16 mayo 2007

Carta de Santo Domingo


Si es uno el honor, los modos
Varios se habrán de juntar;
¡Con todos se ha de fundar,
Para el bienestar de todos!
José Martí
(Fragmento de la carta enviada a Néstor Ponce de León,
Nueva York, 21 de octubre de 1889)




Cubanos todos, dentro y fuera de la Isla, dentro y fuera de la revolución:


Durante los últimos meses hemos sido testigos de un hecho sin precedentes en nuestro acontecer nacional.
Un grupo de reconocidos intelectuales y artistas cubanos de dentro y fuera de la Isla protagonizaron, y aún protagonizan, un importante debate sobre las limitaciones a la libertad de expresión cultural durante el llamado “quinquenio gris”.
Este debate, suscitado por la resurrección pública de personas que en su momento asumieron la responsabilidad visible por la represión, persecución y hostigamiento que caracterizó a esa etapa, involucró a decenas de cubanos, afectados entonces y atemorizados ahora.
Al revisar la memoria histórica, es referente inevitable el Congreso Nacional de Educación y Cultura de abril de 1971. A partir de este evento se agudizó en Cuba una represión extrema en el ámbito cultural, que llegó hasta la persecución, expulsión, marginación y ostracismo de aquellos escritores y artistas, identificados como diferentes, marcados de contrarrevolucionarios, diversionistas ideológicos, antisociales, homosexuales o inmorales.
Acodados en la repercusión mundial del conocido “caso Padilla” y retomando la célebre sentencia de “con la revolución todo, contra la revolución ningún derecho”, pronunciada diez años antes y adoptada como parámetro inviolable de conducta, la clausura del Congreso sirvió para inaugurar aquella etapa particularmente represiva.
La publicación en Internet de ese cruce de reflexiones y protestas estuvo marcada, desde el inicio, por la intención (explícita en unos e implícita en otros) de que el debate fuese limitado y excluyente. Limitado a los efectos de la represión en el ámbito cultural y sólo a aquellas experiencias que tuvieron lugar durante el periodo en cuestión. Excluyente de quienes no comulgaran absolutamente con los preceptos de la revolución, de quienes disintieran, de quienes se exilaran, o simplemente, de todo cubano que hubiese decidido emigrar. De tal forma, la exclusión pretendida insistía en que para tener derecho a opinar y ser escuchado en Cuba y sobre Cuba, habría que calificar no sólo como cubano, sino también como revolucionario y “cubano de adentro”.
La aspiración de los más ortodoxos fue atemperada en la práctica por quienes optaron por la inclusión de “casi todos”. Así pudimos leer opiniones y contribuciones valientes que no se limitaron al cuestionamiento del periodo en especifico, y que llamaron al debate abierto entre todos los cubanos, exponiendo la necesidad de incluir los efectos de la represión no tan solo sobre el mundo cultural, sino también, y quizás más importante, sobre el ciudadano cubano común: el trabajador, el campesino, el obrero, el profesional, el estudiante, la mujer, los homosexuales, los creyentes...
Por todo lo anterior, y afirmados en la responsabilidad que nos concierne, en el fragmento de aquellos tiempos que llevamos o heredamos, y en el derecho absoluto que nos dan la tierra y la sangre, los firmantes nos presentamos al debate bajo el postulado martiano que reclama “una Patria con todos y para el bien de todos”.
Pretendemos que se asuman –y nosotros asumimos- los conflictos cubanos sin distinción, sin apenas mirar el lugar del planeta en que cada cual ha decidido vivir, porque Cuba es esencia moral de todos, sin importar desde qué parte de la Isla o del mundo nos pronunciemos. Y aun más, tampoco nos valen divisiones o exclusiones por preferencias políticas o ideológicas, pues todas, sin excepción, caben dentro de la nacionalidad y la ciudadanía cubanas.
Ya no puede tratarse de la imposición de un criterio sobre otro, ni de un grupo de cubanos sobre otros, sino de la exposición, el debate y la reflexión de todos los criterios, con tolerancia y respeto para cada uno de los cubanos y su pensamiento propio.
Sobre Cuba, su pasado, su presente y su futuro, pueden y deben opinar, debatir, decidir y trabajar todos los cubanos. Es imprescindible y beneficioso para la patria que cada cubano piense y opine, que se apreste al debate público, contradictorio y libre. Hay un país: Cuba, que es más que un terruño amable, en el que caben todos los cubanos sin distinción: comunistas, demócratas, socialistas, liberales, conservadores, social-cristianos, social-demócratas, anarquistas… Escuchemos y escuchémonos todos en el debate libre, sincero y abierto porque hay espacio para cada uno de nosotros sin ningún tipo de exclusión por razones políticas, sociales, raciales, religiosas o sexuales.
La primera virtud en esta coyuntura especial es asumir el dilema como de todos, y el deber de resolverlo entre todos, con la terquedad pródiga de inmiscuir tanto a quienes quieren escucharnos como a los que se niegan a ello.
Nos toca, porque nos resulta menos gravoso, ampliar la polémica que se pretende limitar sólo a cinco años de represión sobre una parte mínima de la sociedad, a la discusión y la valoración abierta de este medio siglo de devenir público, a la luz del respeto o la abrogación de los derechos de todos los ciudadanos. No nos referimos especialmente al orden político y económico sino –y principalmente-- a la incidencia de tales métodos en la vida cotidiana.
