13 noviembre 2013

Teresita

Mientras fui niño, ella era la voz de algunas de las canciones más bellas que había oído. Su guitarra eran parte del sonido que nos acompañaba por las tardes, a  la hora en que los sueños  sucedían dentro de una pequeña pantalla en blanco y negro.
Ya estudiaba en la Escuela Nacional de Arte (ENA), cuando Salvador Lemis me propuso ir a conocerla al Parque Lenin. Eran los primeros años de los 80 y, con toda seguridad, una mañana de domingo. Cuando llegamos a la especie de gruta donde ocurría su Peña, ella estaba enfundada en un poncho y cantaba una canción muy triste.
No fue hasta entonces que entendí el gran privilegio que había tenido. Las dos primeras canciones que me aprendí en mi vida, “El brujito de Gulubú” y “El gatico Vinagrito”, eran obras de dos seres que admiraría por el resto de mi vida: María Elena Walsh y Teresita Fernández.
Tuve tan buena fortuna, que conocí a Teresita y conversé muchas veces con ella. Cada vez que nos encontrábamos, yo trataba de hablar lo menos posible. Siempre prefería escucharla proferir historias, poemas y canciones. Wichy García Fuentes* fue quien me dio la noticia de su muerte. Lo hizo con una hermosa frase de despedida en Facebook.
Aunque puse que me gustaba, en verdad quería decir que me dolía. Mi hija Ana Rosario, que ya tiene 20 años, me escribió desde Madrid, Acaba de advertir que se sabía muchas de sus canciones. A María, que solo tiene 7 años, no le dijimos nada. Solo le volvimos a poner una de sus rondas para que la siguiera tarareando.
Alguien que es cantado por los niños no puede estar muerto. Por eso Teresita aún vive. Gracias a su música, ella y nosotros seguimos siendo parte de aquel sueño que llegó a parecernos realidad. Recuerdo que sucedía en blanco y negro, dentro de una pequeña pantalla.

*Post de Wichy García Fuentes en su muro de Facebook: 
"Ha muerto Teresita Fernández. Se fue la señora de los gatos y los perros, la abuela de todos los niños cubanos de cualquier edad, la voz que nos cantó mientras crecíamos, la dueña de 'Vinagrito', 'El ratoncito del farol', 'Tin tin, la lluvia cayó', 'Vicaria la lechucita' y esa joya de todos los tiempos, 'Lo feo'. Teresita, en una palangana vieja sembraremos violetas para ti".

07 noviembre 2013

El espacio en blanco


Me tomó muchos años entender que las cosas no eran para siempre. Nací en un pequeñísimo pueblo de provincia donde las casas, los árboles, la gente y hasta los objetos más simples parecían haber estado ahí por siempre. A eso hay que sumarle algo: el temor a lo irremplazable.
Era tanta la escasez, que no había forma de sustituir lo que se rompía. Mi abuela Atlántida fregaba su vajilla con tanto cuidado, que nuestros platos, en 1980, eran los que siempre hubo en la casa, desde principios de los años 50... ¿O eran los sin cuenta?
Los vagones del mixto de Cumanayagua fueron también los mismos durante toda infancia. Cada tres o cuatro años, una locomotora se los llevaba en un tren de escombros para el taller de Caibarién. Dos semanas después regresaban pintaditos, solo los agonizantes chirridos denunciaban su antigüedad.
Las cosas tenían que recomponerse porque nada podía sustituirse. Aún vivo dentro de esa cultura, no logro zafarme de ella. Reparo, reconstruyo, rehago, remiendo… Todo parece indicar que a la administración de este hotel habanero le sucede lo mismo.
Conscientes de que hay cosas que parecen para siempre, se han limitado a dejar el espacio en blanco. Alguien debe ocuparse de llevar la cuenta y rellenarlo una vez al año...¿O es la sin cuenta?

05 noviembre 2013

Carta abierta a Adriano Miguel Tejada, director de Diario Libre

Santo Domingo, 5 de noviembre de 2013

Sr. Adriano Miguel Tejada
Director
Diario Libre

Estimado Adriano Miguel:

Con asombro, con vergonzoso asombro, he leído hoy en Diario Libre la columna De Buena Tinta. Además de su tono racista y discriminatorio, que es inaceptable, me llama poderosamente la atención que sea parte de la línea editorial del periódico.
Al descalificar y menospreciar a Julia Álvarez, Junot Díaz y Edwidge Danticat, por su posición frente a la Sentencia del Tribunal Constitucional dominicano, De Buena Tinta está desconociendo a los autores de tres de las obras más importantes que se han escrito sobre esta Isla en las últimas décadas.
No sé quién perpetró esa columna, pero con toda seguridad los fundadores de Diario Libre se sentirán avergonzados de él. Nada más alejado de la vocación incluyente y multicultural que los impulsó a crear el primer medio de comunicación de República Dominicana en el siglo XXI.
Fui parte de la redacción de Diario Libre y actualmente colaboro con una de las publicaciones de Omnimedia. El compromiso que eso implica me impulsa a escribirle esta carta abierta.
Sigo sintiendo orgullo por pertenecer a una experiencia que marcó un antes y un después en el periodismo dominicano. La pena que siento por el De Buena Tinta de hoy no me va a quitar eso.

