05 febrero 2013

Los viajes con Serafín


Uno de los mejores amigos de mi padre se llamaba Daniel Peña. Vivía en Veguitas, dentro del valle de Jibacoa, en lo alto de las montañas del Escambray. Justo allí entendí lo que quería decir Martí cuando aseguraba que el arroyo de la sierra lo complacía más que el mar.
La casa de Daniel Peña tenía una despulpadora de café y enormes secaderos. En esos escenarios ocurrieron algunos de los momentos más felices de toda mi infancia. Allí también vi a Sergio Corrieri batiéndose a los tiros, mientras filmaba una escena de la película Río Negro (Manuel Pérez, 1977).
A bordo de un Jeep Willys, mi padre me llevaba a recorrer los senderos más intrincados de aquel lomerío. Cuando alcanzábamos el punto más alto, llegaban a verse el lago Hanabanilla, la llanura villareña y la bahía de Cienfuegos en un mismo cuadro.
—Cuando yo sea viejo —me decía siempre mi padre—, vas a tenerte que comprar un ‘yipi’ para que puedas traerme hasta aquí arriba.
Pero el viejo Serafín murió en 1993, cuando yo apenas había logrado conseguir una bicicleta china. 20 años no me han alcanzado para acostumbrarme a su ausencia. Todos los días, por una razón o por otra, pienso en él. No hay manera que pueda dejar de extrañarlo.
Por eso, cada vez que Diana y yo salimos a recorrer las montañas dominicanas, en un Jeep que también se llama Serafín, hago cosas que solía hacer con mi padre. Aunque no es posible subir hasta casa de Daniel Peña, todos los trayectos acaban convirtiéndose en una búsqueda incansable de la Loma del Sijú, Can Cán, La Felicidad, Guanayara y Topes de Collantes.
Los viajes con Serafín son vueltas en círculos que, después de 30 años y con un mar de por medio, regresan a un mismo punto.

02 febrero 2013

La libélula de Ana Rosario


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

El día que mi hija decidió tatuarse una libélula, la cabeza se me llenó de contradicciones. Aunque seguía admirando a los héroes tatuados de Joseph Conrad y la calavera en la mano de mi trovador favorito, no había podido deshacerme de los prejuicios.
Al final elegí el peor de los peros: le dije que tendría problemas en la escuela. En su defensa, citó muchas de las canciones que le hice oír desde niña. Afortunadamente, ya otros habían librado esa lucha en su colegio y se permitían melenas, tatuajes y barbas.
Hace unos días, a Lorenzo lo sacaron del aula porque el largo de su cabello iba más allá de lo “decente”, esa línea imaginaria que trazan a nuestro alrededor y de la que no debemos salirnos. Ese suceso, me recordó una mancha que tenía en mi expediente:
“El alumno tiene excelentes resultados académicos, pero siempre anda despeinado y nunca se abrocha el último botón de la camisa”, decía en letras rojas, encima de la firma del director y el sello de la escuela. Si hubieran señalado falta de personalidad habrían acertado, porque llevaba el cabello como Cat Stevens y las camisas como Silvio Rodríguez.
A Lorenzo le pasa algo parecido, él también tiene sus propios paradigmas, a los que quiere parecerse antes de acabar siendo él mismo. Pero no deja de ser un grave error impedir que trate de parecerse a John Mayer, porque acabará semejándose a mucha gente que no admira y en los que no cree.
Hace unos días me sentí agradecido de María Amalia León por una frase: “La sociedad actual nos distrae y acabamos persiguiendo valores que realmente no lo son. Esa confusión nos crea necesidades que en verdad no tenemos”. Los valores, la ética, las convicciones no se ven ni se presumen, tampoco se compran en una tienda o se exhiben en un restaurante.
En diciembre mi hija volvió al país de vacaciones. Hubo dos cosas que disfruté mucho de ella. La primera fue descubrir el ser multicultural que contribuí a formar. Ni es habanera, ni es dominicana, ni es madrileña; sino muchísimas cosas más. Esos tres lugares solo le prestaron un acento para que se exprese y sea lo que quiere ser.
La segunda fue el reencuentro con sus viejos amigos. Los había dejado de ver cuando todavía eran adolescentes. Han crecido muchísimo, en el tamaño y en las ideas. Ahora también cargan con las responsabilidades, los retos y las frustraciones de la sociedad en la que viven.
Curiosamente, los más maduros son los que eran más rebeldes. El primero que se hizo el tatuaje, la que decidió enfrentar con valentía su verdadera sexualidad, el de la barba profusa y el de los jeans deshechos tienen muchísimas inquietudes y están decididos a participar en el futuro de su país.
Es cierto que su apariencia no se acerca a eso que nos hicieron ver como la imagen de la “decencia”. Sus formas a veces no son políticamente correctas. Sus frases no siempre se podrían publicar. Pero sus intenciones son las mejores y lo que quieren para ellos parecen dispuestos a compartirlo.
Ya está visto que tipos impecablemente vestidos, con un discurso plagado de frases inteligentes y esperanzadoras, pueden robarse el futuro de un país entero. Quizás ya es hora de creer en los verdaderos valores y no en el valor de las apariencias.
A lo mejor ya es tiempo de que dejemos de presumir y comencemos a asumir. Cada vez se hace más tarde.

