18 agosto 2011

Debo

Con este post quiero dejar constancia de dos deudas que no olvido. Hace ya algún tiempo le prometí a dos queridos amigos, Luis Alberto García y Alex Fleites, que les haría llegar toda la música de Andrés Calamaro y Jorge Drexler. Por muchísimas razones que no vienen a cuento (algunas de ellas absurdas), el envío nunca ha llegado a sus destinatarios.
Hoy, cuando me desperté, la lucecita roja del BlackBerry parpadeaba. Era Luisito, pidiéndome que corroborara una noticia que le habían dado Bladimir Zamora y Sigfredo Ariel. De paso, me recordaba la deuda. A mí me sucede lo mismo cuando espero por un disco. Admito que jamás un libro ha provocado en mí ese tipo de ansiedad.
Me compré mi primer disco muchos años antes de tener dónde poder oírlo. Luego, fui exageradamente celoso con mi colección de CDs hasta que la perdí íntegra, de un golpe. Afortunadamente, Steve Jobs ya nos había regalado el iTunes y desde entonces es eso lo que más me importa de mi disco duro.
Meticulosamente clasificada, con todos sus créditos y cubiertas, atesoro la música que puedo oír por el resto de mi vida. Por supuesto que seguiré añadiendo cosas, pero me bastaría con lo que ya está ahí. A esos sonidos mi identidad le debe más que a ningún escritor o pensador.
Justo por eso quiero saldar mi deuda con Luisito y Alex, porque sé lo que se siente cuando no se alcanza una música que hace falta. Si para cumplir con ellos tengo que ir a La Habana, voy.

17 agosto 2011

A la sombra de esos laureles

La novia de Mano es cienfueguera, pero vive con él en España. Hace unos meses, él cruzó el Atlántico y viajó hasta la Perla del Sur. Ella, además de todos los encargos para su familia, le encomendó que fuera al Paradero de Camarones y le hiciera una foto a la estación.
Esa bicicleta que está ahí es la de Mano. En ella recorrió los 24 kilómetros que hay entre Cienfuegos y el Paradero de Camarones. Está recostada a la señal que alerta a los maquinistas del paso a nivel. Dos pitazos largos y dos cortos, eso quieren decir las cuatro rayas que están debajo de la cruz.
Mano hizo muchas fotos más. También conversó con Persi (el hijo de Felo López) y Lola, su mujer. Ellos me mandaron a decir que ya tienen una nieta y cosas del pueblo (que solo los que somos del pueblo podríamos entender). Nada parece haber cambiado, nada que no sean ellos mismos.
Esos árboles que se ven alrededor del andén fueron plantados hace once años. Los sembré junto a unos jóvenes cooperantes españoles que he perdido de vista, pero que recuerdo con mucho cariño. Mi ilusión era ver crecer sus sombras, pero me conformo con tocarlos a través del ojo de Mano.
Nunca podré agradecerles lo suficiente estas fotos a este amigo español y a su novia cienfueguera. Quedamos en unas cervezas. No sabemos cuándo, pero más temprano que tarde tendremos que bebérnoslas. Preferiblemente ahí, a la sombra de esos laureles.

10 agosto 2011

Puchi, en alguna parte

Esta mañana me levanté chateando con el gordo Amado del Pino. Cada vez que irrumpe en una ventana de Facebook, me hace soltar una carcajada con apenas escribir cuatro o cinco palabras. Hablamos de su Tamarindo y de mi Paradero de Camarones, celebramos esa nueva cercanía que propician las redes sociales.
Pero con la misma velocidad que llegan los abrazos y la complicidad, arriban las malas noticias. A Odette Alonso, uno de los seres que más me alegra la ciberexistencia, le ha tocado darme dos noticias muy tristes en apenas unos días. En Boca Chica, en un almuerzo de trabajo, me llegó la alerta de que Odette me había etiquetado en una foto.
Cuando vi la imagen, sospeché que algo malo había ocurrido otra vez. Lichi Diego tomaba de la mano a Puchi Fajardo para que también mirara a la cámara. Entre los dos, un ron añejo servía de testigo. “Puchi Fajardo (Manzanillo, 1958- La Habana, 2011)…”, acotaba Odette, como si no quisiera ofrecer ningún otro detalle.
En muchos otros post he contado todo lo que significó Puchi para mí. Fue una gran amiga, una maestra, un ser entrañable hasta el delirio, solidaria hasta lo absurdo. Su apartamento de 28 y 23, en El Vedado, era uno de mis refugios preferidos en aquella Habana que sigo creyendo que vivo, que no logro sacar de mi cabeza.
Si algo quisiera hoy, es darle un beso a su hermana Deborah (hace unos días me envió un mensaje donde me decía que Puchi estaba malita, pero no calculé bien la gravedad de sus palabras). Me gustaría reencontrarme con Bladimir Zamora, Kiki Álvarez, Polito Ibañez, Ormar Mederos, Carlos Varela y todos los que confluíamos en aquel diminuto espacio donde la esperanza era siempre la última en marcharse.
En mi viaje de regreso a La Habana, suceda cuando suceda, tendré que buscarlos. Quisiera volver a vivir con ellos una de aquellas tardes, aunque Puchi esté en alguna parte y tengamos que contentarnos con recordarla mucho, muchísimo, todo lo que se pueda mientras el ron dure.

