06 octubre 2011

El viejo y el bar

No me suelen atraer los sitios de interés. Siempre esquivo esas obviedades que movilizan a la mayoría de los turistas. Prefiero lo que pasa desapercibido, lo que muy pocos advierten. Encuentro más de lo que busco en los lugares comunes y por eso me dejo llevar hasta ellos.
En este viaje de ida y vuelta a Cuba, evité todo contacto con los tópicos de mi país. Ya tuve suficiente de ellos desde que nací hasta los 33 años. Pasé varias veces por la Plaza de la Revolución, pero porque me hacía camino y era inevitable. Afortunadamente, a ninguno de mis compañeros de viaje se le ocurrió hacer una sola instantánea allí.
Tanto en La Habana como en el interior de la Isla, buscamos la Cuba que no se ve en las postales. Preferimos los paisajes que se resisten a toda manipulación, incluso a la de la cámara fotográfica. Fuimos a muchos pueblos y ciudades, pero en busca de gente querida, nada de fetiches o memorabilia.
Creo que la única concesión que hicimos fue el Floridita. Nunca en mi vida había entrado al bar preferido de Ernest Hemingway. Los 6 dólares que cuesta un daiquirí siempre tuvieron que ser usados en cosas más urgentes y menos placenteras. Cuando pasé por la puerta, me pareció llegar a un sitio que me era tan ajeno como cualquier pub dublinés.
Una segunda concesión fue hacernos la foto que se hacen todos, al lado de la estatua que permanece de codos en la barra. Prefiero el ron a las rocas, pero admito que ese día, con la voz de Benny Moré de fondo, disfruté de un daiquirí y descubrí una Cuba que siempre quise vivir y que no alcancé a conocer.

La mesa de La Gaceta

He laborado en muchos sitios, desde un grupo de teatro ambulante hasta una consultora internacional en relaciones públicas. En cada una de mis ocupaciones, ya fuera en una institución cultural o en la redacción de un periódico, he procurado siempre sentirme bien conmigo mismo, que es la única manera de hacer mejor las cosas.
En todos los lugares por los que he pasado, he encontrado personas que tendré que querer para siempre. Soy un hijo único que busca hermanos por todas partes, incluso donde no los hay. Gracias a eso ahora tengo algunos pocos que valen su peso en oro.
Pero si tuviera que elegir el espacio donde más aprendí, donde más crecí y donde más y mejor fui yo mismo, tendría que regresar a los escasos metros cuadrados donde estaba la redacción de La Gaceta de Cuba. Allí, junto a Norberto Codina, Arturo Arango y Omar Valiño, Camilo Venegas fue más Camilo Venegas que en ningún otro lugar.
Allí asimilé las mañas de Norberto para lograr 64 páginas de pluralidad, con más consenso y participación que ninguna otra revista en la Isla. Allí aprendí a lidiar con el fantasma de Leonardo Padura, quien marcó a la publicación con su rigor y su cubanidad insaciable. Allí me hice editor a la cañona, porque al lado de Arturo Arango, el mejor que conozco, no hay otra posibilidad. Allí aprendí a defender mis convicciones con la misma pasión y honestidad que Omar Valiño lo hace.
La noche en que regresé a La Habana, Norberto, Omar y yo nos volvimos a sentar alrededor de una mesa (Arturo estaba de viaje, solo eso justificó su ausencia) como si el tiempo pasado fuera mucho menor. Omar y yo ya nos habíamos encontrado en Santo Domingo, pero a Norberto hacía 10 años que no lo veía.
Cuando lo llamé desde el hotel, Codina me respondió con la misma frase que lo hizo siempre, cada vez que nos llamábamos para comentar algo de la revista o de béisbol, los dos puntos de partida que siempre marcaban nuestras conversaciones.
—¡Dime, Tigre de la Malasia! —Gritó cuando reconoció mi voz.
Habíamos quedado en volvernos a ver cuando Arturo llegara de Montevideo, pero en los días finales el tiempo se me fue como la arena entre los dedos. Será la primera noche de mi próximo viaje. Los cuatro juntos, como en los viejos tiempos, para darnos los abrazos y recuperar todas las conversaciones que permanecen en el mismo punto donde las dejamos, alrededor de la mesa de La Gaceta.

05 octubre 2011

La belleza y el che(o)

Cuando me fui de La Habana, la imagen del Che aún no había alcanzado esa aberrante presencia que tiene hoy. Entonces, el paisaje cubano contenía tanta propaganda política como ahora, pero el diseño era mucho más creativo. Lo cheo (palabra que en mi país califica al peor mal gusto) no había contaminado tanto.
Frases autoritarias o huecas, mensajes burdos o sin sentido, redundancias, exageraciones, eufemismos, falacias… Los signos de admiración y los gritos se superponen una y otra vez. Encima de todo eso, reiterativo hasta la caricatura, el icono del Che embarra cuanta pared encuentra vacía.
El colmo de los colmos es un rostro de Guevara hecho de piedras en una loma a la entrada de Santa Clara, muy próximo a la tumba del guerrillero. Por culpa de las últimas lluvias, la hierba le ha crecido por los ojos y la boca. Es como si le hubieran tatuado una calavera a la montaña para anunciar la cercanía de sus huesos.
Afortunadamente, el Ministerio de Cultura ha tenido la excelente iniciativa de reimprimir y comercializar las obras cumbres del afiche cubano. Piezas de Eduardo Muñoz Bachs, Raúl Martínez y Alfredo Rostgaard, entre otros clásicos, pueden adquirirse en museos y tiendas. Ese es uno de los pocos antídotos que se pueden conseguir frente a tanta agresión visual.
La antigua belleza gráfica de La Habana, aquella ciudad que organizó el memorable Salón de Mayo de 1968, ahora solo es posible en frágiles pliegos de papel. Esas serigrafías contienen la memoria visual de un país que ha sido tomado por el che(o).  

