30 may. 2008

Acuse de recibo

Hoy he vuelto a ver un cartero en persona. Por mucho tiempo creí que ese era un oficio extinto. Daba como un hecho que los modernos servicios de mensajería habían forzado la desaparición de ese individuo que, de silbatazo en silbatazo, nos advertía de su presencia y de las buenas nuevas que cargaba en su alforja.
El último cartero que conocí fue el del Paradero de Camarones. Isidro era un hombre zambo y lentísimo que recorría mi pueblo con las manos llenas de periódicos del día anterior, revistas de la semana pasada y publicaciones soviéticas de quinquenios vencidos. Isidro andaba en una yegua que lucía más cansada que él y llamaba a todos con una misma frase: “¡Preeeeensa!”.
Estaba lloviznando y el cartero llamó una sola vez. Me trajo un sobre de Manila que enviaron desde Barcelona. Mi nombre y la dirección aparecían escritos justo debajo del logo de Tusquets Editores. Abilio Estévez cumplió su palabra. Ya tengo en mis manos El navegante dormido.
Esto me obliga a detener al menos por una semana la lectura de El autobús perdido, una obra de John Steinbeck que encontré el supermercado, justo al lado de una oferta de vinos de California, que es donde sucede la historia. Me sedujo la coincidencia y la portada, que tiene una foto bellísima de una vieja "camberra", aquellas ruidosas guaguas que iban de Cienfuegos a San Fernando.
Más adelante les comento qué me pareció la novela que pone fin a “la triología cubana de Abilio Estévez”. Ahora sólo hago el acuse de recibo, mientras comparto mi alegría por haber visto otra vez a un cartero en persona.

29 may. 2008

Isabela de Sagua

Imitación de R. F. Burton, con dos líneas de Reinaldo Arenas

La Estación de Isabela de Sagua tiene un cartel donde dice que el pueblo se llama Concha. En casi dos siglos nadie corrigió el equívoco. Sólo Eloy Aparicio, el antiguo Jefe de Estación, se preocupaba de advertir a los viajeros.
–¡Han llegado a Isabela de Sagua! –Le gritaba a los recién llegados–. ¡Dice Concha, pero es Isabela de Sagua!
Aparicio se jubiló al cumplir los setenta años. Tenía sacro lumbalgia y los médicos le indicaron reposo. Pero no pudo dejar de correr al andén cada vez que oía al tren pitando por las salinas. Tres veces al día el pequeño anciano cumplía rigurosamente con aquella misión que nadie le había asignado.
–¡Han llegado a Isabela de Sagua! –Gritaba con puntualidad, sin importar aguaceros o frentes fríos–. ¡Dice Concha, pero es Isabela de Sagua!
En octubre pasado un ciclón destruyó lo poco que quedaba de la Venecia de Cuba. Las ruinas de las inmensas casas de maderas que aún se sostenían por los canales del pantanoso lugar, fueron arrastradas con facilidad por los fuertes vientos. El pueblo, que carecía de plataforma, se hundió en el mar entre un fragor de gritos de protesta, de insultos, de maldiciones, de glugluteos y de ahogados susurros.
Aparicio fue uno de los pocos que logró sobrevivir. Se levantó en cuanto aclaró el día. Con un par de vistazos a su alrededor pudo comprobar que ya no le quedaba nada en este mundo. Pero aún así, no pudo resistir la tentación de correr cuando oyó, vago, perdido en el cielo todavía lleno de nubes, el primer pitazo.
–¡Vuelvan! ¡No han llegado a ninguna parte! –Gritaba–. ¡Aquí no queda ni Concha, ni Isabela de Sagua!

28 may. 2008

Marx es inocente

En la prensa dominicana suele calificarse a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) como “guerrilla marxista”. En este caso, como en muchos otros, Carlos Marx es inocente. Nada más lejos del ideólogo alemán que esa banda terrorista que extorsiona, trafica y asesina contra el gobierno democrático más popular de América Latina.
Según la más reciente encuesta de Gallup, Álvaro Uribe goza en estos momentos de una popularidad superior al 80%, muy por encima, por ejemplo, de su vecino Hugo Chávez, quien tiene cerca de un 30%. Chávez, sin embargo, es el principal aliado de las FARC en la región y, según pruebas encontradas en el ordenador de un cabecilla insurgente, una vital fuente de subvención.
El más importante mensaje de Carlos Marx a sus correligionarios era que siempre fueran dialécticos y que tuvieran la capacidad de asimilar los cambios que se produjeran en la historia para que luego pudieran cambiarla a ella. Cuando uno oye a los viejos comunistas dominicanos defendiendo a la FARC con una retórica inverosímil hasta para ellos mismos, vuelve a pensar en Marx, a exculparlo. Él nunca tuvo las más mínima idea de los horrores que se llegarían a cometer en nombre de sus ideales.

