
Ya en la sobremesa, cuando parecíamos alegres de verdad (siempre he desconfiado del júbilo que presume la gente por estas fechas), alguien hizo una pregunta: −¿Valió la pena la Revolución? Casi nadie pensó su respuesta y tres o cuatro hablamos a la misma vez. Muchos dijimos que no, otros dijeron que sí y sólo algunos reunieron el pudor o la prudencia suficiente como para no opinar.
Cuando ya cada quien había dicho lo que pensaba, Iván Pérez Carrión se acicaló la barba y levantó su dedo índice: −Cuba sólo necesitaba un gobierno decente −dijo y terminó un largo trago de añejo. Después de esa frase cambiamos de conversación. Alguien elogió el congrí, otros alabaron el cerdo, el pavo o el ceviche y casi todos nos abalanzamos sobre los flanes y las torrejas.
2 comentarios:
Vamos, los invito a este ejercicio. Como los buenos ensalmos, no cura pero nombra el milagro que cada cual concibe. Y ya eso es algo. Saludos,
Ay, Camilo... cuánto disfruto leerte. Por favor, revélame algo. Es seguro que Pablo Armando se calló. ¿O no?
Un saludo desde Cuba.
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