07 agosto 2011

Mirando a Cuba desde el cielo

A mediados de la década del 70 del siglo pasado se editó el último Atlas de Cuba que circuló de manera masiva en el país. Es un libraco rectangular cuya geografía hoy resulta equivocada, pero todavía ayuda a entender el tránsito del pasado y el presente en la isla.
Por años una de mis obsesiones más puntuales era recorrer sus páginas. Casi siempre seguía las líneas de ferrocarril, provincia por provincia, pueblo por pueblo. Cuando apareció Google Earth, cambié la cartografía por la visión satelital. Desde entonces paso horas mirando a Cuba desde el cielo.
Como antes, llego a los pueblos a través del trazado de los ferrocarriles. En los casos donde las líneas fueron arrancadas, sigo el surco que dejaron en el paisaje, a través de ellas circulo por un país que hace diez años no toco. Ayer, por ejemplo, hice el trayecto de Santiago de Cuba a Santa Clara.
Salí de la estación, en el mismo borde de la bahía, y me detuve en El Cristo y en San Luis para entender el nuevo trazado de las vías que se hizo allí. Luego seguí por toda la Línea Central hasta llegar a Placetas. Siempre disfruto encontrar la estación abandonada de Cumbre entre la maleza.
Hay otras maneras de ir a Cuba, pero esa es la más exacta que conozco. Para entrar en mi país apenas necesito dar un doble clic. A partir de ese momento la Isla entera se abre delante de mis ojos para que yo la sobrevuele. Siempre acabo en el Paradero de Camarones. Una vez que repaso cada uno de sus rincones, cierro por fin la pantalla.
Irse de Cuba siempre entraña alguna tristeza, aun cuando sea en Google Earth.

01 agosto 2011

Eliseo Alberto: “Yo sin Cuba me muero”