20 may. 2008

Sin evasión

De izquierda a derecha: Camilo Venegas, Avelino Stanley, Zoé Valdés,
Alejandro Arvelo y Marino Berigüete.
Hace unos días corroboré una vieja sospecha. El cobarde acto de repudió que se orquestó en la Feria del Libro de Santo Domingo contra Zoé Valdés, contó con la complicidad de una poetisa dominicana. Omar Córdoba, el ex-embajador cubano, tuvo una eficiente secuaz en esa escritora.
Recuerdo que dos días antes de la presentación de Zoé, Avelino Stanley me llamó para transmitirme un mensaje de José Rafael Lantigua. “Asere, estás a tiempo y tienes todo el derecho. Si quieres evitarte un problema, no presentes a Zoé”, me dijo el viceministro de parte del ministro. En ese momento pasaron por mi cabeza los recuerdos muy precisos que aún tengo de los actos de repudio en mi pueblo.
Sólo recordaré uno, el más triste de todos. Mi maestra de prescolar, quien me enseñó a cantar el himno y a entender los significados de la bandera, fue arrastrada por las calles de Manicaragua como en los tiempos de las Brujas de Salem. Ella no robó ni cometió ningún delito. Le pegaron, la escupieron y le tiraron huevos podridos por el solo hecho de preferir el exilio.
“Hasta hoy yo lo iba hacer por ustedes. Ahora lo quiero hacer por mí”, le respondía a Avelino. El acto de repudio fue tan burdo, que no tuvo ninguna trascendencia, más bien le “regaló” a Zoé Valdés los titulares en la prensa por varios días y un aumento considerable en la venta de sus obras.
Cuatro o cinco gatos se quedaron afuera, disfrazados de esperpentos "bolivarianos" y con los bolsillos llenos de piedras y huevos. Sólo dos o tres lograron entrar al salón del Teatro Nacional. Sus intervenciones fueron penosas. Era obvio que no habían tenido tiempo de aprenderse el guión que les habían preparado el ex-embajador y la poetisa.
Omar Córdoba tuvo que ser sustituido después del escandaloso incidente. El único pago que recibió por sus acciones injerencistas, es la forma en que lo recuerdan los dominicanos. De la poetisa tampoco hay mucho que decir; la mejor manera de comprobar la calidad de sus versos, es leyendo sus actos.

19 may. 2008

Volver a Las Villas

Umberto Eco publicó el año pasado una extraña compilación de pesimismos: A paso de cangrejo. Artículos, reflexiones y decepciones, 2000-2006. En el prefacio del volumen (donde se reúnen textos que hacen referencia a “acontecimientos políticos y mediáticos”, fundamentalmente), Eco usa a los mapas para demostrar su teoría de que avanzamos hacia atrás.
Según el escritor, con la caída del muro de Berlín, los editores de atlas tuvieron que desechar todo los ejemplares que tenían almacenados “e inspirarse en los publicados antes de 1914, con sus mapas de Serbia, Montenegro, de los estados bálticos…”.
Hace unos días, Iván Pérez Carrión y yo tuvimos una discusión sobre el mapa de Cuba. Iván, que lo recuerda casi todo, había olvidado que alguna vez la ciénaga de Zapata fue parte de la antigua provincia de Las Villas. Tuvimos que ir hasta el estudio de Luis González Ruisánchez, donde cuelga una isla entera, para salir de dudas.
Recuerdo que cuando se dividieron las 6 provincias originales (Oriente, Camagüey, Las Villas, Matanzas, La Habana y Pinar del Río), sucedieron cosas tan absurdas como la de una mujer que vivía en lo más intrincado del Escambray y su pequeña finca quedó partida en tres por Sancti Spíritus, Villa Clara y Cienfuegos.
En el Paradero de Camarones, mi pueblo, los que viven en la cuneta sur de la carretera de San Fernando, tienen que ir a la OFICODA de Palmira; a sus vecinos de enfrente, les toca la de Cruces. Ya han pasado casi treinta años de aquella repartición y aún hay muchos que no se acostumbran o no la entienden. Ellos prefieren volver a Las Villas, aunque sea a paso de cangrejo.

