31 ago. 2010

Arando el porvenir con viejos bueyes

En el Paradero de Camarones hubo una época en que la gente presumía sus tractores soviéticos. Los adornaban con piel de conejo y figuras de hojalata. Una vez por semana, los sumergían en el río Caunao para quitarles el polvo de la zafra. Casi todos, en lo alto de la cabina, llevaban atados un radio VEF 206 donde sonaban sin parar rancheras y corridos.
A finales de los años setenta, cuando llegaron las primeras alzadoras que andaban marcha atrás, el pueblo entero se congregó frente al garage de Luzbel Cabrera para ver aquella máquina con todo al revés.
—Esos tractores matan a cualquiera —advirtió Cebollón, el repartidor de periódicos— porque uno cree que van cuando vienen.
—No seas comemierda, chico —le respondió Lito Quinto después de lanzarle un escupitajo a los pies—, fíjate en la dirección que lleva el tractorista y olvídate del aparato.
 El periódico Granma acaba de lazar la alarma de que los campesinos cubanos están renuentes al uso de bueyes en lugar de tractores. Según el reportaje, solo en Camagüey hay un déficit de 1.469 yuntas, casi el 50 por ciento de lo planificado. Primero los convidaron a creer cuando les decían futuro. Ahora quieren que regresen al pasado y, desde allí, traten de arar el porvenir con viejos bueyes.

29 ago. 2010

Vargas Llosa descubre la peor construcción del hombre

Mario Vargas Llosa tuvo que soportar, por décadas, el desprecio ignorante de las izquierdas latinoamericanas. Él fue uno de los primeros intelectuales del continente que advirtió que el traje militar de Fidel Castro solo era un disfraz de humanista, que debajo de esa piel verde oliva se escondía un dictador como tantos otros.
Los insultos ridículos de la progresía nunca le pusieron frenos al creador peruano y ahora, medio siglo después, es el novelista más consistente y prolífero de su generación. El País acaba de publicar una entrevista donde ofrece algunos detalles de su nueva obra de ficción, El sueño del celta, que está inspirada en la vida de Roger Casement, pionero defensor de los derechos humanos.
En la primera pregunta, Iker Seisdedos confiesa su sorpresa por el nacionalismo fervoroso de Casement, “un atributo poco común en sus héroes”. En la primera respuesta Vargas Llosa descubre uno de los grandes males de América Latina: “El nacionalismo me parece la peor construcción del hombre. Y el caso más extremo de nacionalismo es el nacionalismo cultural”.
Los pocos que la han leído, advierten que El sueño del celta es una gran novela. No lo dudo, a su autor aún le sobra lucidez para ello.

28 ago. 2010

Costilla insular

Cuando le fui a echar sal, descubrí que la costilla tenía la misma forma de la isla de Cuba. Orientándome por sus accidentes y navegando por toda la costa sur, determiné la localización de mis lugares en ella. Carne y grasa de puerco en lugar de llanuras y cordilleras. Una magra representación para un territorio empobrecido hasta la desesperación.
Una amiga polaca, que hace poco sobrevoló la isla, la describe como una extensa tierra baldía. Producto de su inoperancia, el régimen cubano se ve forzado a gastar más de 1.700 millones de dólares al año para importar alimentos de Estados Unidos, Francia, China, Brasil y República Dominicana, entre otros mercados.
República Dominicana posee menos de la mitad del territorio cubano, sin embargo, a pesar de tener una densidad de población mucho mayor, es capaz de autoabastecerse de varios productos básicos (arroz, frijoles, frutas tropicales, pollo...). Cuba, para poder servir un mango en la mesa de un turista, tiene que mandarlo a buscar a Baní, tierra que antes le había enviado a Máximo Gómez.
La isla improductiva y desabastecida anoche fue una costilla de cerdo que se desfiguró en las brasas, como aquella nación próspera que ahora solo existe en la nostalgia de sus sobrevivientes.

