19 agosto 2024

Extraños como patos en el Manzanares

 
Diana y María estrenando una hamaca en el primer Bohío.

Así era María en noviembre de 2011, cuando nos mudamos juntos al primer Bohío. Ahí comenzó una etapa de la vida de ella, Diana y mía que acaba hoy. Hace una semana que estamos haciendo maletas. Mañana volamos a Madrid para que comience la universidad. 

Eligió hacer una doble titulación en Comunicación Digital y Periodismo, lo cual me tiene feliz y lleno de orgullo. Ya lee más que yo y escribe mejor que yo. El hecho de poder hacer ese viaje con ella, acompañarla hasta su facultad y dejarla en su residencia, me tiene eufórico. 

Lo difícil será acostumbrarnos al nido vacío. Aceptar la idea que ya no llegará a la habitación para quitarnos los que estábamos viendo Diana y yo en el televisor, acostarse entre los dos y poner "una película en familia", es decir, una que a ella le guste. 

O que, a escondidas de su mamá, me busque para pedir pizza, pollo frito o cualquier otra cosa poco saludable, de esas que requieren complicidad y clandestinaje. Una vez, cuando todavía era pequeña, en uno de nuestros primeros fines de semana en la Loma de Thoreau, la encontré caminando por el bosque en medio de una noche muy oscura.

—María, ¿no te da miedo?— le pregunté sorprendido.

—Cuando estoy contigo no le tengo miedo a nada —me respondió y siguió buscando no recuerdo qué con la ayuda de una linterna.

Hoy es el capítulo final de una temporada que duró 13 años. Mañana comienza una nueva que tiene como título provisional “Extraños como patos en el Manzanares”.

18 agosto 2024

Gracias por las convicciones, Zorro


Me pasé toda mi infancia teniendo que repetir, alrededor de las ocho de la mañana, que quería ser como el Ché. Nunca fui del todo honesto. Si de verdad me hubieran dado a elegir, habría dicho que quería ser como Sandokán o como el Zorro. Hoy, a tres años de cumplir los 60, lo ratifico.
A Sandokán lo conocí por los libros de aventuras. Entonces para mí el mundo conocido tenía tres grandes navegantes: el Capitán Nemo, el Corsario Negro y Sandokán. Luego llegaron las películas y, aunque me encantó verlo a todo color, admito que lo prefería en los amarillentos cuadernos de Gente Nueva.
Tuve otro héroe. Es responsabilidad de Chena, el administrador del cine Justo (antes de 1959 había sido su dueño). Él siempre se las arreglaba para que el Zorro se quedara uno o dos días más en el Paradero de Camarones. Luego llegaba contrariado a la estación. “Esta película debió llegar antes de ayer a Palmira”, le advertía a mi abuelo.
No puedo decir a cuántas proyecciones del Zorro asistí. Hace poco, al volver a verla en YouTube, comprobé que me la sabía de memoria, cuadro a cuadro. Los libros de texto, los autores clásicos y la propaganda política siempre intentaron inculcarnos un sentido de la justicia, nadie fue más efectivo que el Zorro.
El suyo era muy básico, como lo era también su capacidad de planear las venganzas. Aunque la mayor parte de la película llevaba una venda, el rostro que reconozco del Zorro es el de Alain Delon. Acabo de enterarme de que ha fallecido y no puedo dejar pasar la ocasión.
Gracias por las convicciones, Zorro.

Almanaques

El almanaque de la Loma de Thoreau.

