El penúltimo día en Las Villas salimos de Santa Clara muy
temprano en la mañana. Cuando comenzamos a subir lomas rumbo a Manicaragua,
volviste a decir que esa es una de las carreteras más lindas que has visto en
tu vida. Señalaste un lugar bien alto (si mal no recuerdo en dirección a La
Yaya) y dijiste que te gustaría tener una casa allí.
Cuando entramos al pueblo de Manicaragua te enseñé el rodeo,
donde mi padre me llevó a ver a Pedro Yera (el mejor vaquero que he conocido en
mi vida, contando a John Wayne y Clint Eastwood). Gracias al gran parecido que
tenía con Sergio Corrieri, él era quien corría a caballo cada vez que los
personajes del actor lo requerían.
Ya conté lo que hicimos ese día en el Hanabanilla y El
Nicho, solo me faltó nuestra promesa de volver a ese lago para navegarlo de un
extremo a otro. Cuando bajamos del Escambray, te pedí que fuéramos a
despedirnos del Paradero de Camarones. Al pasar por Cumanayagua, traté en vano
de caminar por el andén de la estación. Frustrados, nos bebimos unas cervezas.
Fiel a mi obsesión, en Potrerillo también nos desviamos para
buscar las ruinas de la estación por la que pasaba el tren de Mataguá. Antes,
en una presa, nos apartamos del camino por un sendero que acabó por hundirse en
el agua. Allí nos detuvimos un largo rato, el suficiente para satisfacer la
euforia del día.
Cuando se acabó la última botella de ron, me despedí de mis
amigos de infancia y de mi pueblo. Ya empezaba a caer la noche. Estábamos tan
cansados que en el camino de regreso apenas dijimos nada. Creo que nunca le
quitamos la palabra a Andrés Calamaro, quien tuvo tiempo para cantar al menos dos
caras de Honestidad brutal.
Ninguna imagen resume mejor todo ese trayecto que tus pies
contra el vidrio, delante de las nubes de mi provincia, perdidos en una de
aquellas carreteras secundarias.
