La tienda de Luis Bada, la represa de Ciprian, la carnicería de Rao, el bar de Roberto, el cine de Chena, la barbería de Felipe Marín, la colonia de Claudio Yero… Medio siglo después de que el gobierno revolucionario las interviniera, todas las propiedades privadas del Paradero de Camarones mantienen sus nombres originales en la memoria colectiva. La tienda fue clausurada, la represa se secó, la carnicería se hizo innecesaria, el bar se derrumbó, el cine se quedó sin proyectores, la barbería fue demolida y la colonia acabó convirtiéndose en una manigua infértil. Nada produce nada y todo permanece gracias a la melancolía y a una pregunta que ahora se hace con nostalgia y desesperación: “¿Te acuerdas del tiempo de antes?”
El Paradero de Camarones tenía una población de 2,510 personas en 1943. Poco más de medio siglo después ha crecido muy poco, pero ya es incapaz de producir los alimentos y los servicios que su gente necesita. Los 50 años de estatización y colectivismo han castrado la iniciativa de su gente. Cada vez que alguien quiere hablar del amor por su pueblo, se remite a los tiempos en que la propiedad privada existía.
Todos quieren olvidar lo que vino después y por eso nadie le pone nombre.



