18 noviembre 2011

Santuario

Los cubanos han perdido casi todas sus esperanzas. La desilusión, el desgano, la abulia, el desinterés y el “¿pa’ qué?” van con ellos a todas partes. Tarde por tarde se sientan juntos a esperar la noche en los portales. Los hombres sin camisa. Las mujeres, en raídas batas de casa.
Si una certidumbre les queda, si alguna convicción ha logrado ser de verdad inquebrantable en ellos, es la fe en la Virgen de la Caridad del Cobre. Católicos y santeros, cristianos y agnósticos, espiritistas y ateos comparten la misma devoción. Solo ella logra un verdadero consenso.
Algunos prefieren llamarla Ochún y otros Cachita, como si se tratara de un familiar y no de una santa. Unos profesan su fervor de manera evidente, otros lo hacen en secreto. Pero nadie, absolutamente nadie, reniega de ese territorio donde por fin lo cubano es indivisible y carece de bandos.
El Cobre ya dejó de ser aquel pueblo apartado que recibía a los peregrinos con el silencio mineral de las montañas. Ahora son los vendedores de artesanías y ofrendas quienes dan la bienvenida. Las más extrañas argucias mercadológicas son puestas en práctica para que uno compre algo.
Ramos de girasoles, estampitas, piedras de cobre, virgencitas metidas dentro de un tubo de luz fría, réplicas en tamaño real, enormes esculturas en madera y velas de todo tipo y color (excepto blancas. Nadie sabe decir por qué han prohibido de una manera rotunda las velas blancas).
Los cubanos han perdido casi todas sus esperanzas, pero en El Cobre aún pervive uno de los últimos reductos de eso que llaman el espíritu de la Nación. Allí está, en su estado más natural e intangible, lo que nadie ha podido seguir encarnando a través de nombramientos y gestas.

17 noviembre 2011

Vinci no sobrevive

La ópera prima del cineasta cubano Eduardo del Llano ha sido rechazada por la Comisión de Selección del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Con el título “Cuando solo se tiene el arte para sobrevivir”, Del Llano reproduce en su blog una carta abierta que envió a los organizadores del certamen.
“Sólo dos razones explicarían semejante proceder. Una, algún tipo de suspicacia política. No tanto con la película –se desarrolla en Florencia en 1476- como con el realizador. Ese criterio resulta patético a estas alturas, y no voy a honrarlo con una discusión, mucho menos a explicar aquí mi pensamiento, mucho más de izquierda que el de cualquier censor”, dice el también guionista.
En el mismo post, a renglón seguido, se incluye la respuesta del organismo que dirige Alfredo Guevara. Es casi seguro que el documento no esté redactado por el anciano dirigente, pero posee todos los eufemismos y el jabonoso proceder del individuo, quien siempre ha llevado un saco suelto sobre la espalda sin que se le haya caído ni una sola vez.
“El Festival se propone reconocer y difundir las obras cinematográficas que contribuyan, a partir de su significación y de sus valores artísticos, al enriquecimiento y reafirmación de la identidad cultural latinoamericana y caribeña. La decisión de que tu filme Vinci no haya sido seleccionado para competir en el Festival, no obedece a valoraciones artísticas ni de otra índole, sólo temáticas”, respondió la Comisión de Selección.
Ante la rotunda negativa de que su película compitiera en el Festival, Eduardo del Llano decidió retirarla de la sección Panorama Latinoamericano, donde había sido relegada. Falta ver ahora el filme para enterarnos de las verdaderas razones por las que se decidió excluirlo. Mientras tanto, me asalta una duda. ¿Cuáles fueron las excusas para incluir Kangamba en el Festival de 2008?
La trama de esa película de Rogelio París se desarrolla en Angola, del otro lado del océano Atlántico. Me costó trabajo, pero la vi hasta el final. Gracias a eso puedo asegurar que no tiene el más mínimo vínculo con la identidad cultural latinoamericana y caribeña. ¿Por qué a una guerra en África le dicen que sí y a un conflicto en Florencia, no?
Le pregunto eso a la Comisión, aunque jamás se dignen en responder.