Ocho onzas de tasajo

El viejo La Fayé nunca en su vida había oído el nombre de Manuel Moreno Fraginals. Al cabo de treinta años como maestro puntista se acaba de enterar de que ese tal Fraginals era el hombre que más sabía de azúcar en Cuba y que escribió un libro llamado El ingenio.
Todavía faltan tres horas para que llegue el mediodía y ya todo está ardiendo. El viejo La Fayé lo único que tiene en el estómago es un pedazo de pan que sobró de ayer y un vaso de refresco de naranja agria. “No había más ná”, piensa mientras el cítrico se ensaña con su úlcera.
El aula fue construida dentro del coche Pullman, el antiguo vagón de los dueños del ingenio. Ya no queda nada de todo el lujo que hubo en su interior. Ni las lámparas de araña, ni la vajilla del alquimista alemán Friedrich Böttger, ni los muebles de maderas preciosas. Lo único que permanece es el armazón oxidado, revestido por dentro con tablas de bagazo y adornado por fuera con un cartel de letras góticas: Cursos de Superación para Trabajadores Azucareros.
En la zafra de 2002 fueron clausurados 84 centrales azucareros en toda Cuba. Los obreros y los trabajadores agrícolas de esas industrias fueron enviados a estudiar.
“Por primera vez se pone en práctica el concepto del estudio como empleo, y seguramente uno de los más importantes empleos. Un contingente de varios miles de trabajadores azucareros, excedentes, podemos decir, como consecuencia de la reestructuración de la industria azucarera, se inicia en un ambicioso y grandioso programa de superación”, dijo Fidel Castro en el acto inaugural del curso.
Mientras el calor y el ácido de la naranja agria desvanecían el cuerpo del viejo La Fayé, el maestro comentaba el capítulo Trabajo y sociedad de El ingenio.
−Como pueden ver −dijo el maestro mirando por una de las ventanillas del vagón, como si deseara que aquel hierro varado se pusiera en marcha−, las raciones diarias para los negros esclavos del camino de hierro Habana-Güines eran de ocho onzas de tasajo, ocho plátanos y dieciocho onzas de harina de maíz…
−Oiga, maestro −dijo el viejo La Fayé quitándose el sudor de encima con las dos manos−, ahora mismo, por ocho onzas de tasajo, yo solito chapeo la línea de aquí a Palmira y después me dejo dar cien latigazos.

18 may. 2008

La carta negra de Marta Rojas

Al parecer Marta no siempre fue “roja”. Así lo atestigua una carta fechada el 24 de abril de 1957, donde le hace llegar “un mensaje de felicitación y cariño” a Fulgencio Batista. “Se portó usted valiente y grande y sigue amplio y generoso, lo admiro'”, le dijo Rojas al dictador, después que se frustrara el asalto al Palacio Presidencial encabezado por José Antonio Echevarría y el Directorio Revolucionario.
“He esperado hasta hoy para hacerle estas líneas desde el pasado 13 de Marzo, porque no quería que mi mensaje se perdiera entre los múltiples que usted estaba recibiendo”, afirma la periodista, apenas cuatro días después de los sucesos de Humboldt 7, donde fueron asesinados cuatro sobrevivientes del fallido asalto: José Machado Rodríguez, Juan Pedro Carbó Serviá, Fructuoso Rodríguez y Joe Westbrook.
Una copia del documento fue entregada a El Nuevo Herald por Osvaldo Fructuoso Rodríguez. “He conservado esta carta por muchos años, pero pienso que ya es hora de que comencemos a contar la historia reciente de Cuba con la más plena verdad”, dijo Osvaldo, quien es hijo del mártir.
Según un reportaje de Wilfredo Cancio Isla, publicado en el Nuevo Herald, el documento en poder de Rodríguez pertenece al “Fondo de la Secretaría de la Presidencia, Legajo 23 No. 5, que fue hallado en los archivos de Batista en los primeros años de la revolución castrista”.
En el penúltimo Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), Marta Rojas pidió que La historia me absolverá, alegato de Fidel Castro en el juicio que se le siguió por asaltar el Cuartel Moncada, fuera considerada una “obra trascendental de la literatura cubana”. De ser cierta su carta a Fulgencio Batista, la UNEAC misma debería declararla una de las páginas más infames y bochornosas escritas en Cuba, tanto en la ficción como en la realidad.
Fascimilar de la carta de la periodista Marta Rojas al dictador Fulgencio Batista.

