30 abr. 2008

Ángel Santiesteban: El hijo que ahora nadie quiere

Aunque la infancia de Ángel Santiesteban y la mía transcurrieron a cinco kilómetros de distancia, nunca nos conocimos. Es probable que lo viera bajarse de un tren en el Paradero de Camarones o que nos cruzáramos en el parque de Cruces. Pero no hubo un tropiezo ni una coincidencia, el azar no nos facilitó las cosas.
Hablo de los años 70 del siglo pasado. Por aquella época Cuba no era un país, ni una isla, ni siquiera un punto en un mapa. Vivíamos encerrados en una utopía, en un lugar donde el pasado y el presente habían sido sacrificados en pos del futuro. Esa circunstancia, de una manera o de otra, nos marcó para siempre.
Veinte años después, en medio de una ciudad donde había desaparecido ya todo vestigio de esperanza, por fin coincidimos. Entonces él era narrador y yo poeta, creíamos que la literatura era un oficio y la imaginación un modus vivendi. A la semana de conocernos ya nos abrazábamos con cariño. Antes del mes nos saludábamos con un beso, como hacen los hermanos cada vez que se encuentran.
En la casa de Miramar donde él vivía a finales de los 90, aún deben deambular los fantasmas que éramos por aquella época. Ángel tenía una antigua camioneta americana y yo una vieja bicicleta china. En esos vehículos nos movilizábamos por toda la ciudad para encontrarnos en un mismo punto. Nos veíamos todos los días, compartíamos lo poco y lo mucho, la abundancia y la miseria.
Me parece indispensable contarles todo esto antes de hablarles de los libros de Ángel, no me es posible referirme al escritor sin descubrir antes al individuo que en él se esconde. Me asiste una excusa: quiero más al segundo que al primero. El Ángel individuo es mi mejor amigo. El Ángel escritor, en cambio, es un ser huraño, cínico, temerario…
Me gustaría decirles que aún vivimos dentro de la misma ciudad. Me encantaría asegurarles que no dejamos de reunirnos, como cantara Silvio, entre licores y damas. Mas, me pesa admitirlo, de eso quién se acuerda. Hace ocho años recorrimos juntos por última vez la Autopista Nacional. Ángel me llevó en su antigua camioneta a despedirme del Paradero de Camarones.
En los más de 500 kilómetros que hay en el trayecto de ida y vuelta a mi pueblo hicimos una infinidad de planes para tratar de reencontrarnos, pero la mayoría de ellos fueron infructuosos. No se nos dio nada de lo que nos imaginamos, ni siquiera las cosas más sencillas y menos pretenciosas fueron posibles.
En casi una década sólo hemos podido vernos dos veces y las dos aquí. Decir lo que pienso y hacer lo que digo, me costó que me tiraran las puertas de mi patria en la cara. Desde entonces, la única manera de volver que tengo es ir al aeropuerto a recibir a mis amigos. Hace una semana, desde que Ángel está aquí, yo estoy allá, pero a diferencia de los desencuentros que tuvimos en nuestra infancia, seguimos estando juntos.

Volvamos a los años 70 del siglo pasado. Pero hablemos de una distancia mucho mayor que los 5 kilómetros que separaban a la infancia de Ángel de la mía. Ahora tendremos que cruzar el océano Atlántico. Desembarquemos en un país al que Cesaria Évora le dedica con alegría una de las canciones más tristes que he oído en mi vida. Angola, en 1975, al menos para los cubanos, no era un país, sino el lugar a donde iban a morir nuestros jóvenes.
Mucho tiempo después nos enteramos de que en ese año estuvimos a punto de volver a ser normales. Estados Unidos había dado claras señales de su intención de acabar con el embargo. La distensión llegó a ser tal, que era inminente un encuentro entre Carter y Fidel. Pero una sola noticia lo echó todo por tierra: tanques, aviones y tropas cubanas irrumpieron en África sin previo aviso.
"Sur: Latitud 13", el primero de los dos libros de Ángel Santiesteban que debo presentar hoy, tiene a ese campo de batalla como escenario. Eso no quiere decir que el escritor reconstruya los combates o describa los pormenores de la escalada. Todo lo contrario, Ángel cuenta lo que todos callaron, lo que nadie dijo. Este es el primer libro cubano que no describe la guerra de Angola como una epopeya sino como una tragedia.
Hace más de 40 años que los periódicos cubanos son un material inútil. Cuando se trate de reconstruir la historia de mi país en esas cuatro décadas, nada habrá que buscar en ellos. Es por eso que, ante la ficción de la prensa, hay que acudir a la realidad de la literatura.
No pocos escritores de mi país asumieron el riesgo de contar las cosas tal como fueron. La mayoría de esos ejercicios testimoniales, vistos en la distancia, no son más que eso: crónicas elementales de una realidad demasiado compleja. La obra de Ángel, en cambio, logró superar esos escollos, legitimada por sus valores literarios y no por el importe de lo que cuenta.
En "Sur: Latitud 13", no hay héroes ni mártires, ninguno de sus personajes es un ícono del internacionalismo proletario ni de las luchas antiimperialistas. Son hombres de carne y hueso que tiene miedos, dolores, resentimientos, miserias, desencantos, amores y dolores como cualquier hombre de carne y hueso.
A la primera edición de este libro le falta un cuento, fue censurada por la misma institución que lo premió. Ese fue el precio que su autor tuvo que pagar y Ángel, ese hombre noble, nobilísimo que es mi mejor amigo, convenció al escritor huraño, cínico y temerario que también es de que hiciera una concesión.

