05 septiembre 2010

Facebook, ese lugar en que tan bien se está

Cuando me veo obligado a ejercer mi rol de comunicador y organizo talleres con mis clientes, jamás les hablo de esto. Siempre repito la frase de que los cambios producidos por la Web 2.0 solo son comparables con los de la revolución industrial. Un ejemplo me ayuda a convencerlos: la radio tardó 38 años en conseguir 50 millones de usuarios, la televisión lo logró en 13 y Facebook en apenas seis meses.
Pero cuando les hablo de mi propia experiencia (porque eso siempre es mucho más convincente) jamás se los menciono. Ellos no saben nada de Eliseo Alberto, Odette Alonso, Sonia Díaz Corrales, Sigfredo Ariel, Margarita García Alonso, Juan Carlos Recio, Chago Méndez Alpízar y Carlos Pintado, entre muchos otros.
Una de las razones por la que entro en Facebook a diario es para verlos a todos juntos. Allí logramos que México D.F., Santa Cruz de Tenerife, La Habana, le Havre, Nueva York, Madrid, Miami y Santo Domingo coincidan en una misma coordenada. Al menos en ese muro, quedan invalidadas las distancias que propone la geografía. Aunque todos somos escritores, casi nunca hablamos de literatura. Los abrazos pendientes apenas nos dejan tiempo para otra cosa.
Hace unas semanas, por una razón ajena a nosotros, Odette Alonso abandonó ese lugar en que tan bien se está. No dio explicaciones, solo anunció que no volvería y mencionó otros lugares donde se le podía encontrar. Desde entonces, no ha habido una conversación en la que no se note su ausencia. La última de ellas aún no se ha acabado, porque acabo de poner un comentario.
Odette, he escrito estos cinco párrafos para pedirte que vuelvas. Ya tenemos armada una fiesta que empezará en el Paradero de Camarones y se acabará en Rancho Luna. Sí, por esos rumbos donde una cienfueguera le dijo “¡Moré!”. Dale, chica, no jodas tanto.

04 septiembre 2010

Mundanzas

Aunque nací en una estación de trenes, siempre preferí que la gente pasara sin que yo tuviera que moverme del lugar. Soy sedentario, me gusta dar vueltas en círculos sin alejarme demasiado de mi espacio. Si me hubieran dado a elegir, jamás me habría ido más allá del andén y del pueblo donde nacieron y se criaron cuatro generaciones de mi familia.
Pero a los once años me tuve que ir a una escuela al campo (donde solo nos dejaban volver a casa dos noches cada quince días) y desde entonces comencé una serie interminable de mudanzas:  El Nicho, La Moza, Sabana del Moro, El Guanal, Cubanacán, Moa, El Vedado, Piantini, Cerros de Gurabo, Cerro Hermoso, Evaristo Morales y Naco.
Tanto en los albergues como en los apartamentos, siempre traté de construir señales de permanencia. En los primeros, ese espacio se reducía a una taquilla y a una litera. En los segundos, a libreros, cuadros o al color de una pared. Detesto cuando llega el momento de deshacer lo que se pensó para que durara mucho tiempo. Pocas cosas me molestan más que la provisionalidad, esa frase tan larga que mis compatriotas han reducido a once letras: “recoge y vete”.

Trapicheo de roles

El instinto de conservación de los cubanos y su infinitos reflejos para sobrevivir en una nación en ruinas, generó un trapicheo de roles en todos los estratos de la sociedad. Por eso no es nada difícil tropezar en La Habana con una bioquímica que se dedica a la santería, un cirujano que conduce un taxi clandestino o una abogada que ejerce la prostitución.
A principios de los años noventa, cuando la desaparición de la Unión Soviética supuso el fin de los subsidios que mantenían en pie a la disparatada economía del país, comenzó una profunda crisis que Fidel Castro (haciendo gala de ese gran publicista que lleva dentro) bautizó con el eufemismo de “Periodo Especial”.
Como la prensa cubana, víctima de la censura y el férreo control oficial, fue incapaz de reseñar lo que sucedía, los narradores se vieron en la obligación de poner su literatura al servicio del periodismo. Solo en los cuentos y novelas que se escribieron entonces se hallará el más creíble reportaje al pie de la catástrofe.
Una buena parte de los intelectuales que viven en Cuba hoy, ocupan algún que otro puesto dentro de la cultura oficial o gozan de una o varias prebendas. Por eso no les es factible tener una visión clara ni una postura crítica de lo que realmente está pasando con su país. Ese papel lo han asumido un grupo de blogueros que,  corriendo todo tipo de riesgos, han sido capaces de apoderarse de las de la web para denunciar las atrocidades del régimen.
Yoani Sánchez acaba de ser reconocida como "Héroe de la libertad de prensa en el mundo" por el Instituto Internacional de la Prensa (IPI). Luego, a los cubanos les tocará también darle las gracias, a ella y a todos los que desde allá adentro desafían la represión y el oprobio con la libertad y el valor que les da la palabra.

02 septiembre 2010

Desayuno continental

No se me olvida el día en que descubrí el olor del pan acabado de hacer. Como en el Paradero de Camarones no hay panadería, tardé muchos años en hallarlo. Fue en Jibacoa, allá por las lomas de Manicaragua, a finales de los años setenta (lo sé, porque el Dodge 1500 de mi padre todavía estaba nuevecito).
Desde la puerta trasera de la panadería se veía el resplandor del horno. El panadero saludó a mi padre con ese largo “¡Eeeeeyyyyy!” que los campesinos de la zona pronuncian como un eco. Una vez que la caña de pan estuvo abierta en dos mitades, le untaron una densa capa mantequilla casera que comenzó a derretirse de inmediato bajo el humo pertinaz de la leña.
Mi admiración por el café con leche se debe a mi abuela, que todas las mañanas me preparaba uno en cuanto mi abuelo acabada de ordeñar. Por más que lo he intentado, nunca he dado con aquel equilibrio perfecto que lograba Atlántida en su mezcla. Esté en el continente que esté, ese es mi desayuno preferido. No podría explicar la felicidad que me produce disfrutar eso.

¡A la reja!

En una reciente entrevista, concedida al diario mexicano La Jornada,  Fidel Castro admitió que él es el culpable de la persecución que sufrieron los homosexuales en Cuba. “Si alguien es responsable, ése soy yo”, le dijo el dictador a la periodista Carmen Lira.
Como admitir apenas una de sus culpas le ha tomado casi medio siglo, sería bueno que los cubanos (que a fin de cuentas han sido sus principales damnificados) le hicieran llegar al Comandante en Jefe una lista de sus yerros y delitos contra la nación y su gente.
Por más de cincuenta años Fidel ha obrado con un poder absoluto y con una impunidad total sobre el destino de sus compatriotas, convirtiendo a la geografía nacional en una vergonzosa ruina. Ni siquiera durante los siglos cde colonialismo ser cubano significo tan poco, nunca antes los nacidos en esa isla tuvieron menos.
Sí, si alguien es responsable de la catástrofe cubana es Fidel Castro. Por eso no basta con un mea culpa frente a una reportera extranjera. Para esos crímenes de lesa nacionalidad, aún en la corte menos tremenda, solo hay una sentencia posible: ¡A la reja!