15 may. 2008

Pascual Tartavull

Pascual Tartavull es un negro de seis pies que fue maquinista del central Espartaco 40 años y doce días. Él los lleva uno por uno en su cabeza y a cada rato se los recuerda a Chicho Iznaga, que perdió la cuenta del tiempo que pasó colgado del último vagón, protegiendo la cola del tren que buscaba las cañas de Manaquitas.
Por las tardes, sin que nadie lo vea, Tartavull se va al final del patio del ingenio y se sube en las ruinas de su locomotora. Su asiento aún está intacto, pero el cundiamor ya empezó a trepar por la máquina y casi no se ve nada a su alrededor.
La 1326 tenía fama de ser la locomotora que más fuerza tenía en Espartaco. Tartavull siempre estuvo arriba de ella con la estopa y el lubricante. Sus bronces aún hoy, hundidos en la maleza, relumbran. Cuando Tartavull se sube en las ruinas de su locomotora revisa que todo esté en orden. Él sabe que nunca más volverá a moverse, pero al menos no quiere que se la roben a pedazos, como pasó con la 1328 y la 1329.
La 1326 llegó a Cuba en 1895 y fue a buscar el último tren de caña el 28 de enero de 2002. 40 años y doce días después que Tartavull se subió en ella por primera vez. El 16 de enero de 1962, Benny Moré todavía estaba vivo, aún vendían Bacardí en la tienda del pueblo y por la cabeza de nadie podía pasar que el ingenio Hormiguero, nada más y nada menos que el ingenio Hormiguero, se convertiría en un amasijo de hierros inservibles.
El hombre y la máquina están solos en medio de la tarde. Por la escotilla de la caldera se oye un silencio que molesta. Por última vez el negro se pone de pie y revisa el interior de la estrecha cabina donde sudó la gota gorda zafra tras zafra.
−Bueno, nos vamos −le dijo el hombre a la máquina y jaló de la cuerda del silbato. Sólo él escuchó aquel estremecedor pitazo que se repitió una vez más, para confirmar que el tren se pondría en movimiento.
Encorvado, producto de una hernia discal y la artrosis, Pascual Tartavull avanza a toda velocidad, moviendo los brazos como un molino, quitándose de encima el cundiamor y las zarzas que dentro de poco no le dejarán llegar hasta su locomotora.

14 may. 2008

El zoológico de cristal

En el batey del ingenio Hormiguero había un zoológico. Al final de un laberinto de hiedras y arbustos desconocidos, estaban las jaulas. Como una de las hijas de don Fernando De la Riva padecía de claustrofobia y aborrecía cualquier tipo de encierro, tuvieron que retirar los balaustres y en su lugar pusieron gruesos cristales.
Un león de los pantanos del Okavango, un tigre siberiano, un oso pardo y una infinidad de monos procedentes de las más remotas latitudes, permanecieron allí por años. El zoológico de cristal del ingenio Hormiguero fue la gran atracción de la zona y el trasfondo de innumerables fiestas de quinces y bodas.
En la noche, los rugidos de aquellas fieras se escuchaban aún más alto que el ruido incesante de la maquinaria del ingenio. Nunca le faltó nada a ninguno de aquellos animales. Cada semana se sacrificaba un toro para los felinos y en el tren de la madrugada, con toda puntualidad, llegaba desde La Habana una caja con salmones de Alaska para el oso.
Cuando la familia De la Riva abandonó el país, a mediados de 1960, le fue imposible cargar con sus fieras. El león del delta del Okavango, el tigre siberiano, el oso pardo y la infinidad de monos pasaron a formar parte de los bienes intervenidos por el Gobierno Revolucionario.
Muy poco tiempo después el oso tuvo que acostumbrarse al sabor a tierra de las biajacas. El león y el tigre aprendieron a comer del mismo salcocho que les daban a los cerdos. La mayoría de los monos se murió de una enfermedad fulminante y los que quedaron fueron desapareciendo poco a poco.
El los días más tensos de la zafra del 70, hubo un problema con el abastecimiento de comida y el central amaneció sin nada que echarle a los calderos para el almuerzo. De inmediato alguien dio la orden de que se sacrificaran las fieras del zoológico. El asunto se manejó con tanta discreción, que ninguno de los obreros supo que aquel fricasé era de tres carnes: león, tigre y oso.
Pocos días después, el nuevo administrador del central hizo que colgaran la cabeza disecada del león en su oficina, entre una foto de Camilo Cienfuegos y otra de Ernesto Guevara. Los tres, tanto el felino como los guerrilleros, lucían unas melenas impecables.

13 may. 2008

De cuerpo y alma

La Fundación Mapfre (http://www.fundacionmapfre.com/) ha cargado con 33 obras (12 bronces, 3 mármoles y 18 yesos) de Auguste Rodin para exhibirlas en Madrid. Cada una de esas esculturas es una prueba convincente de que, a finales del siglo XIX, Europa vivía desnuda de cuerpo y alma.
Desde el poema más breve hasta el edificio más voluptuoso, todo en aquel tiempo remitía al sexo. Mientras Sigmund Freud acostaba a Occidente en un diván para sicoanalizarlo, Gustav Klimt y Egon Schiele dejaban una escandalosa constancia de lo que sucedía a su alrededor.
Rodin, por su lado, hizo el amor, una y otra vez, a punta de cincel. Por eso sus cuerpos ahora son testigos de excepción del mundo que una década después sería borrado a cañonazos. Hombres y mujeres fueron forzados a vestirse y a combatir de un lado o del otro. Nunca más volvieron a ser los mismos después que regresaron de los campo de batalla.
De los amantes de Klimt y de las lesbianas de Schiele sólo quedaron sus siluetas inmóviles. Cualquiera de ellos pudiera ser quien grita horrorizado en un lienzo de Edvard Munch. A partir de entonces el continente no pudo volver a ser tan descaradamente libre. Es eso lo que nos dicen una y otra vez esos amantes de piedra que Mapfre llevó a Madrid con la intención de darnos envidia a todos, allá y aquí, en el pasado, en el presente y en el futuro.