26 ago. 2010

Alfonso Dicenta

El día en que Freddy Ginebra me trajo a vivir a República Dominicana dormí en casa de Alfonso Dicenta. “Es un español que quiero como a un hermano, es un ser alucinante”, dijo. Como Freddy no suele ahorrar elogios ni con sus enemigos, me entusiasmé poco. Pero pocas horas después, luego de un par de abrazos, Alfonso y yo ya habíamos descubierto todas las cosas que teníamos en común.
El Barça, Federico Fellini, el ron añejo, no pocas canciones de Joan Manuel Serrat, los embutidos, la vista del amanecer en el trópico y el esqueleto de las máquinas de coser Singer, entre muchas otras. Con él aprendí a sortear esos malos entendidos que son las calles de Santo Domingo que no van a ninguna parte.
En Rocinante, su viejo carro, cabalgábamos todas las noches hasta Casa de Teatro. Recuerdo que una madrugada se nos apagó en medio de un túnel y, haciendo gala de su humor invencible, soltó una carcajada: “Roci no le teme a los molinos de viento, pero lo que es a los túneles, les tiene pánico”. Salimos de aquella como salimos de todas, de la manera menos pensada.
La última vez que nos vimos trató de moverse con la misma agilidad que lucía cuando jugábamos tenis. Contó lo del cáncer en los huesos como antes había contado la más inverosímil de sus historias, con absoluta naturalidad. Me prestó el DVD de Amacord cuando le dije que quería volver a verla. Prometió hacerme la visita y dar batalla. No recuerdo el abrazo final. Tratándose de Alfonso eso es lo más insignificante.

Fidel contra Fidel

Para desviar la atención del mundo sobre su isla en ruinas y, de paso, para congraciarse con el régimen iraní (con quien mantiene una abultada deuda), Fidel Castro no para de hablar de una inminente guerra nuclear. Por más viejo y despistado que esté, el comandante no es tonto. Por eso advirtió que el Fidel actual está contradiciendo al Fidel de los años sesenta.
Entonces, el frenético guerrillero no solo sembró la isla de cohetes nucleares soviéticos, sino que le pidió a Nikita Jrushchov que lanzara un ataque preventivo contra Estados Unidos. En sus memorias, el líder soviético recuerda la irresponsable petición del líder cubano y el desconcierto que provocó entre sus colaboradores:
“Castro recomendó que nosotros lanzáramos un ataque preventivo contra Estados Unidos para evitar la destrucción de nuestras armas atómicas. Él había sacado la conclusión de que un ataque era inevitable y que debía impedirse. Con otras palabras, teníamos que dirigir un ataque atómico contra los Estados Unidos. Cuando leímos esto, nos miramos unos a los otros y estaba claro para nosotros que Fidel había malinterpretado nuestro objetivo”.
El comandante podrá reescribir su biografía y, sobre sí mismo, manipular sucesos y situaciones a su antojo. Pero la historia, aunque él sea incapaz de aceptarlo, escapa a sus designios. Hubo una época en que Fidel Castro quiso desatar una guerra nuclear. Afortunadamente, esa decisión nunca estuvo en sus manos.

23 ago. 2010

Locomotora sola

Este viejo texto era parte de Gas Car, un poemario que fue creciendo hasta convertirse en Los trenes no vuelven. Era una época en que yo escribía unos textos larguísimos. Por eso me imagino que su brevedad lo acabó condenando. Se lo dedico a Carlos Pintado, que por estos días me ha sorprendido con sendos hallazgos arqueológicos.

Una locomotora sola pasó en la madrugada
en una dirección que no adivinamos.
Se estremecía como un avión
que está a punto de tocar tierra.
Su silbato sonaba con la urgencia
de un barco que se hunde.
Yo soñaba con la nieve
y un aire muy frío entró por los postigos.

Tú te levantaste a beber agua
y yo, a tientas,
busqué la forma de saber la hora.
Poco después amaneció
y ninguno de los dos dijo más nada.
Preferimos que la locomotora sola
fuera un misterio,
una de las tantas cosas
entre nosotros
que debían seguir sin tener una explicación.

21 ago. 2010

Los nuevos hoyos de lujo

El ministro de Turismo de Cuba, Manuel Marrero, acudió al pleno de la Asamblea Nacional (pocos días antes de que Fidel se apareciera allí con un piyama verde olivo y un mensaje apocalíptico), para anunciar las inversiones que se harían en su sector. El régimen ahora quiere emular con los enclaves de lujo del Caribe y para eso construirá nuevos proyectos inmobiliarios, marinas, y 16 campos de golf.
La escuela de arte de La Habana fue levantada sobre el campo de golf del Country Club. La idea se le ocurrió a Ernesto Guevara. Es probable que al final de un día en que no le fue bien en alguno de sus hoyos, decidiera demolerlo. Típico de un individuo que antes de sentarse a escuchar las razones de un enemigo, prefería fusilarlo.
En un principio la revolución se preocupaba mucho por los símbolos. De ahí que se construyeran escuelas en los cuarteles y se borraran los nombres más comprometedores del pasado. El Havana Country Club Park & Lake, por ejemplo, ahora se llama Cubanacán por un extremo y Siboney por el otro. Falta ver cómo se llamarán los nuevos hoyos de lujo que construirán encima del gran agujero negro.

