28 feb. 2007

Todo por saciar al oso

Andrés Calamaro es incapaz de complacer a nadie. Disco tras disco, el cantante argentino (¿o debo decir otro oficio?) trata de nadar, con el mayor esmero posible, contra la corriente. A estas alturas del partido, Andrés ha hecho de todo, de todo menos lo que los demás esperan que él haga.
Vagabundos, borrachos, prisioneros, prostitutas, desilusionados, apátridas, verborrágicos, renegados, nostálgicos y seres de la más insospechada calaña son los que, a través de él, le cantan a cosas tan sencillas como la libertad y la felicidad.
Andrés Calamaro no será nunca un ícono, tampoco un clásico, él es apenas un ser indispensable que en su más reciente canción acaba de poner a su corazón en venta. Lo dice sin cargos de conciencia, con la misma desfachatez que el salmón nada río arriba, directo a las fauces del oso paciente e insaciable.

20 feb. 2007

Hombre desarmado

Puedo describir con lujo de detalles la única arma que he tenido en mi vida. Era una escopeta de palo con dos tiras de goma que disparaba tapas de refrescos. Participé en incontables asaltos a los trenes que llegaban a mi pueblo. Lo estuve haciendo hasta que Barbarita, la madre del Chiqui, se lo dijo a mi abuela Atlántida y me condenaron un mes entero de castigo.
Nací en un país donde el servicio militar es obligatorio y donde hay unos carteles inmensos en los que un señor muy viejo con unas barbas enormes grita una consigna: “¡Cada cubano debe saber tirar y tirar bien!”.
Pero mis pies planos me eximieron de los concentrados militares y de las movilizaciones a los polígonos de tiro. De manera que no tuve que acudir al desacato para llegar hasta el día de hoy sin haber apretado un gatillo. Lo que hubiera empezado siendo un acto de rebeldía, acabó convirtiéndose, poco a poco, en una postura ética.
Soy un hombre desarmado, esa convicción es mi única defensa.

13 feb. 2007

Silvano indeleble

Nunca quedó del todo claro quién tomó realmente la decisión de cubrir el mural de Silvano Lora en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Tampoco se dijo a quién se consultó y quién alegó las “razones estéticas”? ¿Alguien recabó la opinión de un crítico de arte? ¿Se requirió a un especialista en patrimonio para tomar la decisión? ¿O fue un simple decorador, de esos que usualmente especulan con arreglos florales y pinturas en serie (que es algo muy diferente a una obra de arte) el que echó finalmente la suerte?
Algo así puede suceder con empresarios inconscientes y poco informados, como ocurrió en Molinos Dominicanos, donde fueron capaces de borrar una obra única del venezolano Carlos Cruz-Díez, uno de los maestros del arte cinético en América Latina. Pero en una universidad con la trayectoria de la UASD es impensable que una agresión así llegue a perpetrarse.
Silvano Lora además de haber sido revolucionario (en la más cabal acepción de la palabra) y un creador invencible, fue un artista y un promotor cultural incansable que defendió las identidades dominicanas y caribeñas desde los barrios más apartados hasta las urbes más visibles. El nuevo mural de la UASD duró lo que la gente tardó en hacer memoria; la obra de Silvano, en cambio, es indeleble.

1 feb. 2007

Play Again!

El bodeguero banilejo que voló desde New Jersey para cobrarle una deuda a un mocano. El publicista que “está” en la hija del banquero que tiene amores con el hijo de otro banquero. El empresario que perderá cinco furgones de contrabando. El traficante que está a punto de “salir” del cargamento más grande de su vida.
El “pizzero” que se irá en yola en cuanto junte los cuartos. La muchacha que da masajes eróticos y el don que le prometió un vestido y unas uñas chinas. El doctor le “sacará” a una operación con el seguro el Mercedes del año. El proxeneta. El maestro. La megadiva. El albañil. La regidora.
El asesino. La ama de casa. El desempleado. El cibernético. La diseñadora y los amantes que se apostaron lo que fuera con la única intención de cobrárselo en el 12. Si el país fuera el Play y no lo que está afuera, si toda esa gente no tuviera que renunciar a esos 27 outs de felicidad; no ocurriría nada de lo que, inexorablemente, acabará sucediendo tarde o temprano.