12 may. 2008

La isla baldía

Las ruinas del central Perseverancia (Primero de Mayo) vistas desde el cielo.
A la izquierda, antiguos cañaverales convertidos en tierra baldía.
Fidel Castro se confesó un enemigo acérrimo de la producción de etanol a partir de la caña de azúcar. Esa aversión la dejó por escrito en una de sus presuntas Reflexiones. Es entendible, de estar de acuerdo con los biocombustibles, el Comandante tendría que explicar antes por qué Cuba no previó esa oportunidad de oro y desmanteló su industria azucarera.
En el documental “deMoler” (2004), realizado por el joven cineasta Alejandro Ramírez, se revela la vida cotidiana en los pueblos fantasmas que sobreviven en los sitios donde antes hubo importantes ingenios. Los propios obreros que acometen la labor destructiva, confiesan que no están de acuerdo con lo que hacen.
“deMoler” es el verdadero epílogo de la Zafra de los Diez Millones, pero es también el mejor epitafio que se le pueda escribir a la industria azucarera cubana, ese sistema sociocultural que definió Manuel Moreno Fraginals. “Si azúcar no hay país”, decían Los Compadres a dos voces, mientras Lorenzo Hierrezuelo imitaba el sonido de una locomotora de vapor.
Desde Google Earth se pueden apreciar, una por una, las ruinas de los ingenios demolidos. Aunque parecen objetivos bombardeados, no son más que los esqueletos de una economía moribunda, inoperante. A su alrededor, cientos de caballerías de tierra sin cultivar se extienden en todas direcciones.
Su isla baldía, eso es lo que quiere esconder el anciano líder cuando desvía la atención con sus Reflexiones… en el hipotético caso de que sea él quien en verdad escribe, o al menos el que dicta.

Los firmantes, abajo

“Puro oportunismo, sí, y pura cobardía”, así define Pablo Milanés la actitud de los intelectuales cubanos que ahora ovacionan los cambios que se producen en la isla y que, hace apenas cinco años, apoyaron con su firma el fusilamiento de tres jóvenes.
Pablo recordó que él estuvo entre los pocos que se negaron a suscribir el documento que intentó legitimar el ajusticiamiento a menos de 72 horas de celebrado el juicio. En declaraciones al diario español El Periódico, el autor de “No ha sido fácil” aseguró que siempre dijo lo que pensaba sobre la liberación de los presos y los fusilamientos.
En más de una ocasión en la entrevista, Milanés lamentó la inconsecuencia de los intelectuales cubanos que “cambian de postura”. El músico agregó que esas mismas personas que apoyaron los fusilamientos de Lorenzo Enrique Copello, Bárbaro Leodán Sevilla y Jorge Luis Martínez, “suscribieron la condena de largos años de prisión a 75 disidentes y opositores pacíficos”.
“Ya entonces dije lo que tenía que decir. Y ahora, que algunos de estos presos están a punto de salir de la cárcel, son muchísimos los que cambian de postura”, dijo Milanés tajante. La última frase de la última canción del último disco de Pablo abre y cierra dos signos de interrogación: “¿Ha valido la pena?/ Pregunto, no sé./ ¿Ha valido la pena?/ Respondo, no sé”.

LOS 27 QUE FIRMARON
Alicia Alonso, Miguel Barnet, Leo Brouwer, Octavio Cortázar, Abelardo Estorino, Roberto Fabelo, Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Julio García Espinosa, Fina García Marruz, Harold Gramatges, Alfredo Guevara, Eusebio Leal, José Loyola, Carlos Martí, Nancy Morejón, Senel Paz, Amaury Pérez, Graziella Pogolotti, César Portillo de la Luz, Omara Portuondo, Raquel Revuelta, Silvio Rodríguez, Humberto Solás, Martha Valdés, Chucho Valdés y Cintio Vitier.