Saludos cordiales,

Camilo Venegas

02 noviembre 2013

En tránsito

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos. A propósito de una criminal Sentencia del Tribunal Constitucional de República Dominicana, que despoja de su nacionalidad a miles de dominicanos descendientes de haitianos)

Celestino, desde antes del alba, se levanta cámara en mano. Cuando en Caracas se le cerraron todas las puertas, metió cada uno de sus sueños y toda su música en una maleta. Con esa carga, su mujer y su hija aterrizó en Las Américas.
Desde entonces su obra es dominicana. Cada uno de sus documentales contiene algunas de las imágenes más esperanzadoras que se puedan conseguir en este país. Sus protagonistas suelen tener rostros humildes y anónimos, aún después de saber cómo se llaman seguimos desconociéndolos.
Aunque Celestino es venezolano, ha dejando una huella en República Dominicana que ya es imprescindible. Lo mismo sucede con Fernando, un fotógrafo de Valladolid que llegó hace años y, después de una admirable trayectoria, se le hizo imposible regresar a casa.
Ya era demasiado dominicano para volver a ser español. Cada vez que me reencuentro con él tiene un proyecto aún mayor entre manos. Con la misma tenacidad que ha resguardado su obra, ha defendido su amor por este país. No es que lo exhiba, es que lo lleva con él a donde quiera que va. Orgulloso, pleno.
Marianela es cubana, pero sus convicciones y su arte son universales. Llegó a Santo Domingo cuando no pudo más con el frío de Filadelfia. Pocos meses después ya había resuelto, en una coreografía, muchas de las ecuaciones que plantea un país con tantas identidades y con una diversidad cultural tan desmesurada.
Gracias a su oficio y a su perseverancia, la gestualidad de los dominicanos ha sido admirada en importantes encuentros de grupos danzarios en el Caribe, Suramérica y Europa. Su compañía de danza contemporánea, integrada por jóvenes bailarines dominicanos que se formaron con ella, continuará llevando su arte por el mundo durante todo el 2013.
Justin es norteamericano, forma parte de un proyecto de la MacArthur Foundation y National Science Foundation, de Estados Unidos, para la preservación del hábitat de la golondrina verde en Villa Pajón, Constanza.  Con un grupo de colaboradores dominicanos ha construido cientos de nidos.
Las golondrinas verdes son incapaces de hacer sus propios nidos, dependen de las cavidades de los barrancos o los hoyos abandonados por los pájaros carpinteros. Gracias al proyecto donde trabaja Justin, República Dominicana se ha vuelto cada vez más hospitalaria con esta especie que vuela desde Norteamérica para pasar el invierno aquí.
Bienaimé es guachimán. Cuida de mi calle mientras todos dormimos. Hace 20 años que vive en República Dominicana. Cortó caña en más de 10 zafras y trabajó en la construcción de más de 15 edificios. Ahora vive en un pequeño cuarto con sus escasas pertenencías: dos pares de zapatos, tres camisas, un pantalón y un radiecito.
Todas las madrugadas, cuando paseo por mi calle con Laika, Bienaimé y yo nos saludamos. Siempre está oyendo música haitiana. Esos ritmos me impulsan antes que el primer café. Todas las noches, cuando vuelvo a pasear a Laika, Bienaimé sigue ahí, acompañado por la soledad de las canciones que salen del radiecito.
Celestino, Fernando, Marianela, Justin, Bienaimé y yo somos aves de paso, como muchos otros extranjeros que todos los días de su vida se levantan a trabajar para que República Dominicana sea un país mejor. Desconozco su estatus migratorio, solo reparo en sus intenciones.
Al final todos somos como las golondrinas verdes. Dedicamos todos nuestros esfuerzos para dar gracias por el nido que nos ofrecieron… Aunque algunos se enfrasquen en insistir que solo estamos en tránsito.

01 noviembre 2013

La quinta pared

Alejandro Aguilar permaneció en la acera con los brazos cruzados. El aire frío de la mañana habanera circulaba a sus espaldas. Cuando por fin pudo reconocer la casa, hizo una rara expresión de dolor. “Es ahí, tiene que ser ahí”, dijo sin atreverse a señalar, tratando de que su voz hiciera la parte del dedo índice.
Andábamos por la calle Calzada, en El Vedado, y de pronto advertimos que estábamos en el lugar donde había vivido Marianela Boán. El elegante caserón, construido en el amanecer de la República, había quedado desfigurado después de un largo viaje hacia la noche de la pobreza.
En ese portal, en el último año de la década del 80, una decena de espectadores esperaba a que una bailarina le abriera la puerta de su casa. Al pasar, descubría en escenario en el lugar de la sala. Era una de las funciones de La cuarta pared, la obra dirigida por Víctor Varela que significó un antes y un después en la historia del teatro cubano.
Pero ahí adentro sucedió algo aún más importante: Marianela y Alejandro descubrieron que se amaban y que pasarían el resto de sus vidas juntos. Después de varios ciclones y una terrible inundación, lograron mudarse a un apartamento con vistas al mar.
Al marcharse dejaron todos sus recuerdos colgando de las paredes. Justo por eso Alejandro no reconocía la casa. Una quinta pared, construida por la fuerza destructiva de la miseria, no le permitía ver la puerta, la ventana y el cielo demasiado raso de la barbacoa.
Nunca tendrá una tarja, es probable que el día menos pensando acabe derrumbándose. Pero no olviden que esa casa, aunque les parezca irreconocible, cambió la historia del teatro cubano y albergó a dos de los mejores amantes que ha tenido la isla.
Solo por eso merece que siga siendo lo que era, al menos en nuestra memoria.