El silencio de la Estación Central

Una de las cosas que más extrañé de Cuba en mis 10 años de ausencia fue el sonido de los trenes. Vivir en una estación y dormir a muy pocos pasos de la línea principal, me hizo dependiente de ese traqueteo acompasado que dividía en dos mitades al Paradero de Camarones.
Al día siguiente de nuestra llegada, a primera hora de la mañana, salimos rumbo a la Estación Central. Tarde en la noche, había escuchado los largos pitazos de una locomotora en dirección a la estación de Ciénaga. Los asumí como la primera señal de bienvenida que me daba La Habana.
Desembocamos por la misma calle que solía hacerlo en la ruta 43. Casi todo el paisaje estaba intacto. El fuerte olor a gas, las colas de las guaguas y los escándalos de los solares circundantes permanecían en el mismo lugar que los dejé. Solo una cosa había cambiado radicalmente: los andenes estaban vacíos.
En los años 80, incluso en los peores 90, era imposible llegar hasta allí y no encontrar por lo menos tres o cuatro trenes que acababan de llegar o estaban a punto de irse hacia los extraños pueblos. En todo el patio no había más que dos vagones Budd, encallado como barcazas en un apartadero.
Eran las ocho de la mañana y el próximo tren saldría al amanecer del día siguiente. No me quedaba más remedio que seguir esperando. Una vez más, La Habana me dio una lección de paciencia; justo ella, la que más la ha tenido de todos nosotros.

04 octubre 2011

No hay grúas en el horizonte de La Habana

Cuando a La Habana se le mira de lejos, la ciudad encubre sus ruinas. En eso pensé cuando me paré en el filo de piedra del castillo del Morro. Desde allí, traté de repetir una foto que he visto infinidad de veces desde que soy niño. Logré una idéntica a todas las demás.
Casi nada ha cambiando en el perfil de la ciudad en los últimos cincuenta años. Tres edificios y una horrorosa plaza pública es todo lo que se ha construido en el Malecón en ese espacio de tiempo. A espaldas de esas paredes repintadas, se esconde el naufragio de Centrohabana.
La capital de los cubanos nunca ha sido bombardeada, pero un buen trecho de su vientre parece haber sido arrasado por el fuego aéreo. Un islote de cascarones y muros deshechos se expande en el interior de la ciudad hasta los bordes mismos de las principales avenidas. Allí, a duras penas, es contenido por las brochas gordas y la pintura de cal.
No hay grúas en el horizonte de La Habana. Nada nuevo se construye. Las pocas obras en marcha están destinadas a preservar lo indispensable, a salvar alguna que otra esencia. La ciudad, como su gente, se ha sentado a esperar. Solo que ella sí puede darse el lujo de perder tanto tiempo.
Hace medio siglo era una urbe tan moderna, que aun en su peor decaimiento luce espléndida, deslumbrante.

03 octubre 2011

Totí fulígeno

Una de las canciones de Silvio que más me gusta es “Totí”. Los que mejor me conocen, saben que siempre la oigo cuando me pongo nostálgico. Cada vez que llevo más de tres rones en la cabeza y quiero recordar algo del Paradero de Camarones, le echo mano al piano que antecede al ave.
“En el cuello de un totí/ carboncito de coral,/ una tarde me subí/ cuando aquel echó a volar”, dice la primera estrofa. En el jardín del hotel habanero donde nos quedamos, siempre había un toti esperándonos. Nunca dejó que nos acercáramos mucho, pero tampoco permitió que nos alejáramos demasiado.
Mario Dávalos, mi hermano dominicano, suele perseguir aves por todas partes para retratarlas. Mientras yo me iba a La Habana, él se largaba a Alaska con su “fusil” telescópico. Aún no he visto las fotografías que hizo por allá arriba, entre osos, salmones y esquimales. Pero le traje un totí como prueba de mi estancia en la ciudad que él más quiere.
Aún no estaba listo para hacer la imagen, pero tuve que aprovechar el momento en que más cerca estuvo. Todo se ve borroso, creo que se entendería mejor si se viera el entorno. No lejos de allí había decenas de habaneros hundidos en el agua, posados sobre un golfo que nunca han podido sobrevolar.
Poco después de hacer esta imagen, salí por toda La Habana tarareando los versos que más me gustan de la canción. Solo que por esa vez los repetía en vano. Ya no me tenían que llevar al lugar donde por fin había llegado:
“Bello, totí fulígeno/ lienzo del universo,/ recreo, postigo,/ fantasma inverso,/ zaeta de un diablo divino…”