17 nov. 2010

El ciudadano Coco

Para los que nunca vivieron en un albergue de becados en Cuba, creo que no entenderán lo que digo por más que les explique. Pero pueden irse imaginando un edificio de cinco pisos sitiado por un bosque, en el centro de un campo inmenso, rodeado de cúpulas de ladrillos donde se estudiaba teatro, artes plásticas, música, ballet y hasta circo.
Nuestro albergue, el de Teatro, estaba en el último piso y recibía más luz que ningún otro. Como Coco dormía en una de las literas de arriba, justo al lado de una ventana, siempre le veíamos a contraluz. Era mucho más flaco de lo que es hoy y mucho menos snob que la mayoría de nosotros. La teatralidad la llevaba por dentro.
Conviví con él tres cursos y eso, de cierta manera, condiciona una hermandad que dura de por vida. Hace más de 20 años que no nos vemos, pero el día en que nos reencontramos en Facebook, la conversación recomenzó justo donde la habíamos dejado. Volvimos a hablar de las mismas cosas y de la misma gente, como si el tiempo, el implacable, solo hubiera pasado para los otros.
Ahora Coco es ya el ciudadano Coco, es decir, Rigoberto Rodríguez Estenza, un reconocido poeta que escribe sus versos con la misma naturalidad que hacía teatro o se paraba en una ventana, siempre a contraluz, a decir las frases más agudas con la mayor desnudez posible.


COMENTARIOS

Se fue anoche. Corren
las manos por la cruz de agua.
A un lado y otro, los cabos
tensos como la última carta
se aferran a lo inasible.
Arriba y en el fondo, las melodías
rompen su aullido mordaz.
El eco traza la forma
de la puerta, el umbral
la quema donde los ojos
arden sobre brazas de silencio.
Así cae la noche, el preludio.
Hacia el pozo de asedios
cruzan los pájaros sueltos.
Desde la ventana
con el codo hundido en la rabia
los hijos, como nosotros
miran hacia las arcas lejanas.
El que ha regresado también
juega, juega y muestra el asombro.
No lo dice con las mismas palabras
pero su huella afila el borde
de las hendiduras en la madera
y muestra otro modo
de calar las figuraciones en la cruz.
El que ha regresado también mira
por la ventana, pero
los pollos se espantan
y el polvo se adhiere
a las paredes, a los retratos.
Se fue anoche, recitan.
Esos cantos, le dije una vez
a mi madre, yo los mastiqué
antes de salir al camino.
Y ahora, el ver las mujeres
heridas como palomas en ristre
me vuelvo hacia la cara cercana
y digo, con un aire poblado de pericias
con el pellejo sucio, yo necesité
escuchar palabras leves
como  la llegada del verano.
Son los tiempos, susurré
para disimular que todo está escrito
entre dos aguas, a veces
extendidas, como nosotros
domesticadas en ese caudal
de años y quietud, a veces
turbias, como nosotros
en la cúpula calada
en el arsenal humano
contenido, como los días
cuajados de sal y vocablos.
Se fue anoche, dos cifras
alrededor de un verbo áspero
mil enunciaciones, mil ojos
tragados por el rumor que rueda
hacia nosotros, como un país
vocinglero, como un eco
cuyas murmuraciones pesan
en el fondo de las vitrinas
como esos pliegos familiares
doblados en la penumbra de los libros.
Se fue anoche, como una noticia
domada por la misma la voz
con el ritmo perfecto de los himnos.
Se fue anoche, el hijo del vecino
como mi hermano, se fue anoche.
RIGOBERTO RODRÍGUEZ ESTENZA (Sancti Spíritus, 1963)

4 comentarios:

Rodrigo Kuang dijo...

Oye sí... Tremendo tipo el Coco. Me lo encontré hace unos años en algún evento de teatro. Todavía Corojo estaba por allá también. Nos meamos de la risa recordando aquella anécdota con Amalfi una noche martillando su taquilla desvencijada, y Coco (flaquito pero con tremendo genio) mandándolo a irse, de piso en piso y cada vez con un grito más iracundo de ¡Amalfiiiiii!, hasta que el pobre terminó dando golpes a su taquilla debajo de un farolito, fuera de la beca.
Hay épocas que parecen no irse nunca.

Camilo Venegas dijo...

Wichy, por poco me muero de la risa recordado aquella noche. Puedo reconstruirla escena por escena, con los martillazos de Amalfi de banda sonora (como los golpes del hacha en "El jardín de los cerezos"). Tampoco olvido un ciclón que pasamos todos juntos en aquel albergue. Amalfi montó un tablao encima de dos literas y empezó a taconear en medio de la penumbra y de las rachas de viento de más de 100 km. Cuando llegó la Defensa Civil, la Lola les dio la bienvenida. Jajajajajajaj. Ah, qué tiempos aquellos.

SURÍ dijo...

ME ACUERDO AHORA DE AQUELLA ANÉCDOTA Y ME MUERO DE RISA Y DE MI NO TIENES NINGUNA QUE CONTAR EHHHHHHHHHHHHH JAAAAAAAAAAA YO QUE FUI Y SOY EL REY DEL TRAPO

Manuel Sosa dijo...

Corojo y Coco, dos de mis grandes amigos. Un abrazo para ellos.