En casa siempre tuvimos un almanaque colgando de una puerta. Era la que comunicaba el comedor con la habitación de mis abuelos. El clavo que lo sostenía tenía nombre y apellido. Se llamaba la puntilla del almanaque. Mi abuela Atlántida jamás le preguntó la fecha a nadie. Cada vez que dudaba algo respecto a los días, las semanas o los meses, se dirigía a la puerta de su dormitorio.
También tenía una rara costumbre. No esperaba al 1 de enero para cambiar el almanaque. En cuanto conseguía el del próximo año, lo colgaba. Eso provocaba un periodo de muchas confusiones, porque nunca recordaba dónde había puesto el que aún estaba vigente y perdía muchísimo tiempo buscándolo por toda la casa.
Mi almanaque preferido fue el de 1976. Estaba ilustrado con la obra “Guajiros” (1938), de Eduardo Abela. No recuerdo qué traía el de 1977. Pero era algo alegórico a una fecha patria y Aurelio decidió pegarle encima el cuadro de Abela. Después de estar pasando dos años seguidos junto a él, me lo aprendí detalle a detalle. Recuerdo que, cuando tuve delante el original en el Museo de Bellas Artes, lo primero que hice fue buscar el caballo blanco que está amarrado en el portal del fondo.
El móvil ha convertido en objetos decorativos a los relojes de pared y los almanaques. Aun así, no he perdido la costumbre de tenerlos. El almanaque de la Loma de Thoreau no es para saber la fecha sino para marcar el último día que estuvimos en ella. Creo que esta será la vez que más tardaremos en regresar. No me atreví ni a despedirme de Jack y Buck. 
A nuestro regreso, ya las cigarras estarán haciendo silencio, bajo tierra. Lo primero que haré al llegar será ir hasta el almanaque. Esa es mi manera de saber cuánto demoramos en volver y de celebrar que por fin estamos junto a Jack, Buck y esos increíbles cielos de otoño de los que tanto presume el Cibao. En casa siempre hemos tenido un almanaque.

17 agosto 2024

Camilo Venegas: “No puedo dejar de ser cubano, no sabría ser de otro lugar”

En la laguna de Walden, Concord, junto a de Henry David Thoreau.

Agradezco al poeta Álex Fleites esta conversación que tuvimos una madrugada, de regreso del Fenway Park, tras una dolorosa derrota de los Red Sox. Había perdido la voz de tanto gritar en el estadio, pero afortunadamente me quedaba el recurso de dejar las respuestas por escrito. Gracias otra vez, Álex, te dejo aquí un fuerte abrazo.
C.V.

 

Por Álex Fleites

 

Camilo Venegas (Paradero de Camarones, Cienfuegos, 1967) realizó estudios de dirección teatral en la Escuela Nacional de Arte (ENA). En Cuba, fue editor de las revistas El Caimán Barbudo y La Gaceta de Cuba. Luego dirigió el Fondo Editorial Casa de las Américas. En el año 2000 se radicó en República Dominicana, donde fue editor de Pasiones, suplemento cultural de El Caribe, y de Revistas en Diario Libre. Hasta mediados de 2006 fue el Gerente de Extensión y Comunicaciones en el Centro Cultural Eduardo León Jimenes. Actualmente es socio fundador de Ediciones El Fogonero, una gestora de contenidos y estrategias de comunicación que asesora y colabora con reconocidas empresas dominicanas. 

Ha publicado los siguientes títulos: Las canciones se olvidan (poesía, Cuba, 1992), Los trenes no vuelven (Poesía, Cuba, 1994), Itinerario (poesía, República Dominicana, 2003), Irlanda está después del puente (poesía, España, 2004), Afuera (poesía, España, 2009), ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes? (cuentos, República Dominicana, 2013), Prueba de vida (poesía, Cuba, 2018) y Atlántida (novela, República Dominicana, 2023). Sobre esta novela volveremos en unos meses, pues es obra que merece comentario aparte.

Y ahora, como dirían un mexicano, vamos al chile.

 

¿Cuándo, cómo tuviste la primera noticia de la poesía?

Mis dos primeros años de secundaria los cursé en una intrincada escuela al campo en el Escambray. Estaba al final del lago Hanabanilla. Al principio solo podíamos llegar hasta allí en barco. Aunque su biblioteca era bastante pobre, la aproveché lo más que pude. No tenía nada más que hacer, además de escaparme para el río y correr el riesgo de que me quitaran el pase. 