La última vez que Lichi Diego y yo nos vimos en persona, yo le hice una entrevista para El Caribe, el periódico dominicano donde laboraba en aquel entonces (principios de la década pasada). Fui junto a Mabel Caballero, una española que trató de enseñarme, sin éxito,  la enorme diferencia que hay entre periodismo y literatura. Junto a Mabel hice una serie de entrevistas que aún me gusta mucho (ella se ponía tensa porque yo disfrutaba tanto de la conversación, que se me olvidaba que estábamos "trabajando". Recuerdo que delante de Antonio Skármeta me cayó a patadas por debajo de la mesa). Esta conversación con Lichi, como muchísimos otros textos, lo redactamos a cuatro manos. Ahora, mientras chateaba con ella, me recordó una frase. Mabel le preguntó por qué en Cuba había tantos escritores y Eliseo Alberto hundió sus dedos en un cubalibre para responderle: "Porque a pesar del calor infernal ,no despegamos el culo del asiento". 
Eliseo Alberto no puede ocultar su enorme parecido con Eliseo Diego, su padre y uno de los mejores poetas latinoamericanos del siglo pasado. Su lenta y pesada voz, su mirada a media asta (en la mitad exacta entre la ironía y la melancolía) o su manía incurable de entrecruzar los dedos antes de empezar cualquier conversación. Esa debe ser la razón por la que ya en sus libros ha desaparecido el apellido, aunque no la constante cita que precede a cada una de sus capitulares y que, en el lugar de la firma, se limita a una palabra estricta y candorosa: “Papá”. A pesar de que hace más de diez años que reside en el Desierto de los Leones, en México D.F., no ha perdido su acento de habanero recalcitrante. Aún omite todas las letras que los cubanos han suprimido del abecedario castellano y aún habla de El Vedado y de Arroyo Naranjo como si acabara de verlos.
¿Por qué decidiste a hacer una nueva edición de La eternidad por fin comienza un lunes?
En honor a la verdad no lo decidí yo, me lo pidió la editorial. Aunque yo siempre me había quedado con una duda. El primer editor de La eternidad... fue un muchacho muy joven que yo quería mucho y que un mal día lo lanzaron a las líneas del metro de México aún no se sabe por qué. José Manuel siempre me dijo que a la novela le sobraban treinta páginas y cuando me pidieron hacer la segunda edición, pensé en él y en su anhelo.
No le agregué ni una palabra más, lo único que hice fue quitar las páginas que José Manuel me pidió que suprimiera. Por eso es que digo que es una edición corregida y disminuida. Pero sólo eliminé puras palabras, no se perdieron ni episodios, ni personajes.
¿Cómo el autor de La fogata roja y de combativos poemas de la Cuba de los 70 se ve en la necesidad de escribir Informe contra mí mismo?
El que escribió La fogata roja también soy yo, pero a otro nivel de ilusión. Ese es uno de los grandes misterios que a mí me ha cautivado siempre. Hace unos días estaba viendo una foto de mi hija María José cuando tenía 4 años y me pregunté ¿dónde está esta niña? No está muerta, pero no está en ninguna parte. Existe otra María José que tiene 18 y no se parece en nada a la de 4, que es la que yo quiero ver. Lo mismo me pasa con aquel Eliseo Alberto y este.
En el fondo uno no es más que aquella muñeca rusa donde siempre hay una dentro del otra. Uno de esos Eliseos, que debió estar en la mitad más o menos, escribió aquellos libros que recuerdo con mucho cariño. Otro, menos soñador y menos buena gente, es el que escribe los de ahora.
En Informe contra mí mismo, reconoces que Varadero no es la mejor playa del mundo, ni los helados Coppelia los más deliciosos del globo terráqueo. ¿Sigues pregonando esa cura de humildad para los cubanos?
Sí, pero es como arar en el mar. Esa prepotencia insular que padecemos los cubanos es irremediable, nunca se hallará el remedio para curarla.
¿Cómo fuiste recibido en Cuba después de esa “bomba”? ¿Qué te pareció La Habana después de tantos años sin verla?
Cuando llegué a La Habana volví a escribir poesía. Hacía 30 años que no escribía, desde que una muchacha de la que yo estaba enamorado me dejó de querer. Porque uno sólo escribe poesía cuando está enamorado. Una vez Borges dijo: “ni mi ciudad ni yo somos los mismos”. La Habana y yo hemos cambiado demasiado, pero si escribí los sonetos es porque hay un extraño amor entre nosotros.
A los quince días de escribir Informe contra mí mismo, me comunicaron en la Embajada de Cuba en México que yo no podía volver a mi país. Yo me limité a manifestarles que yo sin Cuba me muero. Mi viaje a Cuba fue un viaje triste, pero estoy dispuesto a repetirlo. En esos viajes hay palabras que han perdido significado y otros que lo han recobrado. Yo no voy a mi patria, yo voy a mi isla. Yo no voy a mi país, voy a la casa de mi mamá. La patria para mí es un plato de comida, por eso yo digo que me como a Cuba todos los días. En una novela yo dije una frase que parece muy ingeniosa, pero que la pudo decir Cantinflas: “Nadie regresa, uno siempre se va”. Yo nunca regresaré a Cuba, yo siempre iré a Cuba y me iré de Cuba.
La Feria del Libro dominicana le va a dedicar la edición del próximo año a tu país, al igual que hará la más importante del continente, Guadalajara, ¿cree que se podrá dar allí y acá el esperado encuentro, hasta ahora imposible, entre las dos Cuba?
Por supuesto que no. Ya el director de la Feria del Libro de Guadalajara declaró que Cuba no quiere la participación de ningún escritor que viva fuera de la isla. Es lamentable, es absurdo, pero no tiene solución, no la tendrá nunca.
Es indudable que la literatura cubana, la buena y la mala, está de moda. ¿No crees que ese “boom” puede acabar convirtiéndose en un boomerang?
Sí, seguramente. Un ejemplo de eso es Europa Oriental. Durante los años del socialismo había allí una fuerte literatura disidente. Todo el mundo esperaba que con la caída del Muro de Berlín aquellos escritores iban a encontrar la celebridad que hasta ese momento se les había negado. Pero resultó que no, que nadie quería volver a oír aquellas historias y esa literatura quedó sepultada. Sólo quedaron los libros cuyo valor literario sobrepasaba la mera denuncia, el testimonio y la urgencia. Todo lo demás fue condenado al fuego del más absoluto olvido.
¿A qué se debe ese tremendo auge de la novela en Cuba?
Ni yo me lo explico, porque los escritores cubanos hemos sido siempre de todo menos novelistas. En Cuba, como aquí, hay demasiado calor pare escribir novelas. Los grandes novelistas cubanos siempre han escrito desde el invierno: Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas. Lo demás son grandes novelas escritas por poetas, no por novelistas.
El trópico no es aconsejable para el duro ejercicio de escribir cientos de páginas, este es un clima de sonetos y cuento breves.
Perteneces a una familia de intelectuales con una gran tradición de cubanidad. ¿Cómo se puede sostener esa herencia tan lejos de la isla?
De la misma manera que la mantuvo mi padre dentro de Cuba, a través de las palabras. Mi país es la literatura, en ella está todo lo que yo espero de una nación.