04 diciembre 2013

Justo, mi Cinema Paradiso


El cine Justo, del Paradero de Camarones, en la actualidad.

No es un edificio tan elegante como el de la película de Giuseppe Tornatore. La luz que proyectaba las películas no salía radiante por la boca de un león, era difusa y no se adaptaba al cinemascope. Aún así fue el paraíso de mi infancia, el lugar donde conocí a los héroes y villanos que sigo prefiriendo.
Aradioly Santana, una muchacha de mi pueblo que estudia dramaturgia, me hizo llegar esta fotografía. Así es el Cine Justo ahora. A simple vista muy pocas cosas han cambiado él. Apenas le faltan cinco elementos: el nombre en la fachada, la cartelera, Efraín —el proyeccionista— en la ventana, Evangelina en la taquilla y Chena —su antiguo dueño— linterna en mano. 
Lo demás lo disponía la noche del Paradero de Camarones. Aunque la consigna que le han pintado promete una victoria, la derrota es ya un hecho. El Justo se ha apagado para siempre. Alain Delon no volverá a rasgar una Z en su pantalla. Buster Keaton no regresará en su locomotora. Ningún tiburón abrirá sus fauces sobre un mar de sangre para que gritemos como locos…
Nunca más veremos a Chena atravesando el pueblo con una carretilla llena de latas de películas. Su promesa de que “esta es rusa y de guerra, ¡pero está bárbara!”, jamás será cumplida. La única batalla que resta por librarse dentro del Cine Justo es la del olvido.
Cada vez que el edificio de Giuseppe Tornatore se derrumba, todos nosotros volvemos a llorar. Su eternidad parece garantizada. El Cine Justo, en cambio, caerá una sola vez y sus escombros serán solo eso: escombros. A partir de ese día, algo dentro de mí será ya irreparable.

21 noviembre 2013

Carlos Peña


Encontré esta foto en las galerías de un grupo de Facebook. Son los nacidos en Cruces (el municipio al que pertenece el Paradero de Camarones), que han logrado mantenerse en contacto aun cuando están desperdigados por medio mundo.
La imagen pertenece a Alina Pérez de Armas, quien también procede de una familia de ferroviarios. Está hecha en el andén de la estación. Todo parece indicar que en una de esas horas en que el Mixto (un tren que circulaba entre Cumanayagua, Mataguá y Santo Domingo) permanecía en Cruces.
Lo digo porque casi todos los que aparecen en la foto eran parte de la tripulación de ese tren. Aunque sus caras me son demasiado familiares, ya he olvidado sus nombres. Solo recuerdo el de Carlos Peña, que es el segundo de izquierda a derecha.
Me cuenta mi madre que él y mi abuelo tuvieron una enorme discusión. Solo la hermandad que había entre los ferroviarios evitó que fueran más allá de las palabras. Cuando tuve uso de razón, ya eran grandes amigos de nuevo. Y me tocó disfrutar de la confraternidad entre un maquinista y un jefe de estación.
Carlos Peña no sabía reírse si no era con una carcajada. Así lo recuerdo. Con medio cuerpo afuera de la locomotora. Mientras el Mixto retrocedía, para internarse por el ramal Camanayagua, él me saludaba con los brazos abiertos: “¡Camilitooo!”. Entonces yo alardeaba soberbio entre mis amigos.
No bateaba más que El Chiqui, ni fildeaba mejor que Norberto, ni corría las bases más rápido que El Venao; pero a ninguno de ellos el maquinista del tren Mixto les decía adiós ni gritaba su nombre. Dos veces al día, en el andén de Camarones, Carlos Peña me hacía sentir un ser superior.
Se murió sin que le pudiera dar las gracias por eso.

20 noviembre 2013

Romerillo

Desde ayer tengo una gripe terrible y mucha fiebre. Hoy no me pude levantar. Los brazos me pesaban tanto, que si se desarmaran por piezas me los habría quitado. Es ese tipo de malestar que inhabilita todos los sentidos. El café de la mañana huele mal, el agua sabe fatal y hasta las canciones más hermosas se vuelven un ruido insoportable.
Diana se fue de casa antes de que dieran las ocho. Desde entonces estoy solo, tapado hasta la cabeza aunque afuera hay 30º. Intenté hacer algunos de los trabajos atrasados, pero no podía redactar una oración con sentido. Traté de leer algo, pero el libro de Murakami se volvió un terremoto en mi cabeza.
Fue entonces que tuve un raro deja vu. Algo en la luz de la habitación se combinó con el aire que entraba por el balcón y los sonidos que se producían en la calle. En vez de Santo Domingo, en 2013, me pareció estar por lo menos 30 años atrás, todavía en el Paradero de Camarones.
De ser cierto, mi abuela Atlántida ya hubiera venido a tocarme la frente. “Estás volado en fiebre, niño”, habría dicho. Muy despacio, su mano arrugada pasaría por toda mi cabeza, como si ese solo gesto fuera capaz de curarme.
“Ahora sí te tienes que tomar el cocimiento”, diría con tono amenazante. Y es ahí donde me pondría hojas de salvia en los pies y me haría beber una pócima de romerillos y miel de abejas. Me mantuve tapado hasta la cabeza aunque afuera hay 30º. No quise asomarme y descubrir que Atlántida no estaba ahí.