19 ago. 2010

El Fogonero cumple cuatro años

Mientras exploraba el escritorio de mi blog, descubrí que El Fogonero cumple hoy cuatro años. 514 entradas después, esta bitácora se parece más a mí que ninguna fotografía. Ni siquiera el Camilo que se refleja en el espejo logra ser más auténtico que este, que dice lo que se le ocurre cuando se le ocurre.
En un principio la idea no era construir un blog, sino escribir una columna en el semanario Clave, la publicación dominicana que acaba de desaparecer. Por eso el primer post tiene la intención de explicarle a los lectores en qué consiste el oficio de fogonero y cuál sería el itinerario de mis textos.
Aunque seguí publicando aquí las columnas que aparecían en Clave, poco tiempo después el blog se ganó su total independencia. Su libertad me hizo más libre, su espacio ilimitado me enseñó a tener límites. Escribo El Fogonero con la más absoluta independencia, pero me gustaría que se le viera dentro de ese inmenso concierto que es la blogósfera cubana.
Medio siglo después de que en mi país se comenzaran a perder, una a una, la mayoría de las libertades públicas y privadas, los blogs de mis compatriotas han sido el primer espacio realmente plural en el que se han expresado cubanos de todas partes y de cualquier parecer. Lástima que muy pocos de los que viven dentro de la Isla tengan acceso a eso y que, por su naturaleza intangible, no se pueda señalar en los mapas.

La máquina de picar carne de Hemingway

Muchas veces, entre amigos, caemos en la casi siempre inútil tentación de las comparaciones literarias. Obras, autores, nacionalidades, estilos, tendencias y no sé cuántas variables más nos sirven para poner cosas sobre una balanza y dictar sentencia. La mayoría de las veces caemos en fundamentalismos y nos atrincheramos en lo que, para cada uno de nosotros, es una verdad absoluta: el gusto individual.
Yo, por ejemplo, tengo una animadversión incontrolable contra Paulo Coelho. Sus libros me provocan sarpullido, sus frases me ponen de mal humor y suelo tener prejuicios contra la gente que lleva debajo del brazo una agenda con citas de sus boberías (lo advertí, soy irracional al respecto). Un amigo mío a su vez, detesta a Alessandro Baricco, quien es uno de mis escritores preferidos.
Hace unos días, en una expedición por la biblioteca de Ramón Font-Bernard, hallé un ejemplar de Enviado especial, un volumen que recoge los artículos y reportajes que Ernest Hemingway escribió para periódicos y revistas desde 1920 hasta 1956. Aunque él siempre renegó de esos trabajos escritos para ganarse el pan, al menos a mí me parecen tan buenos o mejores que muchas de sus ficciones.
Todavía disfruto un artículo que publicó Hemingway en Trasatlantic Review, en octubre de 1924, a propósito de la muerte de Joseph Conrad. Es una pena que ya no se escriba así, que la teoría literaria se convirtiera en un mejunje intragable y que los escritores perdieran el valor de decir por escrito lo que solo son capaces de confiesar delante de sus amigos:
 “La mayoría de las personas que conozco convienen en que Conrad es un mal escritor y reconocen el mérito literario de T. S. Eliot. Si yo supiera que, triturando a mr. Eliot hasta reducirlo a polvo fino y seco y espolvoreando con él la sepultura de Mr. Conrad, éste se levantase de pronto, molesto por este forzado retorno, y empezase a escribir, mañana mismo saldría para Londres con una máquina de picar carne para elaborar embutidos”.

