En el verano de 1989 se celebró en el mundo entero el bicentenario de la Revolución Francesa. Empujado por la apoteosis, me obsesioné con la fecha. Leía todo lo que caía en mis manos sobre aquellos personajes que cambiaron al mundo. Llegué, incluso, a montar algunas escenas de Marat/Sade, la obra de Peter Weiss, en uno de mis ejercicios de dirección en la Escuela de Arte de Cubanacán.Una edición monográfica que el Correo de la Unesco hizo para la ocasión, desapareció en horas de los estanquillos de La Habana. Por eso le mandé un telegrama a mi padre para que tratara de conseguírmela en Manicaragua. Cuando la tuvo en sus manos, quedamos en que me lo llevara a Camarones, durante los días que pasaría allí de vacaciones.
En cuanto llegó en su Dodge 1500, nos fuimos para la “esquina” a celebrar el rencuentro. Pero sólo había algunas botellas de Havana Club 7 años, arrumbadas encima del viejo refrigerador del Bar Arelita. No nos quedó otro remedio que pagar los siete pesos que valía aquel lujo. La etiqueta estaba comida por las cucarachas y llena de cagadas de moscas.
Hace unos días un amigo me dio a probar un Havana Club 7 años. Por un momento pensé que aquel trago me llevaría de regreso al verano de 1989. Pero el líquido crudo y aguardentoso solo sacó de mí una rara mueca. De mutuo acuerdo, decidimos refugiamos en una botella de Cubaney que me había regalado Pedro Ramón López.