01 febrero 2013

José Ariel Contreras en el Parque Central


El Parque Central de La Habana es una catedral intangible donde se le rinde culto a la pasión de los cubanos por el béisbol. Todos los días del mundo allí se produce una algarabía imparable. En ese vocerío se podrían descifrar algunas de las claves más duraderas de la identidad nacional.
 Durante años, ese parque también fue un espacio de libertad. Porque era quizás el único lugar de la isla donde se podían gritar algunos nombres: Orlando “El Duke” Hernández, Rolando Arrojo, Liván Hernández, José Ariel Contreras, Yoennis Céspedes, Aroldis Chapman y Dayán Viciedo, entre otros.
Todos ellos abandonaron la isla con el propósito de probar suerte en el mejor béisbol del mundo. Eso los convirtió en “traidores al pueblo y a la revolución”, según palabras textuales de Fidel Castro, quien prohibió siempre toda referencia a los cubanos que jugaban en Grandes Ligas.
Durante más de 50 años, la revolución cubana cometió un grave error que ya no se puede enmendar. Alivia saber que las cosas han empezado a cambiar. Disfrutar a José Ariel Contreras jugando de nuevo con Pedro Luis Lazo, en un potrero de Pinar del Río, abre una puerta que ojalá nunca más se cierre.
De no haber sido por la necedad y la egolatría de Fidel Castro, es probable que figuras como Pedro José Rodríguez, Rey Vicente Anglada, Víctor Mesa, Braudilio Vinent, Antonio Muñoz, Luis Giraldo Casanova y Lourdes Gourriel estuvieran hoy en el Salón de la Fama de Cooperstown, junto al resto de los inmortales del Big Show.
Por ese mismo capricho, los cubanos que sobresalen hoy en las ligas Nacional y Americana no podrán integrarse al equipo de su país que participará en el Clásico Mundial. Eso hubiera multiplicado sus posibilidades de ser campeones y pondría a Cuba en igualdad de condiciones con los actuales favoritos.
Ver a José Ariel Contreras en el Parque Central, rodeado de los cubanos que nunca dejaron de admirarlo, produce mucha felicidad. Pero es insuficiente. Las autoridades solo le están devolviendo algo que le habían quitado. Un error tan grave no se excusa con hechos simbólicos sino concretos.
El béisbol es un signo de identidad con el que no se debe jugar más. Todos los peloteros cubanos deben recuperar el derecho de elegir su suerte. Esa sería la mejor manera de pedirle perdón a todos los que dejaron su alma en un terreno que siempre les quedó chiquito.