Allí di con tres poetas que me dieron las primeras noticias de la poesía: Antonio Machado, Miguel Hernández y César Vallejo. Mis poemas iniciales, que los empecé a escribir unos cuatro años después, tenían una deuda exagerada con ellos.

 

¿Hubo alguien que influyera decisivamente en el encausamiento de tu vocación literaria?

Es una responsabilidad compartida entre muchos grandes escritores, desde Emilio Salgari y Julio Verne, hasta Sherwood Anderson y William Faulkner. Desde que soy adolescente, leer me da deseos de escribir. Por eso aún hoy, antes de sentarme a escribir, leo algo. Leer es también la mejor manera de aprender a escribir. Creo más en las lecciones que dan las lecturas que en los consejos que dan los escritores. 

Aunque hubo un escritor que me llenó de confianza en mí mismo. Fue a principios de los años 80, cuando participé por primera vez en un encuentro de talleres literarios. Era un texto muy largo que Raúl Rivero no me dejó terminar de leer. “Ese no es el mejor poema que se va a leer aquí hoy —me dijo—, pero tú eres el mejor poeta de todos los que están aquí. Ponte a escribir para que me des la razón”. 

Ni siquiera recuerdo los nombres de los otros que participaban. No sé si llegué a ser mejor o peor que ellos, eso, no es lo importante. Del consejo de Raúl lo que más agradezco es que nunca más pude dejar de escribir, que nada disfruto más que sentarme frente a una pantalla en blanco y empezar a golpear el teclado de la Macbook como si todavía fuera la vieja Underwood de mi abuelo.

 

¿Qué lecturas, además de las que has mencionado, han contribuido a formar el escritor que eres?

La lista es interminable, porque el escritor que trato de llegar a ser está en constante formación. Hace poco leí la novela Mis años con Marta, del alemán Martin Kordić, y admito que no escribo igual desde entonces. No se trata de copiar o de imitar, sino de que no vuelves a ser el mismo después de una lectura que de verdad te impacta. El cine también ha sido fundamental para mí, desde los clásicos norteamericanos y europeos, hasta obras recientes de directores jóvenes que acaban deslumbrándome. 

Un solo libro basta para cambiarte para siempre. Eso me ocurrió, por ejemplo, con Memorial del testigo, de Gastón Baquero. Di con ese cuaderno por casualidad, tratando de cortar camino entre una sala y la otra en la biblioteca provincial de Cienfuegos. Era un cuartico donde encerraban a los escritores censurados y allí estaba aquel pequeño volumen que leí y releí por semanas. Los poemas que tenía escritos en ese momento (no eran tantos) pagaron un alto precio por aquel hallazgo.

 

¿Paradero de Camarones es, en tu caso, esa arcadia perdida o suerte de bolsa amniótica que sirve de referencia constante y punto de partida de tu universo poético?

Viví toda mi infancia, junto a mis abuelos maternos, en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Era un edificio aislado y rodeado de vías, los trenes que llegaban o se iban eran los más importantes sucesos del día. Severo Sarduy, quien también vivió en una estación, dijo en una entrevista que la sombra de los trenes, proyectada en la alta pared de su habitación, fue el cine de su infancia. Aunque en mi pueblo había cine y asistí a muchísimas tandas, la vida en aquel lugar era en sí una película.

Por eso en todos mis libros siguen pasando aquellos trenes y reaparecen los personajes que me rodeaban. Según Rulfo y Sabina (quien cita en una canción esa frase de Pedro Páramo), “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Nada me produce más felicidad que regresas al Paradero de Camarones a través de las palabras. Siempre digo que Atlántida no es una novela sino un camino de regreso. En ese libro sigue en pie todo lo que ha dejado de existir desde entonces.

 

Durante tu primera juventud en La Habana tuviste la ocasión de conocer a escritores de distintas generaciones. ¿Algunos de ellos ejerció sobre ti algún tipo de influencia?