9 may. 2008

Muertos de la risa

Hace poco un amigo me preguntó cuáles eran, para mí, las diferencias más claras entre el sentido del humor dominicano y el cubano. Por un momento, la conversación se tornó muy compleja y hubo que desmenuzarla en regiones e idiosincrasias. Aunque, al final, tuvimos que volver a ese punto donde siempre confluyen las risas y carcajadas de ambas naciones: La tremenda corte.
Cuando yo nací, ya en Cuba no se podían pronunciar en voz alta los nombres de Pototo y Filomeno. Ambos habían sido excomulgados y borrados del mapa de la cultura nacional junto a Chicharito, Sopeira y Álvarez Guedes, entre muchos otros. Sólo se les mencionaba en voz muy baja, de casualidad o cuando algún artista, aprovechándose de su ausencia, los imitaba.
Yo me enteré de su existencia la primera vez que me abotoné mal mi camisa de pionero. “Arréglate eso –me dijo mi abuela Atlántida–, mira que te pareces a Pototo”. Obviamente no entendí lo que me decía y ella, por precaución, tampoco quiso explicarme. Cincuenta años después de su partida, Cuba aún conserva una frase para combatir a los bromistas: “¡No te hagas el gracioso, que tú no eres Tres Patines!”
Respecto al humor, República Dominicana y Cuba tienen otra cosa en común. Ambos países poseen una capacidad infinita para reírse de sí mismos. Toda calamidad nacional encuentra de inmediato una solución humorística. Da lo mismo que sea una crisis económica o una devastadora gripe, siempre hay un genio anónimo dispuesto a bautizar cada suceso con los más sarcásticos calificativos.
Tanto dominicanos como cubanos son también agudos cultivadores del humor político. Incluso muchos chistes, como el del longevo galápago, se cuentan de manera idéntica (lo único que cambia en ellos es el protagonista: aquí es Balaguer y allá, Fidel). Aunque, en honor a la verdad y gracias a la censura, los cubanos han sacado cierta ventaja en esto. Si los episodios de Pepito y el Comandante en Jefe fueran llevados al cine, podrían convertirse en una serie tan exitosa como la de Astérix y Obélix.
Hace poco oí decir que Guillermo Álvarez Guedes era uno de los más grandes antropólogos cubanos. Es cierto que en esa infinidad de chistes están las claves de lo que, en sus indagaciones, Jorge Mañach llamó choteo. Pero si de antropología del humor cubano se trata, hay que revisar de arriba a abajo la obra de Samuel Feijóo, un poeta villareño que deambuló por los campos de su provincia copiando las cuartetas, décimas y cuentos que guardaban en su memoria los campesinos.
La gran mayoría de ellas se publicaron en incontables volúmenes y revistas. Otras, por razones obvias, tuvieron que se calladas. Reproduzco aquí una décima anónima que Feijóo salvó del olvido, pero que nunca pudo ser revelada. Ella prueba la audacia y el talento de esos guajiros que jamás leyeron a Cervantes y que aún no saben quién es Quevedo:
“En tiempos del batistato
me dijo un guajiro un día
que si Batista caía
andaba un mes si zapatos.
Pasó aquel gobierno ingrato
de estirpe malvada y cruel
y el mismo guajiro aquel
me dijo a mí, compañero,
yo andaría un año en cueros
si se cayera Fidel”.
Como dijo el más lúcido de todos los Marx, Groucho, “las bromas son más efectivas que las bombas para resolver grandes conflictos”. Esa puede ser la razón por la que en nuestras islas la gente prefiera morir, por encima de cualquier otra causa, de la risa.

8 may. 2008

Los vínculos

La prensa colombiana ha reseñado con insistencia los vínculos de las Fuerzas Armadas de Colombia (FARC) con el líder comunista dominicano Narciso Isa Conde. El stand de su movimiento en la Feria del Libro de Santo Domingo tiene una inscripción: “Somos amigos de la FARC”, dice con insolencia, con descaro.
Hace unos siete años entrevisté a José Saramago. El encuentro fue en lo alto de un hotel, dentro de un bar con vista al Caribe. Nuestra conversación se extendió más de lo planeado y quien le servía de edecán al escritor nos interrumpió amablemente. En la mesa más apartada del sitio, Isa Conde esperaba impaciente por el Premio Nobel.
Durante mucho tiempo me he preguntado qué conversaría el autor de Ensayo sobre la ceguera con un individuo tan fundamentalista y retrógrado. Aún hoy puedo reconstruir aquel escenario hasta el más mínimo detalle. Ni siquiera necesito repasar las excelentes fotografías que hizo Miguel Gómez. 
Me gustaría creer que en ningún momento se habló sobre las tácticas para mantener el terrorismo en las selvas de Colombia.