En la edición que ustedes pueden adquirir hoy, el cuento censurado fue restituido. Ese hecho se debe a que su edición fue gestionada por el propio autor. La tirada se hizo en una editorial que él mismo se vio obligado a inventar. Aunque se trata de una resurrección, nadie, ni siquiera los personajes, recobra la vida. Simplemente se pone la pieza que faltaba, lo que había sido amputado.
Insisto en advertirle algo. Según la prensa oficial cubana y algunos textos laudatorios y empobrecidos por la complicidad, la guerra de Angola fue una gesta internacionalista en contra del imperialismo. Según "Sur: Latitud 13", en cambio, describe un campo de batalla. Una aventura donde fueron sacrificados cientos de muchachos que ni siquiera pudieron recibir la medalla y la gloria prometida.
En el segundo libro que les presentaré hoy, pueden encontrar, aún cuando no los reconozcan, a muchos personajes del primero. Dichosos los que lloran se desarrolla en un escenario mucho más reducido que las selvas africanas: en las cárceles de mi país. En algún momento de su vida, Ángel fue encarcelado y la experiencia de ese encierro es el punto de partida de esos textos.
Aquí debo advertir algo. Luego de una maniobra de la oficialidad cultural cubana (conminada por la Seguridad del Estado) a Ángel le fue negado el premio Casa de las Américas por su primer libro. Aún cuando todo el jurado había votado por él, se llegó a un acuerdo de excluirlo para que una visión tan cruda de la guerra de Angola recibiera el aval de una institución que se dedica, más que nada, a promover la Revolución entre los intelectuales del continente.
En 2006, "Dichosos los que lloran" obtuvo el Premio Casa de las Américas. Los prisioneros de Ángel lograron lo que sus soldados no pudieron: hacer que sus voces se oyeran y que tuvieran eco. Al principio les dije que entre los dos Ángel, prefiero al que es mi mejor amigo. Al otro, al escritor, a estas alturas ya puedo confesarlo, le tengo envidia.
"Con Sur: Latitud 13" y "Dichosos los que lloran", cualquiera de ustedes podrá reconstruir la verdadera historia de mi país. Es muy probable que queden defraudados. La decepción no será por la calidad de las obras, sino por el enorme contraste que hallaran entre la realidad que se cuenta en ellas con la que les han contado de mi país.
En los libros de Ángel Santiesteban nadie tararea una canción de Silvio Rodríguez. Ninguno de sus personajes dice que es un hombre feliz ni le pide perdón a los muertos de su felicidad. En los libros de Ángel Santiesteban muy pocos personajes pueden darse el lujo de ser optimistas. Se trata de cubanos que nacieron y se criaron en la misma Cuba que nosotros, se trata de seres que se quedaron a vivir la misma realidad que nosotros.

