30 oct. 2009

El garaje de Luzbel Cabrera

En el post “La propiedad privada y el amor”, cuando hice un inventario de los inmuebles de mi pueblo, olvidé el garaje de Luzbel Cabrera. Su nieta Jany no solo me llamó la atención por el descuido, sino que hizo una minuciosa descripción del estado actual de las cosas en el Paradero de Camarones.

Cuando yo era niño, todavía se conservaba el viejo caserón de madera donde mi abuela Atlántida tuvo la mayor desilusión de su vida. Antes de ser una gasolinera, el garaje de Luzbel Cabrera fue un salón de baile y allí tocaron, entre muchos otros, Arcaño y sus Maravillas, Arsenio Rodríguez y Barbarito Diez.

Cada vez que Atlántida oía a Barbarito cantando en la emisora de Cruces, se lo imaginaba con la cara de Humphrey Bogart y la destreza de Erroll Flint. Por eso la noche que descubrió que era un negro tieso lloró de la rabia. Aunque muchos años después, cuando supo que se había muerto, lloró de tristeza, libre ya de prejuicios y rencores.

La ponchera de Chola estaba justo en el camerino donde antaño descansaban los artistas. Allí deben retumbar todavía las voces adanzonadas y los martillazos que Jany, la nieta de Luzbel, dice recordar. Ahora el garaje es el punto más próspero de mi pueblo, aunque la gente poco pueden comprar en él, porque todo se vende en una moneda a la que ellos no tienen acceso.

El garaje de Luzbel está remozado pero, al igual que muchas otras cosas a lo largo y ancho de la isla, su apariencia de alguna forma entraña una ruina.

La propiedad privada y el amor

La tienda de Luis Bada, la represa de Ciprian, la carnicería de Rao, el bar de Roberto, el cine de Chena, la barbería de Felipe Marín, la colonia de Claudio Yero… Medio siglo después de que el gobierno revolucionario las interviniera, todas las propiedades privadas del Paradero de Camarones mantienen sus nombres originales en la memoria colectiva.

La tienda fue clausurada, la represa se secó, la carnicería se hizo innecesaria, el bar se derrumbó, el cine se quedó sin proyectores, la barbería fue demolida y la colonia acabó convirtiéndose en una manigua infértil. Nada produce nada y todo permanece gracias a la melancolía y a una pregunta que ahora se hace con nostalgia y desesperación: “¿Te acuerdas del tiempo de antes?”

El Paradero de Camarones tenía una población de 2,510 personas en 1943. Poco más de medio siglo después ha crecido muy poco, pero ya es incapaz de producir los alimentos y los servicios que su gente necesita. Los 50 años de estatización y colectivismo han castrado la iniciativa de su gente. Cada vez que alguien quiere hablar del amor por su pueblo, se remite a los tiempos en que la propiedad privada existía.

Todos quieren olvidar lo que vino después y por eso nadie le pone nombre.

20 oct. 2009

Está bueno ya de abuso

Hoy miles de cubanos se han manifestado, a través de las redes sociales y los blogs. Los mensajes son incontables y provienen de los sitios más lejanos del planeta, pero todos coinciden en una misma palabra: libertad. Cada vez son más frecuentes este tipo de manifestaciones en la red y cada vez son más los que participan.

La poeta Odette Alonso, compartió un video en Facebook: “Nuestro himno nacional y nuestra bandera. Por una Cuba libre, sin oprobios ni cadenas. Día de la Cultura Cubana. Todos unidos en un solo grito. ¡Libertad!”. Aguaya Berlín subió una caricatura del Plátano Alegre con una bandera desbordándose de en una vasija: “¡Se nos llenó la copa!”, es todo lo que dice.

Muchos han hecho muchas cosas. No tengo buena memoria para los versos ni para las frases célebres, sin embargo no suelo olvidar los mejores estribillos de soneros y trovadores. Algunas de las cosas que siempre tengo en la punta de la lengua, son obra de Juan Formell, quien es uno de los pocos genios vivos de nuestra música popular.

Como tantas y tantas veces he hecho en mi vida, le pido prestada a Formell una de sus ocurrencias para que sea ella mi grito de hoy contra la dictadura: ¡Está bueno ya de abuso, viva Cuba libre!

16 oct. 2009

Requiem por la bandeja

El gobierno cubano ha decidido clausurar las escuelas al campo y los comedores obreros. Como consecuencia de esa medida, desaparecerá uno de los iconos más resistentes de la antropología revolucionaria: la bandeja de aluminio. Muchos de nosotros, los sobrevivientes, le debemos a ella la sobrevida.

Tratando de llegar con el contenido de la bandeja intacto a la mesa, nos graduamos de equilibristas. Aunque los tropiezos también tenían su encanto, porque nos convertían en master blender de las más audaces combinaciones: arroz congrí en almíbar, dulce de leche con frijoles negros o casquitos de guayaba en salsa de macarela.

El sonido de las bandejas mientras se lavaban era la música de fondo de nuestra digestión, una especie de steel band que aún en lo más apartado de los albergues se oía con nitidez. Cuando pienso en la cola del comedor, me vienen a la cabeza cientos de rostros de los que hace muchísimos años no sé nada. Todos ellos compartieron conmigo ese instante fugaz de júbilo incomparable en que por fin llegábamos al mostrador y la tomábamos en la mano.