Fui vecino de Fina García Marruz y Cintio Vitier. Nos veíamos a menudo, nos visitábamos, hacíamos juntos la cola del pescado o del pan. Más que una influencia fue un magisterio. Mi primer viaje fuera de Cuba lo hice junto a ellos. En aquella época (principios de los 90) aún se podía fumar en los aviones. Cintio mantuvo un Cohíba prendido toda la noche, mientras cruzábamos el océano. Esa madrugada recibí una conferencia magistral sobre la relación del grupo Orígenes con España. Cuando distinguimos a Madrid por la ventanilla, ya a punto de aterrizar, Fina empezó a señalar unos árboles: “¡Mira los chopos, Camilo! ¡mira los chopos de Juan Ramón!”. 

Recibí muchas influencias durante mi primera juventud en La Habana, pero la que más agradezco es la de mis vecinos Fina y Cintio.

 

Conociste, frecuentaste, a Bladimir Zamora. Lo singular de su personalidad y lo prematuro de su muerte han comenzado a conferirle, entre los escritores más jóvenes, cierto halo mítico. ¿Cómo lo recuerdas, alguna anécdota con él que te gustaría compartir?

Conocí a Bladimir Zamora en un encuentro de jóvenes escritores, donde me pidió un poema para la sección “Por primera vez” de El Caimán Barbudo. Poco después cumplí 23 años y me envió un telegrama a la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. “Cami: Arsenio dice que hay fuego en el 23, no dejes que se apague. ¡Felicidades!”. No olvido la cara de desconcierto de Ramona, la encargada del correo, al entregármelo.

Antes de irme a vivir al Vedado, La Gaveta (el cuarto de Bladimir en la calle Monserrate) era mi estación en La Habana. Allí pernocté, como muchos otros escritores de provincia, cada vez que lo necesité. Cuando empecé a laborar en la Editora Abril, subía mi bicicleta china por aquella empinada escalera y luego, al recogerla, esperaban por mí unos rones, un dominó y una tanda de música que siempre incluía a María Teresa Vera, la Aragón y Benny.

El haber tenido el privilegio de compartir tantas experiencias con él me hizo entender mejor qué significaba ser cubano. El día de 1993 que llegué a Madrid, con Cintio y Fina, acabé en un concierto de Celia Cruz junto a Bladimir. En un momento alguien apareció con una enorme bandera cubana y entre todos la extendimos. “Ya esto no es Madrid —me dijo Bladimir con el hilo de voz que quedaba de su vozarrón—, la Plaza de Toros de Las Ventas esta noche queda en Cuba”. Si yo no hubiera conocido a Bladimir Zamora, no sería quién soy, o al menos el cubano que soy.

 

Estudiaste dirección teatral. Hasta donde sé, no estuviste vinculado profesionalmente mucho tiempo con ningún grupo dramático. ¿Esos estudios te han servido de alguna manera en tu posterior desempeño laboral?

Hice mi tesis en Moa, con el colectivo teatral Tierra Roja, donde dirigí una obra de teatro para niños que Salvador Lemis escribió para la ocasión. Luego, mientras cumplía el servicio social en Cienfuegos, estuve entre los fundadores de Teatro Acuestas y dirigí su primera puesta en escena. Entonces ya el escritor empezaba a ganarle, una a una, todas las batallas al teatrista. Por eso, en cuanto me ofrecieron trabajar como redactor en una revista en La Habana, no lo pensé dos veces. 

Reencontrarme en Santo Domingo con Raúl Martín, compañero de aula en Cubanacán, me ha dado deseos de volver al teatro. En estos momentos escribo un texto con la intención de que él dirija su puesta en escena. Aunque asistiré a los ensayos y aportaré todo lo que haga falta, mi labor en el proyecto será, sobre todo, literaria.

 

Tienes un largo currículo como publicista. ¿Qué tan creativo es el trabajo publicitario? 