Ángel Santiesteban y yo ahora vivimos a más del 1,000 kilómetros de distancia, por muchas razones mantenemos una cercanía semejante a la que tuvimos durante nuestra infancia, sólo que ahora sí tenemos la posibilidad de reencontrarnos todos los días gracias a la creación literaria y a la imperturbable manía de decir lo que se piensa tal como se piensa.
Hace apenas unas horas, Ángel puso en mis manos el farol de ferroviario de mi abuelo Aurelio. Me lo trajo de Cuba para que tuviera conmigo algo de aquel país que compartimos. Aunque al hacerlo habló de nostalgia, sé que se refería al presente y al futuro, esas dos palabras que por primera vez podemos empezar a escribir con la certeza de que pueden ocurrir de un momento a otro.
Es la primera vez que presento a Ángel Santiesteban. Con diez años de menos habría blasfemado, impúdico o sangriento, divino o alado. Ahora, ya convertido en un señor mayor, sólo celebro la alegría de seguir teniendo la posibilidad de darle un abrazo y un beso. Todas mis ambiciones se reducen a desear que todas las mierdas que nos distancian dejen de distanciarnos de una vez y por todas.
Les dejo a ustedes la posibilidad de leerle. Sólo así conocerán de verdad a este individuo huraño, cínico y temerario que volverá a La Habana dentro de algunos días. Les dejo al escritor para que compartan con él todo lo que quieran, yo me llevo a mi amigo, porque a él si lo necesito a salvo. Lo siento, él es una de las razones por las que sigue vivo el niño que fui y el hombre que dejé en La Habana, entre licores, damas y algunas noches de las que nadie más se acuerda.

29 abr. 2008

Los hijos del cinismo

En la Feria del Libro conocí a dos jóvenes escritores cubanos. Ni él ni ella habían nacido cuando ocurrieron la mayoría de los sucesos que más pesan en mi nostalgia. La isla que tienen en la cabeza es completamente distinta a la mía. En La Habana por la que deambulan yo me perdería.
Ninguno de los dos ha cumplido 30 años y ya han ganado importantes premios literarios. En la solapa de sus libros no hay juicios de valor ni cumplidos, con las palabras estrictas se describen sus trayectoria y lo que hacen actualmente. En sus párrafos escasean los adjetivos. Dicen lo que quieren decir, sin adornos ni rodeos.
O. Morales y Dazra Novak ni siquiera firman sus libros con sus verdaderos nombres. Él decidió llamarse como una letra y ella se metió dentro de otra mujer. No reconocen ninguna de las palabras que más yo dije cuando tenía su edad: sueño, esperanza, futuro... “Somos los hijos del cinismo”, eso es todo lo que dicen cuando se autorretratan.

23 abr. 2008

El encuentro de Adelir y Matías

El domingo pasado el sacerdote Adelir de Carli se ató a 1.000 globos de fiesta y se fue por los aires hasta perderse de vista en el mar del sur de Brasil. El cura despegó del puerto de Paranaguá y fue empujado por el mal tiempo a quién sabe dónde.
“Necesito ponerme en contacto con el personal de tierra para que me enseñen a usar el GPS. Es la única forma que tengo de informar mi latitud y altitud y sepan dónde estoy”, son hasta ahora las últimas palabras de Adelir. Barcazas, helicópteros, aviones y barcos militares lo buscan infructuosamente por mar y aire.
El 29 de junio de 1856, otro fanático de la ascensión aerostática se perdió para siempre. Matías Pérez era un exitoso fabricante de toldos que no trascendió por su oficio sino por su temeraria afición. Aún hoy, cuando alguien abandona el país o desaparece de la vida pública, los cubanos dicen que “voló como Matías Pérez”.
Adelir de Carli pretendía cumplir un vuelo de 20 horas, de seguir en el aire y con vida, lleva más de 72. Con su odisea, el sacerdote quería recaudar fondos para construir un Santuario del Camionero, un lugar de acogida para los trabajadores que día a día cruzan por su ciudad.
Agua mineral, barritas de cereales y pastillas energizantes era todo cuando cargaba el sacerdote en su extraña aeronave. De no aparecer a tiempo, llegará un punto donde los destinos de Adelir y Matías se entrecrucen. A miles de kilómetros, 152 años y 67 días después, las dos historias podrían coincidir por obra y gracia de un mal cálculo o una ráfaga de viento.