16 ago. 2010

En Teherán nadie habla de Reina Luisa Tamayo

El último chiste que circula en La Habana va después de dos signos de interrogación: “Aquí lo único que mejora es el Comandante”. Esa frase es, en verdad, la noticia más fácil de comprobar entre todas lo que se difunden a través de televisoras, periódicos, blogs, Facebook y Twitter. Cuba, más que un país, es una porción de ruinas rodeada de dudas por todas partes.
De ahí que Fidel, al incorporarse lentamente y echarse a andar, prefiera fijar la mirada en Irán, en Colombia o en cualquier otra parte donde no se vean las calamidades de su Estado. Llama la atención que el mismo individuo que siguió hasta el más mínimo detalle un proceso de repartición de ollas, ahora no quiera preguntarse qué cocinan sus compatriotas en ellas.
Fidel sabe que a sus espaldas tiene una nación inviable y, lo que es peor, incorregible. En sus manos están todas las cifras, pocos como él tienen una idea tan precisa de la catástrofe. Como si eso fuera poco, en Banes, a muy pocos kilómetros de su natal Birán, una cubana insurrecta ha cargado contra su dictadura.
Reina Luisa Tamayo no tiene tropas ni machetes, su única arma es el dolor de madre. ¿Cómo se combate contra eso?, debe preguntarse todos los días el experto guerrillero. Eso también explica por qué prefiere seguir mirando hacia Teherán. Allá nadie habla de ella.

14 ago. 2010

El yipi Burro

Su descripción no concuerda con la de Rocinante, pero muchos quijotes cabalgaron en él. El yipi Burro es un vehículo militar, ideado por los soviéticos para sus contiendas en Asia, Europa y África. Pero del otro lado del Atlántico, en Cuba, tuvo que enfrentar una batalla aún más compleja: la vida cotidiana de los cubanos.
Teñido de verde olivo, con cuatro puertas y una capota de lona, el yipi Burro fue capaz de vencer la más empinada de las lomas y el más anegado pantano; solo un obstáculo logró ponerle freno a su impulso: la inercia de un país que, como dijo un poeta, le exigió que no dejase de andar, porque en tiempos difíciles esa era, “sin duda, la prueba decisiva”*.
En la Escuela Provisional 162, en El Nicho, en una de las cimas del Escambray, un yipi Burro era nuestra única conexión con la realidad. Se iba los lunes y volvía los viernes al atardecer. Mientras tanto, el país, la familia y el mundo real era algo que ocurría en nuestra ausencia. Ah, pero cuando le oímos rugir del otro lado de las cascadas, imponiéndole su olor a gasolina a las montañas salvajes, todo cobraba sentido a nuestro alrededor.
El ruido del yipi Burro, solo eso necesitábamos para comprobar que seguíamos con vida.

12 ago. 2010

Borges tenía toda la razón

Carlos Pintado solo sueña que es Walt Whitman
y se pierde al final de cada viaje,
Juan Carlos Recio se construye un verano
en las más frías noches de Nueva York,
Odette Alonso se queja del teléfono de su madre
(nunca suena cuando en México D.F.
la neblina del ayer lo cubre todo),
Salvador Lemis huyó a una isla
que está dentro de un lago
que está dentro de una nube,
Sonia Díaz Corrales busca el olor a café
del otro lado de la tarde,
Eloy Ganuza se disfrazó de Buster Keaton
y desde entonces solo habla de la tristeza,
Margarita García Alonso me espera
en una estación de trenes en el Canal de la Mancha…

Hace años que no los veo,
ni siquiera sé qué tanto recuerdan
lo que yo ya he olvidado.
Pero oírlos decir esas cosas
en un muro
que ninguno se atreve a tocar,
me lleva de regreso a la tarde
en que no fuimos capaces de decir adiós
ni de entender el significado real de la despedida.
Borges tenía toda la razón:
No hay otros paraísos que los paraísos perdidos.