Miremos en un inicio a la cotidianidad del cubano en la que se niega la primera ley fundamental de la República, la añoranza martiana por el “respeto a la dignidad plena del hombre”, la que apropiadamente abre la actual Constitución cubana.
No creemos que los temas a afrontar son los matices políticos que convierten el debate en un campo de batalla en el que se enfrentan posiciones extremas; tampoco lo es la segmentación del poder, ni los ataques recíprocos entre los que han devenido bandos de confrontación absoluta, en lugar de partes coincidentes en la búsqueda de un diálogo hacia la solución y la convivencia.
Entendemos que hay temas fundamentales en los que podemos coincidir y llegar a acuerdos. Se trata de rechazar los arrebatos a la dignidad que abrogan los derechos naturales del ciudadano a vivir en libertad, a escoger su trabajo y cambiarlo, a escoger su carrera u oficio; a decidir su lugar de residencia dentro del país o fuera, a pertenecer o no a asociaciones sin que ello repercuta en sus derechos; a mantener la patria potestad incuestionable sobre sus hijos; a ser dueño de sus propiedades básicas y accionar sobre ellas sin restricciones, a vender o comprar su casa y sus bienes fundamentales; a que se respete la privacidad del individuo y su familia, a saberse seguro y libre en sus comunicaciones; a trabajar y producir bienes y servicios por cuenta propia sin ningún tipo de limitaciones; al acceso al conocimiento y la información libre; el derecho a la movilidad total dentro del país; al acceso a los servicios de salud, educación, entretenimiento y ocio.
No hay justificación alguna para que un cubano no pueda disfrutar de sus playas, hoteles y restaurantes por el solo hecho de no ser extranjero.
Ya ni vale, ni es suficiente liberar la facultad de desarrollo individual y estimular el ingenio de nuestros intelectuales y artistas, y sólo de estos. ¿Por qué es permisible para un profesional del intelecto humanista viajar fuera de la Isla en el ejercicio de su oficio y cobrar por ello, para después emplear libremente lo bien ganado en su uso y peculio personal, mientras que no se permite lo mismo a un intelectual de las ciencias, a un médico o a un albañil, ni tampoco a un pelotero o a un boxeador? ¿Por qué la preferencia de un cubano sobre otro y de un oficio sobre el otro? ¿Por qué los privilegios a un sector de la sociedad sobre otros?
Ya se hace imprescindible el reconocimiento del cubano como elemento preponderante y principal para el acceso a todos los derechos y posibilidades que emergen de la nación a la que pertenecen y que les pertenecen, porque un país es su gente.
Y porque “el país es su gente” más allá del lugar donde existan, esa dignidad plena que clamaba Martí no califica, ni delimita, ni restringe, ni elige cubanos: somos cubanos todos. Cubanos dentro y fuera de la revolución, dentro y fuera de la Isla. Cubanos todos, músicos y arquitectos, soldados y agricultores, ingenieros y albañiles, médicos y artistas, maestros y funcionarios, cineastas y peloteros, boxeadores y pianistas. Cubanos todos, con los mismos derechos y con los mismos deberes, pero, sobre todo, con nuestros derechos ciudadanos intactos.
Y a los derechos ya mencionados, deben sumarse la libertad del ciudadano a entrar y salir de su patria sin restricciones ni permisos que lo condicionan y degradan; a participar activamente, sin importar el lugar del mundo donde viva, en obligaciones constitucionales, electorales y de toda índole que inmiscuyen la determinación voluntaria y libre del ciudadano; a participar con opiniones sobre la realidad del país desde dentro o fuera del mismo; a ausentarse por el tiempo que estime conveniente, sin que esto afecte sus derechos a regresar, a mantener sus propiedades o a preservar su acceso a los servicios públicos de la nación.
Ningún cubano debe tener que pagar tributos al Estado por ejercer su derecho a residir donde le plazca. No es justificable el gravar remesas que los familiares en el exterior envían, con sacrificio y lealtad, a sus parientes en la Isla. Residir en su país o fuera es un derecho natural del ser humano por lo que no puede ser una concesión o un privilegio que el Estado concede a cambio de un canon establecido.
Porque no sólo los estados son soberanos, sino que también los individuos lo son. De ahí que existe una soberanía ciudadana ante la cual el Estado no sólo debe inhibirse, sino que debe reconocerla, y admitir su deber de protegerla y garantizarla en cada ciudadano.
Creemos que el pueblo cubano tiene el legítimo derecho a replantearse su presente y su futuro, y a escoger el derrotero a seguir y las vías de desarrollo cultural, económico y político que elija libremente. Esa es nuestra gran aspiración: que se abran las mentes al libre intercambio de ideas y permitan que los cubanos hablen, se junten o asocien como les plazca, aspiren a conducir o elijan conductores sin temores.
Sólo erradicando la perversión excluyente, heredada de la confrontación en que crecimos, es que nuestro pueblo podrá trascender hasta el cumplimiento de los postulados martianos, respetarnos plenamente como hombres y mujeres dignos y construir una Cuba con todos y para el bien de todos.
Cubanos todos, firmamos esta carta en Santo Domingo, República Dominicana, este 1 de Mayo de 2007.