Banderas sobre el polvo

Siempre me ponía entre los primeros en la fila para que el maestro me escogiera. Creo que fue la primera y la última ceremonia que me gustó. Disfrutaba izar la bandera. Acompañar a la niña que la llevaba doblada contra el pecho, abrirla, atarla de dos soguitas casi podridas y subirla hasta el final del asta.
Luego, muy despacio, la hacía retroceder poco más de una cuarta. Ese pedazo de tubo, según la simbología nacional, equivale a los kilómetros cuadrados de la Base Naval de Guantánamo, la única porción del territorio cubano que no le pertenece al régimen de la Isla.
En la medida en que he ido envejeciendo, los símbolos nacionales han ido perdiendo valor en mí. Un son de Miguel Matamoros o un bolero de Beny Moré me representan mejor que las notas de Perucho Figueredo. En mi vida he visto a un tocororo; las auras tiñosas, en cambio, completan desde lo alto lo que yo entiendo por cielo cubano.
Después de 10 años de ver a otra bandera izada en todos los edificios públicos, logré reencontrarme con la mía. Por supuesto que no hablo de esas banderas contra el polvo de un país semiparalizado, ni de las que se repiten hasta la saciedad en cuanta baratija son capaces de cargar los turistas.
Hablo de aquel pedazo de tela que las niñas de mi colegio llevaban contra el pecho. Entonces nos repetían que no se podía mojar ni caer al suelo, porque entonces había que quemarla. Más de una vez corrí bajo la lluvia para arriarla antes de que arreciara el aguacero. “No se mojó tanto, no se mojó tanto”, decíamos para tratar de salvarla.
Hablo de atarla a dos soguitas casi podridas y dejarla en el final del asta, sin que ya a nadie le importe hacerla retroceder.

Parque del Ajedrez

Le pregunté al portero del hotel si me podía decir dónde estaba el Parque del Ajedrez. “Ahí mismo, compay”, dijo haciendo un corte transversal sobre la plaza con su dedo índice. Seguimos la dirección de aquel gesto. Eran justo las seis de la tarde. Lo sé porque en ese momento comenzaron a arriar la bandera del Ayuntamiento.
Bajamos por la Calle Santo Tomás (siguiendo siempre el rastro que describió el dedo) y apenas una cuadra después dimos con el lugar que buscábamos. Ahí estaba el sitio real donde la escritora cubana Odette Alonso se ha refugiado para levantar un espacio virtual.
Como en la canción de Serrat, a esa hora a la gente le daba el sol en la espalda. También había guirnaldas, aunque todas eran de apenas dos colores: o rojas o negras. El Parque estaba vacío. Solo dos borrachos, refugiados en uno de los rincones más apartados, se planteaban un raro juego con dos vasos y una botella sobre un tablero de ajedrez.
En honor a la verdad, en el blog de Odette el parque es mucho más grande. Allí asisten individuos de toda calaña y cualquier parecer. La poeta nunca discrimina ni permite que lo hagan. Jamás dicta una sentencia. Todo lo que dice y hace es con la única intención de incitar diálogos, promover encuentros y remover las ideas.
Como los borrachos, nos sentamos en una de aquellas mesas cuadriculadas y brindamos por Odette. La botella de Ron Santiago parecía un raro alfil con todas las diagonales para él solo. El tablero vacío era una metáfora del parque y del resto de la ciudad. Todas las ausencias estaban marcadas con cuadros de granito descolorido.
El día que en el parque quepa la misma gente que en el blog, la ciudad empezará a parecerse a la escritora que la extraña y escribe desde muchos otros parques de México D.F. No sé si entonces Odette quiera regresar o prefiera quedarse. Lo importante es que el lugar sea lo mismo en ambos lados, que no haya tanta diferencia entre la realidad y la imaginación.

