31 dic. 2006

Una pequeña pregunta

La imagen sólo permanece dos o tres segundos en pantalla, pero es suficientemente. Delante de una gran fotografía, Al Gore señala las dos caras del borde. “Esta es la frontera entre Haití y República Dominicana. Una serie de políticas aquí. Otras políticas acá”, dice el ex vicepresidente de Estados Unidos.
Se trata de un instante en las casi dos horas que dura el documental An Inconvenient Truth (2006), donde Al Gore denuncia el peligro del calentamiento global. De forma clara, a veces entretenida y a veces dramática, el político norteamericano explica qué es el efecto invernadero, cuáles son sus consecuencias más serias y qué podemos hacer para que no lleguen a ser irreversibles.
Después de perder unas confusas elecciones en 2000, donde George W. Bush acabó arrebatándole la presidencia de Estados Unidos, Al Gore se ha dedicado a impartir esta conferencia por todo el mundo. Más de mil veces y ante los espectadores más disímiles ha repetido la misma frase: "La cuestión no debería ser de tipo político. La gravedad es tal que para mí se ha convertido en una cuestión moral y por eso estoy haciendo esto", explica Gore.
Cuando acabé de oír a Al Gore, volví al minuto 64 del documental. Justo ahí está la imagen de la frontera. ¿Estamos dispuestos a salvar al menos la mitad de una isla única? ¿Qué hacemos día a día para que eso sea posible? A veces una gran pregunta empieza por otra mucho más pequeña.

15 dic. 2006

La caída de Buzz Lightyear

Ana Rosario y yo nos aprendimos Toy history de memoria en un sillón que se quedó en la Habana, justo en el medio del aquel espacio donde sobrevivimos los avatares de una época que ahora también se parece a una película, pero en blanco y negro, casi muda. Ese mueble aún debe tener el hoyo que le hicimos mientras compartíamos las risas y las angustias de Woody y Buzz Lightyear.
Más allá de todos los hallazgos tecnológicos de Pixar (que hicieron envejecer a los clásicos de Disney de un día para otro), la clave del éxito de cada una de sus películas es esa ilimitada capacidad que tienen sus realizadores para hacer que lo inconcebible se parezca demasiado a la vida misma.
Fundada por George Lucas y propulsada por Steve Jobs, Pixar ha logrado, fábula tras fábula, un espacio donde padres e hijos pueden sentarse a participar de una misma historia sin que ninguno de los dos se sienta timado. A Pixar yo le debo no sé cuántas horas de complicidad con mi hija. Creo que ella se muerde el índice de la mano izquierda cuando está en aprietos, porque antes me vio a mí hacerlo mientras Buzz Lightyear caía al vacío.
Parecerá tonto, pero nunca puedo evitar las lágrimas cuando veo esa escena. Es una de mis preferidas en toda la historia del cine. Cada vez que Buzz descubre que no es un guardián espacial sino un juguete incapaz de volar, yo caigo con él por esa interminable cámara lenta. Es algo muy breve, pero que puede durar todo lo que nosotros queramos si la volvemos a ver con ellos y nos dejamos convencer por su inocencia.

12 dic. 2006

La botella del pataleo

Cuando llegué a República Dominicana, en noviembre de 2000, muchos de los amigos que me tendieron su mano al pasar guardaban una botella. Algunas eran de ron y otras de un ya antiguo vino, pero todas tenía un mismo fin: “Esa es para tomármela el día en que se muera Balaguer”, me decían.
La madrugada en que amanecimos con la noticia de que el Doctor se había ido de este mundo, Vianco Martínez me invitó a su casa. No creo que celebráramos, más bien lavamos con alcohol la memoria de Amaury, Sagrario, Orlando y de toda aquella generación que fue sacrificada con la intención de que el país mantuviera ese letargo atroz que lo consumió por doce años.
Cada uno de los chilenos que salió a la calle con un litro de pisco o una jarra de vino en la mano, sus razones tenía. El 11 de septiembre ya era un día inolvidable cuando las Torres Gemelas se vinieron abajo. Antes de hacerlo en Nueva York, ese mismo día, pero de 1973, había demolido los sueños de Chile.
Para nadie en este mundo es un secreto que Augusto Pinochet fue ese criminal que nunca le pudieron probar que era. Es una pena que, aún en la decrepitud, el General siguiera contando con las herramientas suficientes para acallar a la democracia. Yo también tengo mi botella guardada. Es de oporto. No es una bebida que a mí me guste especialmente, pero sé que a él sí.

