19 mar. 2012

El relojero de la estación de Montparnasse

 
Hay películas que puedo volver a ver una y otra vez (El maquinista de La General, de Buster Keaton, es una de ellas) y hay película para las que quisiera irme a vivir. La invención de Hugo, la obra más reciente de Martin Scorsese, me dio deseos de hacer las maletas y mudarme un siglo atrás.
Las ganas de saltar hacia la pantalla surgen casi el principio, cuando la cámara sobrevuela el París de los años 30 y entra en la estación de Montparnasse, cruzando andenes y salones, hasta dar con un niño que le da cuerda a incontables relojes y repara la imaginación de Georges Méliès.
Esa veloz secuencia basta para introducirnos en un mundo del que no vamos a querer salir unas dos horas después. Consciente de ello, Martin Scorsese nos mira con desfachatez llegado un momento, cuando se disfraza de de fotógrafo ambulante para percatarse de la cara que tenemos.
Tengo una lista de películas de las que no me puedo deshacer. Cada vez que tengo una oportunidad, regreso a ellas en busca de cosas que me son indispensables. Desde ayer, La invención de Hugo está entre ellas. Solo lamento haber tardado tanto en conocer al pequeño relojero de la estación Montparnasse.
Los aciertos del filme son tantos, que solo los críticos se pueden dedicar a enumerarlos. Dejo esa ardua labor a ellos y solo recalco algo que, al fin y al cabo, es lo que más le agradezco a Scorsese por esta película. Hugo Cabret es una prueba ineludible de que la ficción y la realidad pueden habitar un mismo espacio.
Justo por eso quisiera vivir dentro de ella, así sea en el papel de autómata.

6 comentarios:

Renay Chinea dijo...

Vero... y bien trovato!!

Anónimo dijo...

tu post me gusto tanto como la pelicula.

Diana S. dijo...

Sabía que esa película eras tú.

Osmani Baullosa Acosta dijo...

¡Salir corriendo a buscar la película!

Limay Gonzalez dijo...

Ay me gusto tanto tanto :)

Juan Carlos Recio dijo...

Muy cierto.