
El hecho de que Sadam ya tenga la soga al cuello, no significa el fin del horror en Irak. La creciente violencia sectaria y la cada vez más confusa realidad, han empantanado al ejército invasor y tienen al país a un paso de la guerra civil.
La muerte de un dictador nunca significa el fin de los pavores que provocó su dictadura. Un tirón del cuello, un disparo a la cabeza o una enfermedad incurable le ponen fin al individuo, pero no le devuelven a los pueblos todo lo perdido.
Las divisiones, los rencores, el dolor, el odio y la miseria perduran mucho más que el hombre que las infligió, sin pudor alguno, en la memoria colectiva de los suyos.
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