El golpe de los cucharones contra ella, el rostro sudoroso de las tías y la promesa de un sabor, mitad especias, mitad bauxita, resumían el momento de más gozo en aquella vida que, vista de lejos, se parece más a la de un presidiario que a la de un adolescente.

Aun así no me quejo. La bandeja y yo vivimos momentos demasiado felices como para no lamentar su muerte.

9 oct. 2009

Cuando la biología hace su trabajo

Katyn, la más reciente película de Andrzej Wajda, cuenta la historia de una masacre y de una mentira: En 1942, los servicios secretos de la Unión Soviética ejecutaron a 20.000 oficiales polacos. Pero hasta 1989, la URSS estuvo culpando por ese horror a la Alemania de Hitler.

En una entrevista que Juan Gómez le hizo a Wajda en El País, el maestro asegura que, aunque su padre fue asesinado en Katyn, no quiso contar la historia de su familia, sino revelar lo que realmente ocurrió en ese bosque: “Hay que explicar, no sólo a los polacos, cómo los soviéticos mataron a decenas de miles y echaron la culpa a los nazis durante décadas”, dijo.

Otro polaco, el general Wojciech Jaruzelski, también se refirió recientemente a esas oscuras nebulosas que empañan la objetividad de la historia y la tergiversan. “Pero al final, la biología hace su trabajo: siempre hay menos viejos que vivieron eso y más jóvenes que no fueron testigos”. Cuando se le pregunta qué cree que pensarán de él la gente dentro de 100 años, el otrora dictador responde de la manera más parca: “No lo sé. Y no me importa”.

Por meras cuestiones biológicas, llegará el momento en que la historia de Cuba también tendrá que reescribirse. A unos no les importará, a otros, demasiado.

8 oct. 2009

Gregorio La Rosa

Nació en un pueblo muy pequeño al que el nombre le queda demasiado grande: Esperanza. Lo conozco desde que tuve uso de razón. Era conductor del tren de viajeros de Cienfuegos a Santa Clara. Vestía de completo uniforme y de total almidón. No se cómo se las arreglaba para que sus “guapitas” de caqui siempre estuvieran impolutas.

Gregorio La Rosa era uno de los íconos del ferrocarril y, aun en la época en que las estaciones, las líneas y los trenes comenzaron a convertirse en ruinas, daba gusto verlo blandiendo su silbato y haciéndoles las señales con la gallardía de los viejos tiempos. Fue uno de los últimos ferroviarios que supo usar el reloj de bolsillo y el farol de araña.

Buscando fotos de trenes cubanos en Internet, di con esta imagen que debe ser de los años noventa. El conductor posa en el andén de Cienfuegos poco antes de que salga su tren. Lo sé porque en un bolsillo tiene el talonario de boletines y en el otro la Orden de Vía.

Así mismo lo recuerdo. Afortunadamente el tren de la fotografía no se moverá nunca del lugar, porque sólo de esa manera Gregorio La Rosa puede continuar su viaje.

2 oct. 2009

En la cola de la pescadería con Cintio Vitier

Camino de la oficina quedé atrapado en la encerrona de la hora pico. Como era obvio que no nos moveríamos en un buen rato, le eché mano al BlackBerry para ir leyendo los correos. En el Gmail tenía el aviso de que Sigfredo Ariel me había enviado un mensaje al Facebook. Era algo muy escueto: “Cami: Me acaban de decir que hace unas horas murió Cintio. Un abrazo, Sigfre”.

La enorme fila de carros permaneció inmóvil por mucho más tiempo, el suficiente como para poder repasar algunos momentos de aquella época en que descubrí que Cintio Vitier y Fina García Marruz eran nuestros vecinos. A esa cercanía le debo muchas tardes de larguísimas conversaciones y la publicación de mi primer libro de poemas.

No puedo decir que sostuve una relación intelectual con Cintio y con Fina, hablábamos de literatura cuando ya todos los temas de la vida cotidiana estaban zanjados. Llegamos a tener una complicidad muy familiar y creo que mi hija Ana Rosario fue la que más provecho le sacó a eso, porque descubrió a José Martí con ellos de intermediarios.

Recuerdo que una vez hicimos una cola de más de tres horas en la pescadería. Fue unos días después de la muerte de Gastón Baquero y aprovechamos aquella larga espera para que Cintio reconstruyera los momentos que él recordaba con más cariño de su amistad con el poeta de Banes. Pero aquel ejercicio de la memoria no le impedía estar atento a otras conversaciones que sucedía a nuestro alrededor. Poco después, escribió un poema muy lúdico sobre eso.

Junto a Cintio y Fina, también, crucé por primera vez la raya roja del aeropuerto de Rancho Boyeros. Descubrir Madrid con ellos, fue casi avasallador para un guajirito que nunca había viajado. Pero si tuviera que elegir un sitio donde volvernos a reunir, escogería cualquier lugar de la vida cotidiana. Ahí los poetas suelen ser más reveladores que en la mayoría de sus versos, aun cuando ellos sean parte de una obra insustituible.

Así recordaré a Cintio, en la cola de la pescadería, rodeados por una Habana que él disfrutaba como un niño que está a punto de hacer una nueva trastada.