Más que a la publicidad, me he dedicado a la comunicación estratégica y a la producción de contenidos. Que mi día a día sea producir textos donde cada palabra responde a un objetivo muy preciso, me ha obligado a prescindir de lo que no es indispensable. Esa obsesión ha contagiado al escritor de ficciones y de poemas. Por eso creo que el comunicador le ha servido más al escritor, que el escritor al comunicador. 

Vivo de escribir. Ese es, probablemente, el mayor lujo que me he dado en mi vida.


Si aceptamos que la identidad es un constructo, ¿cómo se ha ido perfilando la tuya? ¿Quién eres y cómo te definirías?

Ya he vivido más tiempo en Santo Domingo que en el Paradero de Camarones o en La Habana. Eso no me hace dominicano, pero me convierte en un cubano que prefiere el Brugal al Havana Club y que ya siente más por las Águilas Cibaeñas que por lo que queda del equipo Villa Clara. 

Hace poco, caminando por el mediodía de Santiago de Compostela, recuperé olores que salían de las cocinas del Paradero de Camarones de mi infancia. Olores que es probable no existan ya en mi pueblo. Algo parecido me ocurrió con el arroz con leche de un restaurante en Cudillero, Asturias, sabía exactamente igual al de mi abuela Atlántida. Lo mismo me sucede con Camilo Venegas. A veces se me pierde y de pronto, en el lugar más inesperado, vuelvo a dar con él. No puedo dejar de ser cubano, no sabría ser de otro lugar, pero ya suelo buscar a Cuba y a mi sentido de la cubanía en lugares que no coinciden con los que indican los mapas.


¿Cómo, cuándo visitaste La Habana por primera vez? ¿Qué impresión te causó la ciudad? ¿Hay una calle, esquina, edificación de La Habana con la que te sientas particularmente identificado?

Los Venegas vivían en La Habana y desde muy pequeño me llevaban todos los años a visitarlos. Entonces La Habana me parecía inmensa, inabarcable. El puente Almendares me resultaba fascinante y la avenida 31 la más ancha del mundo. La Habana me deslumbraba tanto que disfrutaba hasta su olor a gas de la calle. 

Muchos lugares de la ciudad me impactaban, pero el que más disfruté siempre fue la llegada en tren. Justo ese momento en que la locomotora comenzaba a escalar los elevados y de pronto aparecían en la ventanilla decenas de barcos amontonados, la bahía y la llama eterna de la refinería de petróleo. 

Los trenes en los que viajé de niño a La Habana casi siempre llegaban de madrugada, nunca más nada me ha asombrado tanto. Las dos últimas veces que volví a La Habana ya no di con aquella ciudad. Algunos lugares, incluso, me resultaron irreconocibles. Pero los elevados seguían en pie, aún cabe la posibilidad de llegar a la ciudad de mis sueños en un tren de madrugada.

16 agosto 2024

Lealtades invisibles

La boda de mis padres, estación de ferrocarril de San Juan
de los Yeras. En el centro, junto a la novia, Serafín Venegas.
En el borde derecho, junto a Atlántida, Aurelio Yero.

