16 julio 2012

DS

 
Le había perdido el gusto a la vejez. Me daba lo mismo seguir el viaje que bajarme del tren. Hace apenas un año, justo 365 días, me felicitó por primera vez. También me llamó compatriota. Lo puso en mi muro. Ayer lo busqué y todavía está allí.
Hoy tengo deseos de cumplir muchísimos años más. Quisiera alcanzar a oír el rock and roll de mediados de siglo, viajar en los trenes que tendrá Cuba entonces, conocer La Habana que ella, mi hija y yo hemos soñado.
Ojalá que falte mucho para el día en que Diana Sarlabous vuelva con mis cenizas al Paradero de Camarones. Mi única condición es que sea primavera. De lo contrario la cañada estará seca y no tendré cómo llegar hasta el mar.

14 julio 2012

Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Ernesto Guevara en un tren nocturno

 
Fue en 1960. Hacía apenas un año del triunfo de la revolución cubana. Para un existencialista como Jean Paul Sartre, aquella gran rebelión parecía la cura de todos sus pesimismos. Él y su compañera, Simone de Beauvoir, recorrieron la isla entera sin poderse recuperar del asombro.
Una de aquellas madrugadas, Ernesto Guevara los recibió en su despacho. Según confiesa Sartre en Huracán sobre el azúcar (el libro que Ediciones Revolución publicó en aquel mismo año sobre su viaje), experimentó una rara sensación cuando llegó a las oficinas del guerrillero. Le pareció haber entrado en el compartimiento dormido de un tren antes del alba.
Decenas de jóvenes barbudos, sucios y extenuados, se apelotonaban en un largo pasillo. Le habían dicho adiós a las armas y ahora trataba de enfrentar una tarea no menos riesgosa: asumir altas responsabilidades en asuntos y funciones de los que no tenían ni la más mínima idea.
Emocionado, Sartre recuerda una frase de Pascal: “Es preciso no dormir”. Solo que unos párrafos antes había descrito a un joven rebelde que dormía con un tabaco en los labios. Guevara los recibió acabado de bañar. En una de las fotos del encuentro, el filósofo deja que el guerrillero le alcance el fuego para su habano.
En el libro no se cuenta de qué trató la conversación. Los otros testigos tampoco dieron muchos detalles. Sartre prefirió concentrarse en la lucha de aquellos jóvenes contra el sueño: “No sé cuándo descansan Guevara y sus compañeros”, admitió con desconcierto.
52 años después del encuentro, el sistema económico que promovió el argentino se parece a la impresión que le produjo su oficina al francés. Hoy Cuba es un tren donde todos duermen antes del alba. Inmóvil. Sin una hora de salida ni un destino determinado. 

10 julio 2012

Eusebio Leal ya sabe hacer cola

 
Eusebio Leal Spengler rebusca en el lenguaje como si excavara en una ruina habanera. Sus párrafos son empedrados y sinuosos, con barandas de adjetivos y muros de oraciones subordinadas. Se ha movido tanto por épocas remotas, que habla como un antepasado. Por eso, en la medida de lo posible, le evito.
Leyendo un texto de Antonio José Ponte sobre el imparable éxodo de los jóvenes en Cuba, di con un discurso que ofreció Leal Spengler en la jornada inaugural del Encuentro “Un diálogo entre cubanos”. Después de admitir que no pudo convencer a sus hijos de que permanecieran en la Isla, el historiador de La Habana se queja de haber hecho una cola.
“Ayer fui a recibir mi visado en la embajada de Estados Unidos (…). No reclamo para mí ningún privilegio, pero como acostumbro a recibir en la puerta de mi casa a quienes me visitan, porque creo en esas prácticas caballerescas, estaba incómodo en la cola, afuera, bajo el sol. El único consuelo es que estaba acompañado de los demás cubanos”, dice.
También se queja de que en el televisor solo pasaban muñequitos (sic.) y de que iban llamando por orden de números y colores. “Dios mío, será esto una anticipación del campo de concentración”, se preguntó desconcertado el funcionario del régimen cubano.
Si eso le pareció poco cortés a Eusebio, aun cuando se trataba de una solicitud de visa a un país que no mantiene relaciones diplomáticas con el suyo, qué opinión le merecería pasar por una experiencia que roza en lo humillante: conseguir un sello que te permita volver a tu propio país.
Ahora Eusebio Leal ya sabe lo que es hacer cola. Vivió la misma experiencia que millones de compatriotas suyos en el último medio siglo. Pero todavía desconoce la vejación que significa ser un cubano cualquiera, como uno de los que le acompañaron “afuera, bajo el sol”.
Ese día quizás también comprenda por qué no pudo persuadir a sus hijos de que se quedaran a su lado, reconstruyendo una Habana que cada vez se parece más a un campo de concentración.