21 abr. 2008

Por el Centro

Con la identidad no se juega. Eso ha quedado demostrado en el Centro León, donde miles de dominicanos se han ido a reconocer a sí mismos en cada uno de los ámbitos de “¡Nos vemos en el play! Béisbol y cultura en la República Dominicana”.
Aunque en la muestra hay piezas únicas y de un valor incalculable, que recuerdan las hazañas de los peloteros dominicanos en las Grandes Ligas, su gran hallazgo es otro. El principal mérito de la exposición es haberle cogido la seña a uno de los signos de identidad más complejos de la cultura nacional.
Por eso es que en la recta final, a noventa pie de los orígenes, hay una selección de las frases provenientes de la pelota que han pasado al habla popular de los dominicanos. Esa sola pared puede explicar todo el impacto que ha tenido la exposición. “¡Nos vemos en el play! Béisbol y cultura en la República Dominicana” es un jonrón con las bases llenas.

Hacen falta alas

El domingo pasado fui a buscar a un amigo, el escritor Ángel Santiesteban, al aeropuerto Las Américas, de Santo Domingo. Muchos de los que vieron al IL62M de Cubana aterrizando, hicieron comentarios sobre la desvencijada nave. “¿Y esa vaina vuela todavía?”, preguntó un dominicano incrédulo.
En la noche, cuando acompañé a Ángel a su hotel, nos enteramos de que, en el vuelo de regreso a la Habana, las turbinas del viejo Ilyushin se incendiaron y sólo gracias a la pericia del piloto se evitó la catástrofe. El aterrizaje de emergencia provocó el cierre del aeropuerto y el retraso de decenas de vuelos de otras aerolíneas.
Desde 1960 hasta la fecha, Cubana de Aviación ha tenido 16 accidentes mortales. Con un promedio de un desastre cada tres años, la aerolínea se coloca entre las más inseguras del mundo. Más que una flota, Cuba conserva un museo aéreo. Sus obsoletos aviones rusos llevan por los aires el mismo mensaje de decadencia que los antiguos automóviles norteamericanos dejan en tierra.
Para oír a Silvio no, pero para montarse en Cubana hacen falta alas.

17 abr. 2008

Involucionarios

El sindicalista que se disfraza de Bin Landen, se apropia de la marca del Che y apoya a Miguel Vargas Maldonado, un negociante furibundo que basa su éxito en el trueque neoliberal. El comunista que se va de turismo por los campamentos selváticos de una narcoguerrilla y después se pasea por la ciudad en su BMW, al cual le ha puesto una pegatina roja y negra.
Los cantautores que componen jingles de 8 a 6, melodías fáciles para estimular el consumo de bebidas alcohólicas y cigarrillos en los más jóvenes; para luego, en la noche, de 8 a 12, cantar panfletos comprometidos, escritos rabiosamente contra el capitalismo, la explotación del hombre por el hombre y la economía de mercado.
El periodista que no se pierde una Liga de la Toronja y va de estadio en estadio, comiendo manjares y agradeciendo obsequios a las estrellas del Big Show; para luego, ya de vuelta a casa, celebrar que Fidel Castro prive a los cubanos de ver las Grandes Ligas, ese "asqueante espectáculo". Cada uno de estos ejemplares son, en mayor o menor medida, muestras de la involución de la especie revolucionaria.

11 abr. 2008

De cómo Carla Bruni tomó La Bastilla

¿Qué pensaría David, el pintor que retrató a Marat desangrándose en la bañadera, unos instantes después de que Carlota Corday lo apuñalara, de revivir en la Francia de Nicolás Sarkozy? Me hago esa pregunta después de enterarme que una fotografía de Carla Bruni superó los 57,000 euros en una subasta de Christie's.
En la época de David, la mujer más famosa de Francia se llamaba Libertad y alzaba una bandera con los senos descubiertos, camino de La Bastilla, seguida por todo un pueblo que gritaba su nombre. Ahora, en cambio, es una top model completamente desnuda que es alérgica a la monogamia y duerme con el Presidente.
El fotógrafo suizo Michel Comte es el autor de la imagen donde la primera dama francesa sólo se cubre lo que cabe en las palmas de sus manos. Él es el autor de una obra que hubiera querido hacer David, el hombre que retrató a los revolucionarios de 1789. Carla Bruni ha tomado La Bastilla con una sola estrategia: la de juntarse las manos sobre el pubis para que al menos eso quede cubierto.