Diana Sarlabous me advierte constantemente sobre ellas. Se queja de que las sigo al pie de la letra. Dice que las diagnostican cuando uno se rige por “las expectativas, creencias y sentimientos que se desarrollan en el seno de una familia y que influyen en las relaciones entre sus miembros”. 
Lo admito, cada vez que tengo que tomar una decisión que tendrá un grave impacto en mí y en los que me rodean, pienso en lo que harían mis padres y mis abuelos en la misma situación. Sobre todo, Serafín Venegas y Aurelio Yero, las dos autoridades que han tenido una mayor potestad sobre mí.
Pongo dos ejemplos sobre lecciones suyas. Cada vez que iba a Manicaragua, a pasarme un trecho de las vacaciones con mi padre, visitaba a todos sus amigos. En uno de aquellos agostos, me llamó la atención que no habíamos ido aún a la casa de uno de sus más fieles compañeros de pesquerías.
—Nunca más lo verás —fue la respuesta de Serafín.
Ya no sabré qué pasó entre ellos. Sólo sé que para mi padre fue algo irreparable. El mismo ejemplo recibí de mi abuelo. Aurelio bautizó a uno de los hijos de un hermano suyo. Era el único de la familia que no le llamaba Ilo o tío Ilo. Le decía Padrino y sus abrazos eran diferentes, duraban más.
El ahijado de mi abuelo tenía una perra loba y en uno de sus partos me regaló un cachorro. Le puse Shadow, porque recién había aprendido que eso significaba sombra en inglés. Un día, al volver del internado, no encontré a mi perro lobo. El ahijado de Aurelio, para complacer a un amigo militar, nos lo había quitado.
Nunca más mi abuelo le volvió a dirigir la palabra. Sé que eso le dolió muchísimo, pero lo soportó estoicamente. Su ahijado sólo pudo volver a encontrarse con él en la funeraria, el día que lo velábamos. Diana Sarlabous me advierte constantemente de ellas, pero nada puedo hacer al respecto. 
Soy hijo de Serafín Venegas y nieto de Aurelio Yero. Sostengo mis lealtades invisibles hasta el final.

15 agosto 2024

Evocaciones de Atlántida (VII). El idilio de Machín y Mariquita

El antiguo crucero de la vía estrecha de Hormiguero
con la línea de Cienfuegos. Muy cerca del lugar donde
se conocieron Machín y Mariquita.

En el Paradero de Camarones de mi infancia los nombres de los mayores se mencionaban en parejas: Aurelio y Atlántida, Roberto y Helemenia, Chena y Mercedes, Talín y Mercedita, Domingo y Mariana, Felipe y Lela, Aleida y Paco… En esta evocación, Julio Romero cuenta la historia de sus padres, uno de los matrimonios más queridos del pueblo.
A Machín y Mariquita solía verlos a menudo. Me encontraba con ellos en la carreterita, el camino que conducía a la estación y a la casa donde vivían Persi y su hija Lola. Mariquita siempre iba delante, como si tuviera mucha prisa, y Machín la seguía a distancia, a paso lento.
“Lo tuve que dejar atrás”, se quejaba Mariquita de Machín. “Me dejó atrás”, se quejaba Machín de Mariquita. Ella lo esperaba en la línea, para cruzar esa frontera imaginaria juntos. Luego hacía lo mismo en la carretera. “Te tuve que dejar atrás”, le decía ella al reencontrarse. “Me dejaste atrás”, respondía él y se tomaban de la mano.
C.V.