7 ago. 2010

Solo así

Al principio de la Revolución y al principio de la década del sesenta, Fidel Castro quería empujar al mundo a una guerra nuclear. Su euforia, sus testosteronas y su incalculable irresponsabilidad, lo pararon delante de todos a exclamar toda suerte de bravuconadas. Afortunadamente, John F. Kennedy y Nikita Kruschev se pusieron de acuerdo a sus espaldas.
A partir de ese momento, Estados Unidos le dio la palabra a la Unión Soviética de que no invadiría al estado socialista que habían declarado en sus narices. Si no hubiera intervenido en tantas guerras ajenas, Cuba habría disfrutado hasta la fecha de casi medio siglo de paz ininterrumpida. Suficiente para consolidar una nación próspera.
Pero no fue posible, los delirios de grandeza del Comandante en Jefe fueron increscendo y el país no salió de una para entrar en otra, hasta que llegó al siglo XXI convertido en una ruina inhabitable. Ni siquiera durante los años de la Guerra de Independencia, Cuba había sido tan improductiva. No hay excusas, eso Fidel lo tiene bien claro.
De ahí que hoy se apareciera en la Asamblea Nacional con un disfraz, mitad chaleco militar mitad piyama, con la noticia de que el mundo pende de un hilo y estamos al borde de una guerra nuclear. Eso es lo que él más quisiera. Solo así la historia lo absorbería.

¿Cómo no nos dimos cuenta?

El escritor Osdany Morales tiene una acertada teoría sobre nuestra tolerancia hacia la ridiculez de algunos artistas. Según él, muchas veces nos encandilamos con sus aciertos y pasamos por alto un montón de cursilerías y boberías. Pero llega un momento (sigo citando la teoría de Morales) absolutamente catastrófico, en que nos detenemos, miramos hacia atrás y nos llevamos las manos a la cabeza.
He tenido esa conversación con Osdany más de una vez y hemos coincidido en muchos nombres (como no tengo su permiso, no los menciono). A ambos nos llama mucho la atención la obra de cierto cineasta que, en un momento dado, se convirtió en un director de culto y todos (me incluyo) le celebrábamos cada una de sus gracias. Hasta cierta película, realmente pavorosa, en que nos devolvimos sobre su filmografía a destapar lo que antes habíamos encubierto.
Lo mismo sucede con un músico que, durante años, pasó innumerables gatos por liebres. Siempre encontrábamos una excusa para dispensarle sus necedades, sus versos “chichí” (que es, entre cubanos, el sinónimo más kitsch de la palabra kistch) y toda su estética old fashion. Pero ahora que el tipo tiene un blog, uno mira para atrás y dice, coño, pero si siempre fue así, ¿cómo no nos dimos cuenta antes?

4 ago. 2010

España desmonta a Franco del caballo

El Ministerio de Defensa de España arrancó de raíz la última estatua ecuestre de Francisco Franco. El monumento de bronce permanecía en el patio del cuartel Millán Astray de Melilla, sede del Tercio Gran Capitán I de la Legión. A las cinco en punto de la tarde, la efigie fue levantada en peso y llevada hasta un almacén.
Antes, una comisión de expertos del Ministerio de Cultura había certificado que el monumento carecía de todo valor histórico o cultural. Ningún criterio técnico justificaba su conservación. A partir de hoy, el dictador español por fin dejó de cabalgar por la memoria tangible de España.
El régimen cubano ha sembrado toda la isla con horrendas plazas, como si el bronce y el hormigón armado le pudieran asegurar la permanencia más allá d la memoria y el repudio de los cubanos. Llegará el momento en que, a punta de grúa, sean borrados cada uno de esos adefesios. Viviremos el día en que el olvido les de alcance.

Cañas al viento

En el colmado Naco, ese que está justo en la esquina donde nace la calle Tetelo Vargas, hay un hombre que dice adiós todas las tardes. A partir de la seis se le puede encontrar allí, con una botella de ron en una mano y las piernas entreabiertas (en procura del mayor agarre al suelo), despidiéndose de todos los que pasan.
En las Cuatro Esquinas de Manicaragua, esa coordenada donde confluyen todas las salidas del pueblo, Setién le decía adiós a los que pasaban en cualquiera de las direcciones. El borracho dominicano, como el cubano, es largo y flaco. Pero hay un punto donde su largura se dobla, como una caña al viento.
Un día Setién desapareció y, es casi seguro, ninguno de los viajeros que pasaban en dirección a Santa Clara, Cumanayagua o Trinidad le echó de menos. En honor a la verdad, los cuatro puntos cardinales de aquella esquina se veían más pulcros sin él. Algo semejante ocurrirá con el borracho del colmado Naco.
Aun así, sus grotescos ejercicios de equilibrio, sus manotazos al aire y el olor que le sacan a cada botella, serán recuperados; siempre aparece alguien que los reemplaza, nunca falta quien se identifica con sus pesares y los encarna.