6 may. 2008

Permiso de Salida

Cuba es una isla, pero sus límites no están en las aguas del golfo. Mi país se acaba en una línea roja. Es demasiado estrecha, pero basta para delimitar 114,525 kilómetros cuadrados de tierra. Todo cubano que cruza ese paralelo imaginario que hay en el aeropuerto José Martí de La Habana, se sabe del otro lado.
En otras partes, cuando alguien se despide, anuncia que se va de viaje. Los cubanos, en cambio, decimos que nos vamos para “afuera”. Ni siquiera es algo que podemos pronunciar en voz alta, todo no es más que en un susurro, un siseo contra uno mismo.
No viajamos, salimos. No nos movemos, partimos. Por eso la estampa que nos endosan en el pasaporte lo deja bien claro: Permiso de Salida. El sello atraviesa el documento de lado a lado, fijando unas fechas demasiado precisas e inapelables.
En el Artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos hay una línea que copio textualmente: “Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”. Cuba, para los que nacen en ella, es como uno de esas rondas de infancia en las que el perdedor, o el que la abandona, no entra más.
Durante décadas, sobre todo entre los intelectuales de adentro y de afuera, se ha hecho un esfuerzo ingente para que las autoridades cubanas erradiquen una de las medidas más denigrantes de la Revolución. Pero nada se ha podido.
En Dos Cubalibres: Nadie quiere más a Cuba que yo, Eliseo Alberto cuenta su regreso a la Isla. “Un hombre sin país es un náufrago –dice Lichi Diego con una voz pausadísima, que cada vez se parece más a la de su padre–; un escritor sin lectores nacionales (naturales), el mismo infeliz, sólo que más solo. Opinar desde el exilio se parece a gritarle al horizonte o a la luna. Rebota el eco.
El murmullo del silencio se mezcla con el rumor de la marea. Uno acaba ronco, desbaratado y lo que es peor, indiferente. Apenas queda el consuelo de lanzar mensajes en botellas. El mar se traga los frascos". Durante años, la Revolución le negó al escritor el derecho a volver a la casa de su madre y a la tumba de su padre.
Al final, después de extensos cabildeos, le permitieron hacer el vuelo hasta Rancho Boyeros con una condición: permanecer en el más absoluto de los anonimatos y no asistir a ni una sola actividad pública. Lichi, por supuesto, aceptó. Al fin y al cabo, como tantas veces dijo Bola de Nieve: "No se puede tener conciencia y corazón".
Raúl Rivero se fue de La Habana con dos años de Permiso de Salida en el bolsillo. Aunque todos sabemos que el día de su regreso no depende de una fecha sino de un suceso. Raúl, como millones de cubanos, esperará con paciencia a que un suceso y no un cuño le permita el regreso a su patria.
“¡Qué ganas tengo de crecer… de hacerme adulta y que me dejen salir y entrar de casa sin permiso!”, puso Yoani Sánchez en su blog, después que le negaran la posibilidad de viajar a España. El último post de Yoani no habla de viajes sino de comida. En el borde de su balcón, un pequeño pan fue retratado. Al fondo, la Plaza de la Revolución se ve fuera de foco. Allí, desde siempre, las auras tiñosas parecen aviocitos que giran sin parar sobre el futuro mausoleo.

La Generación Y no tiene salida

Yoani Sánchez, la joven cubana que mereció el Premio Ortega y Gasset de Periodismo por su blog “Generación Y” (www.desdecuba.com/generaciony), no podrá viajar a Madrid a recibir el galardón. El Gobierno de la Isla le ha negado el “permiso de salida”, ese oprobioso salvoconducto que precisan los ciudadanos cubanos para llegar o irse de su propia patria.
A pesar de todas las restricciones impuestas al acceso a Internet en Cuba, Yoani ha sido capaz de mantener un blog desde un edificio donde se ve lo indispensable de La Habana. Mientras la mayoría de los intelectuales, escritores y trovadores han preferido callarse e ignorar el momento que viven, Yoani decidió convertirse en la conciencia de su generación por cuenta propia.
Es muy probable que, al menos por esta vez, Yoani no pueda viajar a España; pero sus posts lo harán por ella. Día a día, desde cualquier punto del mundo, crecen las entradas a su espacio en la web. “Lo más importante es que los cubanos hemos empezado a olvidar a Fidel”, dice después de vencer la paranoia y darle send a sus palabras.

