6 jun. 2014

Urgente: Se necesitan provocadores

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Antes de seguir a alguien en Twitter suelo revisar su perfil. Esa mínima ventanita se ha convertido en una de las oportunidades más precisas que tenemos para sintetizar nuestro curriculum vitae. Algunos se lo toman demasiado en serio, otros lo hacen de una manera muy ridícula. Particularmente, prefiero a los que acuden al humor o al sarcasmo.
Uno de los perfiles que más he disfrutado en Twitter es el del escritor Pedro Cabiya: “agent provocateur”. Cada uno de sus tweets le hace honor a esa labor que él mismo se ha fijado. Se puede estar de acuerdo o no con lo que él dice, pero no hay manera de ser indiferente a sus afirmaciones, preguntas, dudas o desconciertos, ya sea en forma de preguntas o respuestas.
Cabiya cumple a cabalidad, dentro de la sociedad dominicana, con el rol que se espera de un intelectual, ese que los colaboradores de Wikipedia definen, en 2014, de la misma manera que lo hacían los antiguos: “el que se dedica al estudio y la reflexión crítica sobre la realidad, y comunica sus ideas con la pretensión de influir en ella, alcanzando cierto estatus de autoridad ante la opinión pública”.
El intelectual es, como acierta Cabiya, un provocador por antonomasia. Pero un provocador para bien, algo tan útil donde hay tantos provocadores para mal. Vivimos rodeados de malos ejemplos. A todos los niveles, desde los que ocupan los más importantes responsabilidades hasta los individuos que desempeñan las posiciones menos relevantes, se ha perdido la necesidad de hacer cumplir y cumplir las Leyes.
Por todos lados nos provocan. Nos provocan los que prefieren bloquear la ciudad y doblarle el pulso a la sociedad antes que respetar una señal del tránsito. Nos provoca el funcionario cuyo vehículo oficial es una despampanante Porsche Cayenne. Nos provoca el dueño del Jaguar que, en lugar de usar la misma placa que el resto de los dominicanos, presume una del Principado de Mónaco.
Cada una de esas provocaciones, precisan de otro provocador, que les salga al paso desde la responsabilidad y la inteligencia. Un provocador que no tenga más intereses ni ambiciones que la necesidad de dejar por escrito sus principios y convicciones. Un provocador que no se deba a la disciplina de un partido ni a la obediencia de una institución religiosa.
Para Nietzsche la capacidad intelectual de un hombre debía medirse por la dosis de humor que era capaz de utilizar. Al principio advertí que prefería los que se valían del humor o el sarcasmo para autodefinirse. Esa simpatía es directamente proporcional al rechazo por los rimbombantes y pretenciosos.
Ciertas columnas de opinión de algunos “intelectuales” (las comillas, obviamente, están puestas con humor y sarcasmo) son verdaderos ejercicios de funambulismo, logrando llegar de un extremo al otro del texto, haciendo un equilibrio perfecto entre la palabrería y el no tener nada que decir, ¡justo en una sociedad donde urge expresar tantas cosas!
Otros, que son los casos más tristes, aun teniendo el talento para hacer aportes realmente importantes, se conforman con un puestecito que les permita darse algunos lujitos. Nada del otro mundo: dar algún viajepor Suramérica, sentarse a la diestra del ministro de turno o quedarse con un pedacito de la cinta en algún acto inaugural. Todo lo que sacrifican por ese afán, nos priva de sus contribuciones, que en verdad hubieran sido muy útiles.
Solo por eso hay que darle las gracias a tipos como Pedro Cabiya, que no caen en la tentación de sentirse mimados ni ceden ante las presiones sociales. Nos hacen falta muchos más como él. Es urgente. República Dominicana necesita provocadores para obras de bien.
Aún estamos a tiempo. Peor si seguimos como vamos, llegará el día en que ya se nos hará demasiado tarde.

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