Durante mucho tiempo intenté que se nos diera alguna mata de papaya en la Loma. Crecían poco y mal hasta que acababan marchitándose. Ya me había dado por vencido cuando reparé que, entre las piedras de uno de los muros, había nacido una (al parecer con la complicidad de un ave).
Le hice una foto para contar su historia y, por casualidad, Buck estaba pasando por allí en ese instante. Intenté que se alejara, para que el iPhone no se enfocara en él, pero fue en vano: acabó posando. Cada vez que bajaba a darles de comer a los perros y las gallinas, recordaba que aún no había compartido la imagen.
El pasado martes nos fuimos a Santiago para hacerme un complicado tratamiento odontológico. Nos extrañó que él, el más glotón de todos, no quisiera comer. Al volver lo encontramos triste y, debido a que yo tenía que hacer reposo absoluto, decidimos que Diana lo llevara al veterinario al día siguiente.
Amaneció en un rincón del jardín, respirando con mucha dificultad. Llamamos a Alito para que acompañara a Diana, pero no llegó a tiempo. Llegó a nuestra familia de pronto y así se marchó. Era el más dominante y el más noble, temerario y cariñoso como ninguno. No recuerdo días tan tristes en esta montaña.
En cuanto República Dominicana le puso fin al confinamiento, Diana y yo nos subimos al Jeep y tomamos rumbo a la Loma. Buck estaba en el monte y al oírnos llegar corrió hacia nosotros. Cuando aún le faltaban algunos metros se lanzó sobre mí hasta quedar abrazados.
Ahora todas las noches sueño que eso vuelve a ocurrir.