08 enero 2026

Gracias otra vez, Iván Cañas

Ferrocarriles de Cuba (1965), © Iván Cañas. Foto tomada en la
antigua estación de Caibarién del ferrocarril Caibarién-Morón.

Les presento la cubierta de Carta de porte, mi nuevo libro de poemas y última pieza del tríptico que también componen Estación del Norte y Extraños. Ayer por la tarde, después de dar por concluidas las labores en Los mudos de la montaña, Leonardo Orozco —el diseñador de la colección— y yo admitimos que no estábamos conformes con lo que teníamos para Carta
Era el recibo del envío que hice, desde Camarones hasta mi casa en La Habana, de la máquina de coser Singer de mi abuela. Ya incapaz de c
oser, quería aprovechar su esqueleto como mesa. El documento tiene para mí un valor incalculable, pero no acababa de verse bien en la cubierta.
—Yo sé que tú encontrarás lo que va ahí —me dijo Leonardo—. Busca bien a tu alrededor.
Inmediatamente di con ella. La tenía justo a mi lado. Fue un regalo que me hizo Iván Cañas: una foto inédita suya de un furgón de expreso de los Ferrocarriles de Cuba. El día que me la dio, nos dimos todos los abrazos que nos debíamos y nos bebimos una botella de Brugal en el muellecito que él tenía en Miami.
Antes, otra fotografía que Iván me había regalado sería la portada de Contratiempo, un libro de poemas que nunca publiqué y que acabó formando parte de Papel carbón. Me hace muy feliz poder saldar esa vieja deuda con uno de los fotógrafos cubanos que más admiro.
Gracias otra vez, Iván Cañas. Cuánto me gustaría celebrar esto contigo en el muellecito.

07 enero 2026

LOS MUDOS DE LA MONTAÑA ya está disponible en Amazon


Inspirado por Fitzcarraldo, la película de Werner Herzog, un joven periodista pide ser enviado a un lugar remoto por algunos meses. Lo destinan al Escambray, una región donde veinte años atrás hubo una guerra de la que ya no se habla. Su misión es escribir sobre la vida campesina, pero en las montañas descubre silencios, traiciones y lealtades que lo marcarán profundamente.
A la vez, asistimos a la vida que, antes de viajar, compartía con su novia en una Habana luminosa y febril. Allí convive con figuras de la cultura y jóvenes artistas que se refugian en el arte y la creación para escapar de la realidad y la épica oficial. Entre la intensidad habanera y los secretos del monte se trenzan memoria, deseo y pérdida.
Los mudos de la montaña transcurre en la Cuba de los años ochenta, cuando el derrumbe era ya inminente, en vísperas de la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética. Es el retrato de un país al borde de una mutación irreversible y de quienes, sin advertirlo, sostenían allí utopías individuales y colectivas.

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