Alberto Carrasco, sindicalista
Alberto Pujol, artista plástico
Alberto Rodríguez, técnico
Amaury Socarrás, diseñador gráfico
Ana Zilma Miranda, médico cirujano
Antonio Gómez Sotolongo, músico
Armando González, empresario
Byron Miguel, sindicalista
Camilo Venegas, escritor y periodista
Carlos Alberto Montaner, periodista
Carlos Galán, sindicalista
Carlos Manuel Fernández, diseñador gráfico
Carlos Suero, médico
Cecilio J. Vázquez, asegurador
Diana Madero, agente de seguros
E. W. (Bonky) Fernández Acevedo, comerciante
Eduardo García, sindicalista
Felipe Lázaro, escritor
Florencio Eiranova, sindicalista
Francisco Arencibia, empresario
Francisco Avedo, sindicalista
Gilberto García, publicitario
Hugo Orizondo, ingeniero
Isel Pujol, historiadora del arte
Islina Acosta, cantante
Iván Pérez Carrión, traductor
Jorge Tigera, médico neurólogo
José A. Sotolongo, músico
José Luís González, arquitecto
José Orozco, economista
José Prats, escritor
Juan A. Francés, sindicalista
Juan Carballo, ingeniero
Juan Ernesto López, empresario
Juan Ernesto López, empresario
Julio César Arencibia, comerciante
Justo Roberto Cabrera, industrial
Lilian Ros Linares, Asociación Cubana
Lilo Vilaplana, director de televisión
Limay González, periodista
Lucho Vera, ensayista
Luis G. Bermúdez, administrador
Luis González Ruisánchez, periodista
Luis Manuel García, escritor y periodista
Manuel Perea, ingeniero
Manuel Solares, comerciante
María Beatriz Rivadulla, psicóloga clínica
María Elena Diez, Asociación Cubana
María Elena Guiteras, industrial
Maria Emilia Monzón, sindicalista
María Pumarejo, profesora
Mariano Benítez, sindicalista
Mario Rivadulla, periodista
Miguel Pérez, obrero
Natalia Tejera, empresaria
Nilda Saldise Torres, asesora
Oilda del Castillo, arquitecta
Olga María Medina, abogada
Pedro Gracia, sindicalista
Pedro Montequin, comerciante
Pedro Pérez Castro, sindicalista
Pedro Ramón López, industrial
Rafael Mayola, técnico informático
Ramón Pérez, ingeniero
Ramón Valdés Mora, empresario.
Raúl Varela, administrador
Reinaldo Sainz, sindicalista
Rene Hernández Bequet, sindicalista
Ricardo Roque, médico
Rubén Soto, comerciante
Sergio del Castillo, arquitecto
Sergio López-Miró, publicista
Siro del Castillo, diseñador
Sonia Bravo Utrera, escritora

