoso email, Daniel nos hizo llegar una foto que me hizo junto a Diana. Segundos antes, había llegado la de Quiñones y Mariana. Era nuestra “fotinski”, como él mismo define a su arte. Hasta hace una semana era todo un mito para mí. Ahora es alguien entrañable y le tendré que agradecer eso a Alfonso siempre.

04 mayo 2013

Misticismos y murmuraciones

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Un colegio detuvo su docencia para que sus alumnos bendijeran sus anillos de graduación. Supongo que a una tribu del África actual ese ritual le debe parecer bárbaro, casi salvaje. Luego, más de cien vehículos de seis cilindros con sus choferes uniformados fueron a buscarlos. Parecerá que se trata de Qatar y no de una isla en el Caribe que no produce ni una gota de petróleo.
En realidad todo sucedió a pocos pasos de una de las flamantes líneas del Metro de Santo Domingo. Pero a ninguno de los estudiantes que participaron en la actividad religiosa, espiritual, casi mística, le pasó por la cabeza juntarse en un mismo vagón con los sudorosos habitantes de Villa Juana, Los Guaricanos o Villa Mella.
Todos oraron. Cada anillo, cuyo precio alcanzaría para pagar el año escolar de un analfabeto, fue bendecido por el sacerdote. Mientras lo hacía, hablaba de sacrificio, bondad, perdón, entrega, pasión y un sinnúmero de palabras emocionantes que chocaban contras las paredes y hacían un eco incomprensible.
En la noche, los estudiantes se fueron de fiesta y cada uno gastó más de lo que tienen la mayoría de las familias para vivir un mes. Fueron impertinentes y arrogantes con los camareros, quienes toleraron con una sonrisa helada cada una de las malacrianzas.
Entonces, fue que surgió el tema del color. Los más claros empezaron a establecer la raza de los más oscuros. Una mulata preciosa, que se pasó tres horas estirándose el cabello y una más empavesándose con crema blanqueadora, se burló de otra mulata preciosa, porque se atrevió a bañarse en la playa y se ha dejado los rizos.
Los que llevan camisas de Hugo Boss, murmuraron a los que llevan Tommy Hilfinger. Esos, a su vez, lo hicieron de los que las traían de Zara y así hasta llegar a una marca que motivó un: “Viejo, ¿y qué fue, qué es esa vaina?”. Ninguno pidió lo que en realidad le gustaba, sino lo más caro, lo que pudiera ser inalcanzable para el amigo que tenía enfrente.
Aunque celebraban su graduación y el ingreso a la universidad, en ningún momento se habló de vocación o planes de vida, ni siquiera de un sueño en particular. En cuanto a los centro de estudio, solo se estableció a cuales iban los “chopos” y a cuales la “gente bien”. Todos los sueños se reducían a la vaina que venga después del Iphone 5.
Uno de los muchachos, ya borracho, confesó que amaba a una muchacha que no estaba la fiesta. Uno de sus amigos le pegó en la cabeza y le preguntó si estaba “totao”. “El padre de esa niña anda en un Corolla del 2005 y la madre tiene la nariz más ancha que Fiona”. Todos se rieron a carcajadas, incluso el que estaba enamorado.
La semana que viene volverán a reunirse. Entonces tendrán una convivencia, la última juntos. La actividad será igualmente religiosa, espiritual, casi mística. Un facilitador hablará de sacrificio, bondad, perdón, entrega, pasión y un sinnúmero de palabras emocionantes que chocarán contra las paredes y harán un eco incomprensible.
En la noche irán a un fiesta. Primero serán impertinentes con los camareros, luego surgirá el tema del color y después el de la ropa. Los que lleven camisas de Hugo Boss, murmurarán a los que lleven Tommy Hilfinger. Esos, a su vez, lo harán con los que tengan las de Zara y así hasta llegar a una marca que motivará un: “Viejo, ¿y qué fue, qué es esa vaina?”.
El grupo acabará desintegrándose, pero ninguno perderá la costumbre de los misticismos y las murmuraciones. Eso los acompañará por siempre, porque fue el único “valor” que les inculcaron con éxito.