31 enero 2013

A Raúl le gustan las sillas de Ikea


Una de las piezas más sorprendentes de Ikea son las sillas Poän. Fueron diseñadas por Noburo Nakamara hace 30 años. Existe la sospecha de que, justo en esa época, presos cubanos fueran forzados a trabajar en la producción de muebles para la cadena sueca.
En 1987, la compañía escandinava suscribió un acuerdo con las autoridades de la desaparecida República Democrática Alemana (RDA). Fue entonces que, según el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitng, entró en escena un militar cubano.
El teniente Enrique Sánchez producía, con un equipo de presos, muebles de jardín para los dirigentes cubanos. Todo parece indicar que fue él quien estuvo al frente de la tercerización. No se sabe cuánto duró el negocio; pero no debió ser mucho, porque dos años después se derrumbó el Muro de Berlín.
Hoy el diario Granma publica una noticia sobre la visita a Cuba de Álvaro Colom Caballero, el ex presidente de Guatemala. La pequeña nota está acompañada de una foto donde también aparecen el canciller Bruno Rodríguez y Rogelio Sierra Díaz, viceministro de Relaciones Exteriores.
Los cuatro están cómodamente sentados en sillas Poän. Es muy probable que el fotógrafo tuvo que aumentarle la velocidad a su cámara para evitar que alguno de ellos saliera borroso. Cuando uno se reclina en esas sillas se mece por instinto, eso es prácticamente inevitable.
En todas las tiendas de Ikea hay una urna de cristal donde someten a la Poän a una dura prueba. Con dos brazos hidráulicos, parecidos a las bielas de las locomotoras de vapor, empujan de manera constante el espaldar y el fondo. En teoría, las sillas pueden resistir esa fuerza por décadas.
Las Poän que vemos en la fotografía han soportado aún más, porque en ellas, además de caer el peso de la historia, se han sentado la necedad y la miseria de un régimen que nunca tuvo escrúpulos en convertir a sus ciudadanos en carne de cañón o esclavos.
Todo depende de las necesidades del invitado que comparta el suave vaivén ideado por Noburo Nakamara.

29 enero 2013

Ramal Trinidad


Nunca viajé por el ramal Trinidad, las historias que sé de él me las contaron los ferroviarios de Cienfuegos y mi abuela Atlántida. Cada vez que alguien iba a decir algo sobre aquellos 90 kilómetros de vía férrea, primero ponía cara de asombro. Solo entonces se estaba listo para describir aquel trayecto por montañas y precipicios.
—Si te lo comes todo, iremos a conocer el puente sobre el río Agabama —prometía mi abuela cuando yo le ofrecía resistencia a un plato de chícharos.
Fue en 1914, justo el año en que nació Altántida, que el presidente Mario García Menocal (bisabuelo de Mario Dávalos, mi hermano dominicano) aprobó que la Cuban Railroad Company llevara el camino de hierro hasta el Valle de los Ingenios, Trinidad y el puerto de Casilda.
En 1919 por fin se concluyó el puente sobre el río Agabama. Con sus 250 metros de longitud, se convirtió en el más largo de Cuba y uno de los mayores de América Latina. Gracias a esa enorme estructura de hierro y madera, los trenes de viajeros y carga pudieron trepar por las lomas del Escambray.
Todo duró hasta el 2 de junio de 1988, en que un súbito temporal provocó una crecida sin precedentes del río Agabama. El puente fue perfecto hasta en su caída. Sonó como un barco y se fue a navegar por las aguas revueltas de un país que también se hundía.
Mi tío Aldo Yero aún asegura que los trenes de miel de purga, con 20 piezas sin contar la máquina y el caboose, cabían completos encima del puente. Una de las pocas cosas felices que mi abuela recordaba de su infancia, era cuando sacaba la cabeza por la ventanilla y miraba hacia aquellos 52 metros de vacío.
He leído en la prensa cubana que aún no se ha encontrado la forma de reconstruir el puente. Es comprensible. Un siglo atrás, Cuba era mucho más emprendedora y soñadora. Por eso a veces se lograban cosas que ahora resultan increíbles.
Hoy, el esplendor del país solo se ve en viejas fotos del archivo, como esta, donde un tren hace con total normalidad un trayecto que para las nuevas generaciones de cubanos es desconocido, poco más que imposible.