3 jul. 2015

Las cosas que una madre no le puede transmitir a su hijo en Cuba

El régimen de Cuba es muy efectivo a la hora de comunicar sus cada vez más escasos logros. A pesar de que la vida cotidiana de los cubanos es un infierno y que el indicador que más crece en la Isla es el de las ruinas, tanto físicas como morales, siempre se las arreglan para encontrar un titular que estremezca al mundo.
Un ejemplo de ello es una pregunta que hace BBCMundo en su portada del pasado 1 de julio: ‘¿Cómo se convirtió Cuba en el primer país en eliminar la transmisión del VIH de madre a hijo?’. La declaración ni siquiera lo da un funcionario de la dictadura, sino Massimo Ghidinelli, jefe de la unidad de VIH de la Organización Paramericana de Salud (OPS).
“Es un logro enorme para Cuba, para su sistema de salud que esperamos pueda llegar a otros países de la región”, dijo Ghidinelli. Todo el reportaje está plagado de elogios. Aunque su titular es una pregunta, en ningún momento se cuestiona cómo un país que se cae a pedazos logra de una manera tan fácil algo que es muy difícil hasta para los ricos.
En su obnubilación, el reportaje desperdicia la gran oportunidad de seguir abundando en el resto de las cosas que una madre jamás le puede transmitir a su hijo en Cuba. Empezando por la más elemental, que es la de enseñarle a ser un hombre libre y a crecer defendiendo siempre su derecho a expresarse con libertad.
En un país donde los libros de textos tienen fotos de Fidel hasta donde se habla de los protozoos, una madre, bajo ninguna circunstancia, podrá hablarle a su hijo de los miles de contagiados con el VIH que fueron separados de sus familias y escondidos de la sociedad.
Por eso hablar de los logros del régimen en la lucha contra el VIH siempre será una falacia, si no se recuerdan aquellos ignominiosos sanatorios donde muchos jóvenes de mi generación fueron confinados a la fuerza por el resto de sus vidas.
Las cosas que una madre no le puede transmitir a su hijo en Cuba son muchas, pero la mayoría de ellas son difíciles de comunicar y resultarían muy incómodas. Sobre todo en un momento como este, donde hasta el Papa Francisco solo quiere oír la parte bonita del cuento.

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