14 mayo 2007

Todo muere

Hace dos semanas me comprometí con varios lectores y con una lectora, especialmente, a que volvería a escribir sobre la inutilidad del poeta en los tiempos que corren. Hice al menos tres ejercicios, pero ninguno lograba decir algo distinto de lo que ya había dicho y todos los intentos acabaron en ese zafacón que hay a la izquierda del fondo de pantalla.
Prácticamente me había dado por vencido cuando leí una entrevista que le acaban de hacer a Alessandro Baricco con la excusa de su próximo libro: Esta historia. Aunque el autor de Seda no se refiere ni a la poesía ni a los poetas, responde con dos palabras todo lo que yo quería decir.
En un momento en que están hablando de música clásica, Baricco reconoce que cada vez menos gente la oye y que, probablemente, su función ha terminado. Alarmado, el periodista le pregunta qué se puede hacer para revitalizarla.
−Nada, todo muere −Se limitó a responder el escritor−. Murió la tragedia griega, ¿por qué no va a morir la música clásica?

07 mayo 2007

París es una burla*

La prensa sólo se ha referido al triunfo de Sarkozy. Pero en París, a la par de las elecciones, se ha estado celebrado un evento para denunciar a República Dominicana por supuestos vejámenes contra el pueblo haitiano. Algunos malintencionados, otros desinformados y no pocos manipulados se reunieron alrededor de esa falacia.
Unos de los documentales que se exhiben, narra, exagera y a veces se inventa las dificultades que viven los haitianos en los bateyes de algunos ingenios del país. En muchas de sus escenas, las mentiras son obvias; en otras, llegan a ser burdas.
Ni los picadores de caña cubanos o jamaiquinos, por citar los dos ejemplos más cercanos, ganan más o se alimentan mejor que los haitianos que lo hacen en República Dominicana. Por eso, a pesar de que tienen toda la libertad para hacerlo, ninguno de ellos está dispuesto a regresar a su patria.
República Dominicana no es un país rico, pero nada le ha impedido mantener un compromiso solidario con Haití que muchas naciones poderosas no han tenido. Cualquiera endulza un café en París antes de hablar de lo que no sabe. Desde París, eso sí se sabe, Haití se suele tapar con un dedo.
*La foto que acompaña a este texto parecería una de las que se presenta en París, como parte de una exposición de la artista Céline Anaya Gautier sobre la pobreza de los bateyes dominicanos. Pero no, la imagen fue tomada en un cañaveral de Bejucal, La Habana, Cuba, por Ernesto Bazán (N del A).

01 mayo 2007

La última cruzada

La última guerra de Fidel Castro no se libra en un campo de batalla, sino en un campo de caña. Hace semanas que el comandante publica sus reflexiones por entregas, al estilo de Corín Tellado. En cada una de ellas, y con adjetivos cada vez más graves, advierte a la especie humana de una nueva amenaza exterminadora: el etanol.
Después de sumar y restar, multiplicar y dividir cientos de numeritos, el líder revolucionario ha llegado a la conclusión de que si se produce etanol a gran escala, gran parte de la humanidad se morirá de hambre.
Cabe recordar que cuando Fidel asumió el poder en 1959, Cuba era el mayor productor de azúcar del mundo con cerca de ocho millones de toneladas anuales. Cincuenta años después, el país es incapaz de producir ni siquiera un millón de toneladas de crudo y, según informes recientes, las tierras donde se dejó de sembrar caña permanecen ociosas, sin producir alimento alguno.
Si a todo ese desastre se le suma la influencia que perdería Chávez en la región, la cruzada de Fidel contra el etanol no es tan disparatada como parece.

23 abril 2007

El poeta sin oficio

En la X Feria Internacional del Libro de Santo Domingo se celebrará el Primer Festival de Poesía Clima de Eternidad. Ese evento, que ha sido organizado por José Mármol desde su mismo germen, es el móvil de estas líneas que, aunque no lo parezca, lo apoyan.
En la antigüedad la poesía era la manera más creíble de contar las cosas. En ese entonces, además de crear belleza, los poetas procuraban ser útiles. Los versos de Homero le contaban a los griegos todo lo que necesitaban para reconocerse a sí mismos. Pueblos en su mayoría analfabetos, se sabían de memoria sus gestas y las recitaban de rima en rima.
Pero si en ese entonces el poeta era indispensable, ahora ni la poesía los necesita (ella prefiere a otros que se comuniquen con más eficacia). El poeta, como los sellos de correo, perdió su utilidad. Nadie se ha confabulado contra él, sencillamente no se le necesita. Si un buen día todos aprendieron a enviar mensajes sin la ayuda de un telegrafista, hoy muchos hacen poesía sin el poeta.

