Arturo Arango ha invertido 6,761 caracteres (contando los espacios) en resumir a Cuba y su circunstancia. Durante meses he buscado esas palabras. Hace tiempo quería saber qué pensaba Arturo de todo eso y ahora, que por fin lo he conseguido, hubiera preferido no haberlo encontrado. Lo admito, estoy decepcionado. A lo mejor no se podía esperar tanto, pero no tan poco.
Al principio me vi tentado a señalar en bullets mis desacuerdos con el texto publicado en El País, que son muchos, pero me parece más útil poner el link y contribuir a su difusión. Solo hay una cosa que no puedo pasar por alto. Este post se debe a ese reclamo. Hacia el final de su texto, Arturo propone dos condiciones para “ir avanzando hacia un consenso lo más inclusivo posible”.
La segunda es “que el Estado cubano pueda establecer un diálogo real, no paternalista, en el que participe la totalidad de los cubanos y en el que los jóvenes puedan ejercer el protagonismo que ellos y nosotros necesitamos”. (No me queda claro si ese párrafo recrea algún pasaje del Congreso de la UJC o si es de la total inspiración de Arturo).
La primera, “que desaparezcan las presiones externas que, lejos de favorecer, entorpecen, paralizan las transformaciones tan deseadas que deben realizarse en la Isla, no solo porque representan acciones inaceptables de injerencia, sino, sobre todo, porque desconocen los verdaderos intereses de los cubanos”.
Arturo le dedicó una novela a las bases de entrenamiento de guerrillas que el Gobierno cubano mantuvo, por décadas, para fomentar la insurrección en países gobernados por dictaduras. Él conoce de sobra dónde aplica el término injerencia y dónde no. Aún así, quiero recordarle que la inmensa mayoría del repudio mundial contra el régimen es promovido por los propios cubanos. Quiero creer que él reconoce en ellos el derecho y la responsabilidad del luchar desde el exilio por el futuro de su patria. Quiero creer eso.