16 noviembre 2013

Aytí

Foto de Vianco Martínez que aparece en la portada del libro Itinerario (2003).
Vivo en la isla de Aytí,
una pequeña porción de tierra

hecha de montañas y abismos
que está habitada por aves de paso.
Queda dentro de un pequeño mar,
en uno de los más pequeños planetas
de una galaxia 
que luce demasiado pequeña
cuando se mira el mapa del Universo.

Parado en una esquina de la ciudad,
sin documentos
ni nada
que me identifique
como un habitante de la isla de Aytí,
soy un agujero negro,
un pequeño vacío que se irá tragando
a la isla, al mar, al planeta
y a la galaxia
que luce demasiado pequeña
cuando se mira el mapa del Universo.

Los hijos de Emilio Salgari

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Tuve la fortuna de tener como abuelo a un lector empedernido. Aurelio Yero Alonso era el jefe de estación del Paradero de Camarones, un brevísimo pueblo perdido en un mar de cañaverales, allá por la región central de Cuba. Cuando los teléfonos no sonaban, eso quería decir que no venían trenes. Casi todo aquel tiempo de ocio, era invertido en leer.
Así fue que, siendo yo aún muy niño, puso en mis manos un manoseado libro con los versos de José María Heredia, todo lo que encontró de José Martí y decenas de novelas de dos escritores que me cambiaron la vida, porque llenaron de las fantasías más estrambóticas el reducido universo de aquel pueblo donde todos siempre iban de paso.
Emilio Salgari y Julio Verne todavía me ayudan a combatir la abulia. Hace mucho que no los releo, pero sus personajes nunca me dejan solo. Conviví tanto con ellos que jamás he podido prescindir de su compañía. El capitán Nemo, Sandokán, Phileas Fogg, el Corsario Negro, Miguel Ardan, Barbicane y Nicholl.
Todos ellos, lo mismo en el mar que en el cosmos, a bordo de un submarino o un barco pirata, en la mar Caribe o en las islas de la Malasia, me enseñaron a luchar siempre del lado del bien. Soy cobarde, nunca he tirado un tiro, ni siquiera he llegado a tocar un arma de fuego (eso se lo prometí a mi abuelo de niño), pero al menos desde la imaginación he librado más de mil batallas.
Salgari y Verne me enseñaron otra cosa muy importante. Por lejos y ajenos que parecieran los lugares, la distancia nunca podía ser una excusa para ignorarlos. Emilio Salgari jamás estuvo en el Caribe, sin embargo, nadie pudo escribir con más pasión que él lo que fue este mar en la época de los corsarios y los piratas.
Cuando Verne escribió “20 mil leguas de viaje submarino” y “De la Tierra a la Luna”, era más que improbable navegar por debajo del agua o salir disparado hacia el espacio sideral a bordo de un cohete. Eso no lo detuvo, todo lo contrario. Su literatura acabó convirtiéndose en una decisiva fuente de inspiración para los científicos que sí hicieron posible la mayoría de las cosas que él se había imaginado.
Cuando me fui haciendo mayor, mi abuelo comenzó a prestarme otros libros. Algunos de aquellos ejemplares aún los conservo y los cuido con el mismo celo que él. Así fue que Thomas Mann me trocó la cabeza. En esa novela, que el alemán escribió en escenarios de la India, comprendí el conflicto que puede surgir entre la vida y el arte o la inteligencia.
En el año 2000, mientras preparaba las maletas para un viaje solo de ida a Santo Domingo, me leí “La fiesta del Chivo”, de Mario Vargas Llosa. Creo que ningún otro libro me hubiera explicado mejor lo que fue la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo y sus consecuencias en la sociedad y las identidades de República Dominicana.
Luego, ya de este lado del Paso de los Vientos, me leí dos libros de Edwidge Danticat. “Cric, crac” y “Cosecha de huesos” fueron mis primeras lecturas en el exilio. Además de los indiscutibles valores que tienen ambas obras, la circunstancia en la que los leí me hizo desarrollar un especial apego por esos libros.
Releyendo los cuentos de Juan Bosch y de Virgilio Díaz Grullón, seguí entendiendo lo que nadie me podía explicar, ese subsuelo que jamás se encontrará por más que se escarbe. Aún así, siempre sentí que me faltaba un personaje, alguien que me revelara el resultado de tantos accidentes históricos.
Ese tipo fue Oscar Wao. Gracias al personaje de Junot Díaz acabé de comprender lo que ni siquiera yo, después de 10 años de permanencia aquí, dilucidaba. Como pueden ver, le debo mucho a escritores que hablan de “lo que no saben” y que meten las narices donde nadie los ha convocado.
Esos intrusos en el polvo me enseñaron a formar parte de una generación que, en honor a mi abuelo Aurelio, aquel viejo ferroviario que me convirtió en un lector empedernido, quiero llamar “Los Hijos de Emilio Salgari”. Eso, solo eso.