5 may. 2008

En casa del trompo

Nunca aprendí a bailar. Tengo una casi perfecta falta de coordinación entre torso, brazos y pies. “Es un problema de oído”, me dijo alguien una vez. Por eso, después de pensar en ello semanas enteras, traté de oír. Pero fue peor aún, porque cuando por fin entendía lo que había escuchado, ya no estaba a tiempo de indicarle a mis pies lo que tenían que hacer. No pocas muchachas del Paradero de Camarones sufrieron en carne propia esos desfases. Ellas fueron las primeras que desistieron en el empeño de que yo aprendiera a moverme como un cubano.
Eso, al principio, me provocó un gran trauma. En mi cabeza no cabía aquello de que El Chiqui lograra sacudirse mejor que John Travolta. Me frustraba ver cómo El Venao empezaba a caminar hacia atrás con sólo subirse las mangas hasta los codos. Al final todos en el pueblo acabaron aprendiéndose el bailecito de Michael Jackson, todos, menos yo.
Mi única oportunidad de entrar en aquel ruedo de cemento pulido era cuando las luces disminuían y Roberto Carlos le cantaba al “gato que está triste y azul”, aquel que “nunca se olvida que fuiste mía”. Así fue que conocí a Juana Granados, mi primera novia, una rubita que era cuatro años mayor que yo y que se parecía a Olivia Newton-John (aunque siempre prefirió guarachar a lo Celia Cruz).
Mi padre fue un gran bailarín. Todavía me parece verlo, moviendo sus pies como si se deslizara por el agua, siguiendo cada gesto de Bacallao, el cantante de la Orquesta Aragón. Nunca me lo dijo, pero él también estaba decepcionado con la idea de que yo no supiera bailar. Sus dos grandes pasiones eran el baile y la pesca submarina. En ambas fui un fracaso. Como Martí, el arroyo de la sierra siempre me ha complacido más que el mar. Por eso para mí aquellas semanas de navegación junto a él eran una verdadera tortura. “Algún día te arrepentirás de no haber disfrutado esto”, me decía cuando el barco por fin fijaba su proa de regreso a Casilda, un puerto del sur de Cuba.
Me he arrepentido de muchas cosas, pero aún sigo convencido de que si me hubiera quedado en tierra firme durante aquellas interminables semanas, habría “pescado” mucho más. Lo mismo me pasa con el baile. Con los años he aprendido que quedarse en las mesas puede ser mucho más divertido que dar vueltas y vueltas debajo de una bola de vidrio que también da vueltas y vueltas.
He vivido dieciocho años con una de las habaneras que mejor baila y tampoco ha sido suficiente. Por fortuna, cuando la conocí, oíamos canciones que no se bailaban. Uno puede pasarse una noche entera oyendo a Silvio, a Serrat o a Sabina sin que a nadie se le ocurra dar ni un solo pasillo. Eso ha sido, realmente, una gran ventaja. Por eso estoy eternamente agradecido de ellos, y de muchos trovadores más, por haberme ayudado a esconder mi gran discapacidad. Desde Suiza me eviaron una intimidante pregunta: “¿Sabes bailar tan bien como los cubanos que andan por estos predios?”. Sé que es difícil de imaginar, pero nunca aprendí, jamás supe qué hacer en casa del trompo. Yo también soy de los que lleva la clave por dentro.

2 may. 2008

Los Perversos de Puerto Padre

No conozco a Puerto Padre, pero lo he oído. El piano de Emiliano Salvador ha sido siempre el vehículo que me ha llevado hasta los sonidos de ese punto de la costa norte cubana. Por Emiliano, para conocer al menos desde arriba lo que sería su nostalgia, he sobrevolado calles y parques desde Google Earth.
Poco a poco, han ido colgando fotos del pueblo. Como sucede a lo largo y ancho de la isla, las instantáneas han sido subidas por exiliados nostálgicos que quieren revivir, al menos a través de ese mapa satelital, sus experiencias en la isla. La parroquia San José, la vieja estación de ferrocarril y una serie de casas de madera a punto de desplomarse es hasta ahora todo lo que puede verse.
Hace unos días, explorando las imágenes de Secretos de Cuba (www.secretoscuba.cultureforum.net), encontré una instantánea de Los Perversos de Puerto Padre, una orquesta que nunca he oído y de la que sólo conozco sus 13 rostros, apostados alrededor de un pisicorre. No conozco a Puerto Padre, pero el sonido de Emiliano y el silencio de Los Perversos han sido el modo más efectivo de llegar hasta allí, de atravesar tantos recuerdos en ruinas sin ser visto.

1 may. 2008

La Habana cae, cae, cae

25,666 habaneros están a punto de perder su residencia en la tierra. Sus casas están entre las 7,997 que han sido diagnosticadas en estado crítico por los organismos competentes. Cualquier azar puede ser la causa de su desgracia de ahora en adelante: un ciclón, un rabo de nube, un aguacero en venganza...
Juventud Rebelde acaba de admitir la tragedia. No hay madera suficiente para apuntalar a una ciudad que ya se dio por vencida. En la capital cubana hay 984 edificios en “estática milagrosa”, un término que los arquitectos cubanos usan ante la imposibilidad de explicarse cómo ciertas estructuras aún se mantienen en pie.
El reportaje del diario oficialista se produjo después que Marilyn Brito, una residente de la Habana Vieja, encontró un abismo entre su habitación y el baño colectivo de su edificio. Como la de Marilyn, hay 8,000 historias más que aún están pendientes. Llena de ruinas y de misterios, La Habana, como aquel papalote, cae, cae, cae.