10 abr. 2008

VEF 206

Mi padre me lo compró en la tienda del pueblo de Mataguá. Luego, en Santa Clara, hizo que le grabaran mi nombre con letra Palmer. En él oí por primera vez “Hotel California”, “Please Don’t Go”, “Honesty” y las voces al unísono de los Bonnie M. Mi VEF 206 no era un artefacto, sino una puerta por la que uno podía escaparse si cerraba los ojos.
A la izquierda tenía un pequeño botoncito que, si se oprimía, llenaba de luz a la pizarra. Radio Ciudad del Mar y CMHW se oían en el mismo punto del dial, sólo había que girar la antena en dirección a Cienfuegos o Santa Clara para sintonizarlas. Si los días estaban despejados, se oían emisoras de Moscú, de Praga, de Londres y de las dos mitades de Berlín.
A primera hora de la mañana, después de ordeñar y antes de que estuviera el café, mi abuelo oía la Voz de los Estados Unidos de América. Con el volumen en el mínimo y con el oído pegado a la bocina, Aurelio se ponía al día mientras Atlántida vigilaba a la leche que estaba a punto de hervir.
Una tarde, en medio de una tempestad, mi radio dejó de oírse. Allá adentro se quedaron mis mejores recuerdos de una época en cuya banda sonora no pueden faltar The Eagles, KC & The Sunshine Band y Billy Joel. Entonces ya Cuba era un país encerrado en sí mismo, pero si uno cerraba los ojos y encendía un VEF 206, se abría una puerta por la que se podía huir por un rato.

9 abr. 2008

Los rehenes se asoman en Madrid

La Casa de América de Madrid ha cubierto la fachada de su sede con los rostros de los rehenes de las FARC. Ahora el Palacio de Linares no es un edificio, sino otro gesto de solidaridad con las víctimas de la narcoguerrilla colombiana.
Las fotos de los rehenes cubren todas las ventanas de la institución cultural. Periodistas y artistas colombianos hicieron allí una lectura pública de cartas dirigidas a todos los que están privados de su libertad, con el fin de hacerles llegar un poco de esperanza.
Las FARC aún mantienen cautivos en la selva a más de 700 rehenes, lo que ha provocado la repulsa de millones de manifestantes en todo el mundo. Ojalá que esos mensajes logren conmocionar a esos pocos melancólicos que aún le brindan su apoyo a la banda criminal, confundiéndola con los movimientos revolucionarios del siglo pasado.

7 abr. 2008

Te digo ahorita

El cambio de casaca de Johnny Ventura ha generado disímiles reacciones entre los dominicanos. Algunos han aplaudido con vehemencia el sorpresivo apoyo del Caballo a la reelección de Leonel Fernández. Otros, en cambio, han denigrado su renuncia al PRD, el partido en el que Ventura militó con fervor y por décadas.
Al leer el debate que provocó la noticia en CLAVE DIGITAL, me llamó la atención que no pocos perredeístas aseguraran haberse deshecho ya de la obra de Johnny. Otros tantos, juraban que no bailarían nunca más con la música del legendario intérprete.
Lo que encarna Johnny Ventura, lo que significa para la cultura caribeña, va mucho más allá de coyunturas politiqueras y festivales electoreros. Johnny Ventura es ya parte indisoluble del patrimonio dominicano y no es posible imaginarse el sonido de este país sin su música. Y al que no me crea, le digo ahorita, cuando todo esto pase.

1 abr. 2008

Solicitud dialéctica

En “Lust, Caution” (“Deseo, peligro”), la película más reciente de Ang Lee, la señal de que ha pasado el tiempo la da un semáforo. La trama, que ocurre en Shangai, comienza en 1938 y acaba en 1942. Una intersección de la populosa ciudad es suficiente para que el cineasta nos haga saber que los años han pasado.
Al principio de la película, un policía de tránsito se las ingenia para controlar el intenso tráfico. Algunos vehículos de motor e incontables triciclos y bicicletas se entrecruzan siguiendo la señal del agente. Por allí, claro está, también pasan los protagonistas de una historia llena de lujuria, odios y deslealtades.
Al final del filme, en plena Segunda Guerra Mundial, el agente aún permanece en la intersección, pero ya no hace nada. Un moderno semáforo es quien se encarga de dirigir el tránsito. ¿Cómo solucionaría un cineasta dominicano esas escenas? ¿Podría convencer al AMET de que, al menos mientras dure el rodaje, trate de ser dialéctico?