07 julio 2012

Diana en su justo lugar

 
Tenía cinco años la noche en que la subieron a un tren nocturno. Durante todo el tiempo que duró el viaje entre Santiago y La Habana (unas 18 horas) se mantuvo en la litera de arriba, junto a su padre. En la tarde del día siguiente la familia Sarlabous Sosa volaría rumbo a México.
Una semana después, arribaron al aeropuerto de Las Américas en Santo Domingo. Corría 1970, una época en que había que hacer varias preguntas antes de decir la palabra Cuba en voz alta. Luego se mudó a Islas Canarias, la tierra de sus antepasados. Después residió en Amsterdan y Barcelona.
Regresó a Santo Domingo sin volver a su lugar de nacimiento. El Cristo seguía siendo en su cabeza un paraje con el olor del alquitrán y la colonia de violetas; la ciudad donde nació, un parque que ya había olvidado y que reconstruía a través de lo que le contaban sus padres.
Tampoco recordaba el acento de sus tíos y primas. Nunca más había vuelto a dar con los aromas de la casa de su abuela ni con el sabor de aquellas comidas que su madre rehacía con otros ingredientes, en otras circunstancias. Por eso, antes que ponerse a caminar por el parque Céspedes, prefirió sentarse a mirar.
No dijo ni una palabra. Si no fuera por el brusco cambio en el ritmo de su respiración, parecería que nada le ocurría. La vida cotidiana de Santiago de Cuba daba vueltas en círculos alrededor de ella. Nadie pudo sacarla de su raro silencio. A 42 años de distancia de aquel tren nocturno, Diana volvía a su justo lugar.

05 julio 2012

Nosotros sí estamos pidiendo poco, Alarcón

No sé por qué siempre me he imaginado a Bartleby, el escribiente, con el cuerpo y las muecas de Ricardo Alarcón. Nunca sabré que extraña analogía se gestó en mi cabeza cuando abrí el libro y, fascinado, entré por primera vez en el despacho del célebre abogado de Wall Street.
Recuerdo que una vez, durante un congreso de escritores y artistas en La Habana, le vi llegar al Palacio de las Convenciones en compañía de tres edecanes. Aquello me pareció una casualidad espeluznante y se lo comenté al amigo que tenía al lado: “Ahí viene Bartleby con Turkey, Nippers y Ginger Nut”.
Si el personaje de Herman Melville fue un precursor del existencialismo y el absurdo en la literatura, el político cubano recondena nuestra existencia con sus absurdos. El jueves pasado, con una parsimonia digna de Bartleby, Alarcón aseguró que Cuba le pide poco a Obama: indultar a los cinco espías.
Cuando menciona el nombre del país, el funcionario se refiere únicamente al régimen que representa. Por eso pasa por alto que los cubanos tienen problemas mucho más apremiantes que resolver. A pesar de la incesante propaganda, la suerte de esos convictos no está entre las prioridades de la gente.
Si el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular tuviera la misma voluntad que le está exigiendo a Obama, podría resolver de la manera más sencilla un verdadero problema: las humillantes prohibiciones que le impiden a los cubanos entrar y salir de su propio país con libertad.
Eso que estamos pidiendo sí es poco. Pero sospecho que Alarcón tiene una respuesta parecida a la que daba Bartleby cuando le reclamaban algo. El funcionario habla muy bien el inglés, puede repetir con acento neoyorquino la frase original del escribiente: “I would prefer not to”.

03 julio 2012

Miguel Pérez, el Chino

 
Aunque nacimos y nos criamos a unos pocos kilómetros de distancia, lo conocí en La Habana de 1983. Ese año comenzamos a estudiar teatro en la Escuela Nacional de Arte. Miguel Pérez, el Chino, se convirtió en un hermano en apenas unas semanas. Teníamos más de una coartada para eso.
Además de la solidaridad municipal (el Paradero de Camarones pertenece a Cruces), nos unían las mismas concepciones sobre el arte teatral y algunos principios que ninguno de los dos estaba dispuesto a negociar. El Chino era muy talentoso como actor, pero también tenía mucho talento como ser humano.
La vida real (eso que quedaba fuera de los muros de barro cocido de Cubanacán), acabó por distanciarnos. Pero siempre que nos reencontrábamos, nos poníamos al día con un fuerte abrazo y unas pocas frases. Eso no ocurre hace más de 14 años.
He vuelto a dar con él en esta foto. Está teñido de azul y armado con una banderola. Conozco muy bien ese escenario. Es en Cruces, a unos pasos del Prado y la estación de ferrocarril. Me encantaría estar dentro de esa imagen, disfrutando al Chino en lo que más él disfruta: provocar al espectador.
Es probable que cuando nos reencontremos seamos mucho más viejos aún. Pero todos nuestros recuerdos en común sucedieron hace ya tanto tiempo, que volveremos a ser jóvenes de una manera irremediable. Al fin y al cabo aquella escuela, aquella Habana y aquella Cuba, era todo lo que necesitábamos para ser lo que queríamos ser.