27 septiembre 2026

La última foto de Buck


Durante mucho tiempo intenté que se nos diera alguna mata de papaya en la Loma. Crecían poco y mal hasta que acababan marchitándose. Ya me había dado por vencido cuando reparé que, entre las piedras de uno de los muros, había nacido una (al parecer con la complicidad de un ave).
Le hice una foto para contar su historia y, por casualidad, Buck estaba pasando por allí en ese instante. Intenté que se alejara, para que el iPhone no se enfocara en él, pero fue en vano: acabó posando. Cada vez que bajaba a darles de comer a los perros y las gallinas, recordaba que aún no había compartido la imagen.
El pasado martes nos fuimos a Santiago para hacerme un complicado tratamiento odontológico. Nos extrañó que él, el más glotón de todos, no quisiera comer. Al volver lo encontramos triste y, debido a que yo tenía que hacer reposo absoluto, decidimos que Diana lo llevara al veterinario al día siguiente.
Amaneció en un rincón del jardín, respirando con mucha dificultad. Llamamos a Alito para que acompañara a Diana, pero no llegó a tiempo. Llegó a nuestra familia de pronto y así se marchó. Era el más dominante y el más noble, temerario y cariñoso como ninguno. No recuerdo días tan tristes en esta montaña.
En cuanto República Dominicana le puso fin al confinamiento, Diana y yo nos subimos al Jeep y tomamos rumbo a la Loma. Buck estaba en el monte y al oírnos llegar corrió hacia nosotros. Cuando aún le faltaban algunos metros se lanzó sobre mí hasta quedar abrazados.
Ahora todas las noches sueño que eso vuelve a ocurrir.

El reencuentro al final del confinamiento.

04 septiembre 2026

De Cross Creek a Big G Ranch


Una noche de finales de los años ochenta, la televisión cubana exhibió —creo que por única vez— la película Cross Creek (1983). Desde entonces cargué con el bucólico recuerdo de aquel filme, de la Florida profunda que retrata y de la belleza de 
Mary Steenburgen.
Al fin he conocido los paisajes que rodearon a la escritora Marjorie Kinnan Rawlings cuando, en 1928, dejó atrás Nueva York para instalarse, junto con su marido, en una casa destartalada entre naranjales, pantanos, cocodrilos y serpientes.
Rebeca y Miguel Grillo nos invitaron a Diana Sarlabous y a mí a Big G Ranch, el lugar donde Miguel reconstruyó un mundo muy parecido al que lo rodeaba en las cercanías del central Mercedes, antes de que la prosperidad de aquella Cuba acabara convertida en un irreconocible páramo de miseria y desidia.
Con la música de las cigarras de fondo, compartimos largas horas de conversación —ese arte que las redes sociales y las pantallas han puesto en grave peligro de extinción—, nos bañamos en un aguacero, caminamos descalzos por el campo, anduvimos entre el ganado y capturamos un cerdo salvaje bajo la mirada de un gavilán.
También celebramos la amistad a la antigua: con un buen destilado —en este caso, Buchanan’s, el preferido del anfitrión— y abrazos reales, no de esos que ahora se dan con deditos levantados y emoticones. A lo lejos, los cipreses parecían gigantes con los pies hundidos en el agua.
El recuerdo de Cross Creek, la película que idealicé durante décadas, ha cambiado. Sé que, de ahora en adelante, cuando piense en naranjales, pantanos, cocodrilos y serpientes, lo que me vendrá a la cabeza será aquella tarde en Big G Ranch, mientras Miguel y yo, descalzos y bajo el aguacero, chocábamos nuestros vasos.