16 abril 2007

El macht de La Gaveta

Hay gente que uno no se imagina envejeciendo. Sospecho que eso nos sucede a todos y con individuos de la más variada calaña, aunque hay oficios que merecen la eterna juventud más que otros: ciertos músicos y algunos peloteros, por ejemplo. Bladimir Zamora ni es músico ni es pelotero ni nunca tuvo cara de joven, pero por su carácter y por su manera de entender las cosas que le rodean, no merece aún ser un señor de 55 años.
Conocí al Bladi cuando los años ochenta y el mundo en el que fuimos criados se estaban acabando. La casona de Paseo donde habitaba El Caimán Barbudo tenía los días contados y sus inquilinos estaban aprovechando aquella cuenta regresiva al máximo. Un encuentro de jóvenes creadores, auspiciado por la revista, me hizo viajar en tren lechero desde Camarones hasta la Estación Central.
Además del Bladi, Bernardo Marqués y Alex Pausides (que eran los anfitriones), asistieron al convite Norge Espinosa (quien también ha tenido que seguir cumpliendo años muy a pesar suyo), Ramón Fernández Larrea, Víctor Rodríguez Delgado, Carlos Varela, Luis Alberto García y Sigfredo Ariel, entre otros tantos poetas, narradores y trovadores que mi memoria ya no alcanza.
Poco después de aquella semana dejé a Camarones para siempre y fijé mi residencia en la calle 11, a una cuadra de Paseo. A partir de ese momento y a bordo de una bicicleta china (que le asignaron al Bladi en la Editora Abril) atravesé parte de El Vedado, toda Centro Habana y algunas calles de La Habana Vieja para reunirme a diario con Zamora. Primero en La Gaveta (su mínimo habitáculo) y después en el viejo edificio del Diario de la Marina, donde se perpetró la revista Somos, un híbrido que ya no era ni El Caimán Barbudo, ni Somos Jóvenes, ni Juventud Técnica.
Pero si el medio día dentro de la Editora Abril era ocioso (no lo era más gracias a Armandito, Alí y Luis Felipe, tres mosqueteros con un humor a prueba del más especial de los períodos), las mañanas en La Gaveta eran el espacio ideal para sobrevivir en aquella Habana donde todos los días desaparecía algo para siempre.
Sin recuperar el aire, tenía que cargar escaleras arriba con aquella Forever que pesaba no se cuántas libras de acero muy oxidable. Cuando tocaba la puerta, Bladi me respondía con sus pesados pasos por la frágil escalera de la barbacoa. Ya el café estaba listo y sobre una mesa polaca y plegable, había un dominó oriental (de los que sólo llegan hasta el doble seis) y una hojita de lo que fuera para llevar las cuentas.
Aunque nos apasionábamos muchísimo con los resultados de cada data y tuvimos no pocas y muy acaloradas discusiones (Sigfredo Ariel es testigo de lo que digo), lo más importantes de aquellos encuentros era la música que se oía y todo lo que se hablaba. Porque si alguien que me lee no lo conoce, Bladimir Zamora es uno de los pocos conversadores de pura raza que le debe quedar al archipiélago cubano.
Cuando abandoné la Editora Abril para irme a México, primero, y a La Gaceta de Cuba, después, tuve que deshacerme también de la tradición de pedalear todos los días hasta La Gaveta para jugar aquel raro macht donde María Teresa Vera, Benny Moré, los tres Matamoros, Arsenio Rodríguez y la incombustible orquesta Aragón, entre muchísimos otros cubanos pertenecientes a la más selecta aristocracia sonora, no hicieron silencio ni por un segundo.
Aún hoy, cuando oigo ciertas melodías, tengo que remitirme sin remedio a aquellos días en que gracias a Bladimir Zamora pude vencer la abulia, la incertidumbre y, sobre todas las cosas, entender muchas de las razones por las que uno tiene que seguir siendo cubano sin excusas ni pretextos.
Bladimir Zamora acaba de cumplir 55 años y lo único que puedo hacer para darle un abrazo es escribir esto. Este es mi modo de volver a pedalear hasta él y “darle agua” a todo el tiempo que he estado si oírle decir “¡Ducasio tocando el güiro!”, con el doble dos en la mano, feliz de poder pegarse con la ficha que menos lo esperaba.