8 dic. 2006

Toilette

Es el sitio donde más leo. Lo aprendí de un tío mío, Aldo Yero, que se encerraba con una caja de antiguos comics y tardaba horas en salir. Luego, supe que no era una cuestión de familia, que muchas celebridades –a las cuales, en su mayoría, veneraba– también se deleitaban en esa costumbre.
José Lezama Lima se sentaba con un ejemplar de la Divina comedia sobre las piernas. Ese libro aún se conserva y está lleno de anotaciones, las que presuntamente se hicieron allí. Siempre que pienso en el obeso Lezama sentado sobre el mueble de loza, escribiendo sobre los versos de Dante, lo imagino con el rostro Oliver Hardy; debe ser por la situación, grotesca como las de aquel otro gordo, divinamente cómica.
James Joyce, Marcel Prouts, William Faulkner, Tennessee Williams y Ernest Hemingway en algún lugar de sus obras o en sus correspondencias dejaron constancia de su rara ‘adicción’ por disfrutar de la lectura a esa hora. Joyce leía itinerarios de trenes y enumeraciones de destinos, Prouts anuncios clasificados, Faulkner listados de muertos de la Guerra Civil, Williams los sonetos de Shakespeare y Hemingway los resultados de las carreras de caballos de la jornada anterior.
Probablemente la imagen que más conceptos cambió en la historia del arte fue precisamente un orinal. Dispuesto en el centro de una galería, aquel objeto sin duda fue la vanguardia más radical, lo que más perplejidad creó, lo más destructivo, lo más subversivo. En un cuadro de Brueguel hay un señor muy viejo en cuclillas que es uno de los pocos retratados en ese menester fisiológico. Su rostro es casi imperceptible, pero aún en sus facciones en miniatura es evidente el placer.
Yo, antes que nada, reviso atlas. Es la manera más cómoda de cargar esos inmensos libros que en una mesa siempre quedan demasiado altos y muy incómodos para tener una idea real de las distancias. Pude aprenderme todas las islas del Caribe gracias a esas puntuales ‘lecciones’ de geografía. También los ríos más largos, las montañas más altas y las fosas marinas más hondas. Con el mundo al alcance de mis manos repito los nombres y corrijo sus latitudes: Mississippi, Orizaba, canal de Suez, cabo Esperanza, lago Baikal...
Hay libros que sólo leo allí y algunos de ellos han sido hasta releídos. Regularmente son textos que soportan ser abandonados por 24 horas. Ahora leo, por ejemplo, Creí que mi padre era Dios, de Paul Auster. Como las historias son muy breves, las leo de una en una, de mañana en mañana. Luego dejo el libro en la repisa y no lo vuelvo a tocar hasta el día siguiente.
Al principio mi madre creyó que era un defecto terrible aquello de permanecer tanto tiempo allí y consultó a un siquiatra tratando de hallar una cura. Pero por fortuna el galeno fue honesto y me salvó de lo que seguramente hubiera sido un horrendo castigo: “Perdone señora –le dijo en voz muy baja, como si se confesara–, pero no puedo hacer nada al respecto... es que yo tengo la misma costumbre”.

4 dic. 2006

Mi deuda interna

Siempre que nos pasaba un avión por encima, le decíamos adiós a Él. El cielo del Paradero de Camarones no es tan grande que digamos. Unas pocas nubes son suficientes para que se cierre como la noche más oscura. Esa pueda ser la razón por la que casi nunca los aviones lo sobrevuelan.
Por eso, cada vez que escuchábamos el ruido de uno, todos los niños dejábamos lo que estábamos haciendo y salíamos al descubierto para tratar de que Él nos viera. Le decíamos adiós hasta que el aparato se hundía en las nubes y el rumor de su motor dejaba de escucharse. Hace unas semanas un lector me pidió que reconociera lo que yo le debía a la Revolución Cubana.
Entonces pensé en aquel extraño ritual en que todos vociferábamos, tratando de esquivar el sol para poder divisar el aparato. Yo solía pasarme gran parte de los veranos con mi padre en su casa de Manicaragua. Un día de agosto de 1980 ese pueblo del Escambray amaneció lleno de banderitas de papel.
Por un lado tenían impresa la insignia cubana; por el otro, el dibujo de un águila comiéndose a una serpiente. “¡Viva la inquebrantable amistad de Cuba y México!”, decían cientos de carteles que colgaban por todas partes. En algún momento del día, el entonces presidente mexicano atravesaría el pueblo en una caravana que se dirigiría al lago Hanabanilla. Nos apostaron en una interminable fila en ambos flancos de la carretera.
Mi padre me subió sobre sus hombros y yo, de vez en cuando, le golpeaba la cabeza con el palo que sostenía mi banderita. Ya eran pasadas las nueve de la noche cuando empezaron a pasar las motocicletas que le abrían paso a la caravana. A cada vehículo que pasaba le gritábamos su nombre. De pronto un tajante silencio se fue imponiendo hasta que logró acallarnos a todos.
No había luz, pero se vio claramente la llegada de un jeep verde olivo. Los vehículos que le habían antecedido, pasaron a gran velocidad, sin que nos dieran tiempo a distinguir a los que viajaban en su interior. Este, en cambio, se detuvo. Las puertas se abrieron y los ocupantes del jeep se desmontaron. Durante todo el día nos habían enseñado las consignas que había que corear, pero el pueblo hizo caso omiso de lo ensayado. Un gran coro vociferó su nombre y
Él empezó a caminar en medio de la oscuridad. Pasó a unos pocos metros de donde yo estaba aún subido en el cuello de mi padre. Hubo un momento en que le vi mirar hacía mí y quise gritar, pero se me hizo un nudo en la garganta y perdí todo el aire que tenía dentro.
En Manicaragua no se recuerda cómo era José López Portillo, nadie tuvo tiempo de mirar al estadista mexicano; durante los segundos que caminó por la calle principal del pueblo, sólo hubo ojos para su acompañante. –¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel! –gritó la multitud hasta que los hombres se perdieron de vista, tal como lo hacían los aviones sobre el cielo de mi pueblo.
Si alguna deuda tengo con la Revolución Cubana es la inocencia, el candor que me hacía gritar de cara a las nubes. Todo lo demás lo pagué con altos intereses.