Por Julio Romero

En 1950, todavía existía el ramal de vía estrecha que comunicaba los campos de caña de La Flora, y su correspondiente chucho (trasbordador), con el central Hormiguero. Por eso el caserío que surgió en el punto donde esa línea se cruzaba con la carretera de Cienfuegos a Esperanza fue nombrado La Vía Estrecha. 
Lindando con línea, estaba la finca El Mango. Oasis de sombra y frescura por su palmar, cedros y árboles frutales que rodeaban una recia casa de campo de madera y guano. Un pozo artesiano, con su bomba de manigueta, proveía de límpida y refrescante agua a sus moradores.
Hacia allí se dirigió Machín aquella mañana de agosto, a la sazón cocinero de la brigada de reparadores de líneas, para acarrear un cubo de aquel apreciado líquido. Al acercarse, salió ladrando un perro de lunares al que los bromistas de mis futuros tíos le habían puesto por nombre Meltrozo. 
La gracia consistía en que cualquiera que quisiera espantarlo de su lado en vez de decir “pasa, perro”, dijera “pasa, Meltrozo”. Machín, atemorizado, se detuvo y miró a su alrededor. Entonces, la vio. Debajo de una frondosa mata de mangos, estaba una joven de su edad. 
Lavaba en una batea, mientras movía todo el cuerpo al compás de su esfuerzo. Por lo bajo, tarareaba una canción de la época. Se quedó embobado y estuvo mirándola hasta que ella levantó la vista y se cruzaron sus miradas. El candor y el brillo de sus ojos lo deslumbraron y sintió una sensación extraña en el estómago.
La magia duró poco. De la casa salió una señora de pelo encanecido con un cigarro amarillo en la comisura de sus labios.
—¿Qué se le ofrece, señor? —dijo mientras hacía señas a la moza de que entrara en la casa, a lo que esta accedió diligente.
—Ver si me deja coger un cubito de agua para cocinar los frijoles de la cuadrilla —contestó Machín con voz galante.
—Está bien, cójalo. Pero venga primero a tomar café.
En días sucesivos se repitió la visita con el mismo pretexto. La joven siempre se asomaba a la ventana del comedor para verlo. Le sonreía y después escondía la cara. Se llamaba Noelia y, a pesar de su cuerpo delgado, tenía el encanto de sus ojos color café y su picardiosa sonrisa.
Machín logró pasarle una nota con uno de sus hermanos. Le decían el Niño, por ser el menor, y se lo había ganado regalándole kekes y raspadura cada vez que el muchacho merodeaba, curioso, los trabajos de la cuadrilla de reparadores.
Un día se vieron detrás de la cerca de cardón que limitaba la finca con la vía férrea. Poco pudieron decirse por la premura del momento, pero fue lo suficiente para que se entendieran. Entonces él la invitó al baile que darían el siguiente domingo en el Liceo del Paradero de Camarones. 
Ella no prometió nada, sólo murmuró: “Si mamá nos lleva”. Las hermanas mayores tenían novios con entrada: Juana con Eusebio y Luisa con Evelio. Fueron las cartas determinantes para ganar la partida. Insistieron tanto que lograron convencer a la vieja y allí estaban el domingo al atardecer, esperando que abrieran las puertas del Liceo. 
No más verlos, Machín se acercó cauteloso y les saludó. Iba vestido con traje de dril cien, camisa blanquísima y una corbata azul celeste donde brillaba un plateado alfiler. Había reservado una mesa que le costó diez pesos. “¡Eso era una fortuna en aquel tiempo!”, solía recordar años después. 
El pago Incluía los entremeses y la bebida. Eloísa, la madre de Noelia, se mostró un poco reticente al principio, pero después accedió a brindar con un “España en llamas”, un trago que contenía coñac y sidra. Muy rico al paladar, pero a los efectos, una bomba de tiempo, pues los que lo tomaban se ponían contentones y desinhibidos.
Bailaron toda la noche. Entre danzón y danzón, ella le dijo que sí. Él aprovechó para apretarla un poquito más sin que la vieja los viera. Cuando acabó la música, él le pidió respetuosamente a la señora si la podía visitar. A lo que Eloísa, la madre respondió:
—Joven, usted ha sido muy generoso y se ha portado muy decente —respondió Eloísa— pero yo no puedo darle esa respuesta. Debe hablar con Ildefonso, mi esposo.
El viejo era un cascarrabias. Pero Evelio y Eusebio le dijeron a Machín que no se preocupara, que ellos se encargarían de hablar con él. Terminaron la velada en el bar Arelita, invitados por Machín a comer unas naranjas peladas y frías que eran una delicia. 
En la Victrola sonaba en ese momento una canción de Pedro Vargas: “Adiós Mariquita linda,/ ya me voy porque tú/ ya no me quieres/ como yo te quiero a ti…” En un aparte, mientras los demás degustaban las frutas, Machín le dijo a Noelia en un susurro: “¡Tú eres mi Mariquita linda!”.
Y desde ese momento, fruto del amor y de una noche inolvidable, se le quedó el apodo. Pronto el Paradero de Camarones empezaría a llamarle Mariquita, la mujer de Machín. Por esas pequeñas cosas, espontáneas y a la vez trascendentes, aquel calificativo aquilató una imperecedera emoción universal.