
Mi generación, es decir, los que fuimos niños en la década del setenta del siglo pasado, tenía una costumbre. Cada vez que un aparato sobrevolaba el espacio aéreo del Paradero de Camarones, mirábamos hacia arriba y gritábamos: “¡Adiós Fidel!”, con las dos manos en alto repetíamos una y otra vez “¡Adiós Fidel!”.
El pasado domingo, cuando le vi ataviado con una indumentaria Adidas (¿será un descuido o un tardío patrocinio?), sin el disfraz de guerrero y con demasiado tinte en la barba (supongo que el nerviosismo o la prisa de los maquillistas), recordé aquella cándida e inconcebible manía que llegó a interrumpir hasta los más reñidos juegos de pelota en el potrero de Felo López.
En voz muy baja repetí aquel grito. Lo hice por los que entonces nos jugábamos nuestra inocencia sin camisa y al resisterio del sol, lo hice porque estoy convencido de que pase lo que pase, dentro de una semana o de un año, allí nada volverá a ser lo mismo.
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