
La idea de convertir una vieja fábrica de chocolates en un centro cultural entraña una doble ventaja para la Novia del Atlántico. Por una parte se preserva un valioso patrimonio industrial y por la otra, se crea un espacio donde se puedan promover las identidades dominicanas y los encuentros multiculturales.
Si el proyecto de la Chocolatera llegara a consumarse como sus creadores lo idearon, pudiera convertirse en un atractivo turístico mucho más valioso de lo que suponen los que ahora quieren destruirlo. Es cierto que República Dominicana es inagotable, pero la especulación con sus riquezas naturales y culturales debería tener un límite.
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