16 noviembre 2011

Retreta

Hay muchas sensaciones raras. Pero una de las más raras de todas, es mirar a una plaza pública llena de gente cuando se está completamente desnudo. Eso sucede en el Hotel Casa Granda de Santiago de Cuba. Las ventanas de sus cuartos, aún la de los más altos, parecen estar dentro del parque Céspedes.
Mientras eran afinados, el sonido de los instrumentos no llamó nuestra atención. Sobre todo porque al final eran sofocados por las voces de los santiagueros, que suelen hablar en un tono más alto que el resto de los cubanos. Pero cuando sonó el Himno nacional no nos quedó más remedio que ponernos en atención. Los cual nos hizo sentir muy raros por segunda vez en la noche.
Cuando bajamos al parque la Banda tocaba a Carlos Santana. Un coro de entusiastas, que luego se refugió en la Casa de la Trova, tarareaba alrededor de los metales: “Oye como va, mi ritmo/ bueno pa' goza', mulata./ Oye como va, mi ritmo/ bueno pa' goza', mulata…”. Un enorme chivo, que tiraba de un pequeño coche cargado de niños, también parecía seguir los compases.
A esa hora, dentro de ese parque, había todo tipo de gente. Ancianos, enamorados, policías de completo uniforme, turistas, estudiantes, prostitutas, peloteros retirados, músicos callejeros, vendedores ambulantes, beatas, policías disfrazados de civil, carteristas, monaguillos y caricaturistas por cuenta propia. Parecían felices. Al menos eso les hacía sentir la música de Santana.
La última pieza fue el Himno del 26 de Julio. En cuanto sonó el primer compás todos comenzaron a marcharse. Hasta los policías, los evidentes y los encubiertos, se sumaron a la retirada. El último compás nos alcanzó en la terraza del hotel. Entonces experimentamos otra rarísima sensación.
Es muy extraño ver a toda una banda enfundando sus instrumentos a solas, en medio de un parque casi a oscuras. Como fantasmas, rodeados por el más ensordecedor silencio, ellos también acabaron por marcharse. Entonces Santiago de Cuba comenzó a ser una ciudad sin ruidos, algo que prácticamente niega la razón de su existencia.

Tabla de distancias

Salimos de Santa Clara a media mañana y con una meta: llegar a Santiago de Cuba antes de que anocheciera. Semanas antes, desde Santiago de los Caballeros, José Manuel Fernández Pequeño me había enviado un sinnúmero de instrucciones para el viaje. Él mismo las dividió en dos grupos, las prácticas y las espirituales.
“Cuando llegues a Las Tunas, buscas la carretera para Bayamo. No vayas por Holguín porque pierdes dos horas. Desde Bayamo hasta Palma Soriano es por la Carretera Central. Antes de entrar a Palma Soriano, doblas a la izquierda, como si fueras para el antiguo central Dos Ríos y ese caminito (que está infernal) te lleva a lo que era la autopista y que ahora está en llamas. Ahí vas directo a Santiago”, me indicó Pequeño.
Lo desobedecí. Para no repetir trayectos, convencí a Diana de que el viaje de ida lo hiciéramos por Holguín y bajáramos a Santiago por Alto Cedro. Hubo largos momentos en que la Carretera Central fue para nosotros solos. Aun cuando la vía es muy estrecha, avanzábamos a mucha velocidad.
Luego, al llegar a los pueblos, los carretones tirados por caballos nos hacían perder todo el tiempo ganado. Al pasar por Camagüey le hicimos una foto a un tinajón para traérsela de regalo a Alejandro Aguilar. Cerca de los potreros de Jimaguayú, Diana consultó el reloj y pidió que nos detuviéramos.
—It’s Miller time! —advirtió.
Después de un par de cervezas en un mirador desde el que se veían “las llanuras líquidas del Camagüey”, no volvimos a detenernos hasta llegar a El Cristo. Apenas tenemos fotos de esos 600 kilómetros. Cuando llegamos al poste que divide a Holguín de Santiago, Diana apagó el aire acondicionado y bajó los vidrios del carro.
Ella se fue de Cuba a los 5 años. Hizo un largo viaje a La Habana en el camarote de un tren nocturno. A la mañana siguiente voló a Ciudad de México. Sacó la cabeza y respiró hondo. Buscaba el olor de aquella noche. Para poder regresar de verdad, tenía que hacerlo a través de ella.