11 jun. 2019

Una hilera de casuarinas

Cuando amanece, Diana Sarlabous y yo salimos a caminar. Nos alejamos unos 3 kilómetros de casa. Aprovechamos esos 6 kilómetros de recorrido para escuchar y escucharnos. Disfrutamos los árboles, las aves y el silencio de una ciudad que en un cuarto de hora se atorará con autos y ruidos hasta el anochecer.
Hoy, como Diana tenía un compromiso a primera hora, hice un trayecto más largo. Llegué hasta un club deportivo que tiene a su alrededor una hilera de casuarinas. En la Loma de Thoreau teníamos un pequeño ejemplar de este árbol australiano. Lo eliminamos por recomendación de un amigo agrónomo.
No puedo decir por qué tomé uno de sus pequeños frutos. Fue como subirme a una máquina del tiempo. Mientras lo frotaba entre los dedos, volví al patio de la escuela rural Conrado Benítez del Paradero de Camarones. A la sombra de una casuarina enorme sucedían los 15 minutos del recreo.
Luego llegué hasta el ESBEC José de San Martín, en Manicaragua. Rodeado de altas casuarinas, me aprendí la “Canción de la nueva escuela” y me creí un elegido, mientras iba de planeta en planeta buscando agua potable. Seguí frotando y desembarqué en la playa de Rancho Luna.
Haciéndome el héroe delante de mis primeras novias, más de una vez acabé destrozado por las rocas del fondo. Luego, junto a los fundadores de Teatro Acuestas, nos refugiamos allí de la incomprensión, la mediocridad y la censura de las autoridades provinciales.
Eloy Ganuza, Mérida Urquía y Ricardo Muñoz Caravaca estaban conmigo, dentro de un círculo de casuarinas que marcaba el escenario donde ensayábamos nuestros sueños.  Cuando abrí el portón del edificio donde vivimos, me descubrí tarareando una canción que creía olvidada: 
“Yo voy a amarte sin palabras,/ sin una coma, sin puntuación./Quiero sumarte a mi bandada/de cuervos muertos, sin ilación”. “¡Caminé casi ocho kilómetros!”, le dije a Diana. “¿Hasta dónde llegaste?”, me preguntó. “Hasta una hilera de casuarinas”.
Guardé el pequeño fruto como si fuera el boleto de un viaje. Afuera, la ciudad ya se atoraba en autos y ruidos. 

27 may. 2019

El día que mi padre me salvó de ser un vikingo

El tercero, de izquierda a derecha, es Erick el Rojo
(Luis Alberto Ramírez).  Justo detrás, Harold (Alejandro Lugo). 
Cuando yo estaba por nacer, en el espacio Aventuras de la Televisión Cubana pasaban Los vikingos. Aquellos guerreros se convirtieron en auténticos ídolos y todo el país se paralizaba, cada tarde, para verlos batirse con sus espadas de plywood.  Aunque el bueno se llamaba Erick el Rojo, a mi madre le encantaba el nombre del malo: Harold. 
Afortunadamente, por más que insistió, no logró convencer a mi padre. Serafín había sido chofer del Jeep de Camilo Cienfuegos durante la campaña del norte de Las Villas. Esa es la razón por la que en Manicaragua, el pueblo donde vivían mis padres cuando nací, todos le llamaban Camilo.
El mismo 16 de julio, en medio de las fiestas por el Manicaragüense Ausente, mi padre fue a inscribirme. Cuando Juan Gutiérrez le preguntó qué nombre quería ponerme, no lo dudó dos veces: “Este sí se va a llamar Camilo”, dijo. “¿Un solo nombre?”, insistió Gutiérrez. “¡Uno solo!”, recalcó.
Lérida, enternecida en llanto, tuvo que resignarse. Pero no descansó hasta que en la familia por fin hubo un Harold. Cuatro años después, su sobrina Lucy dio a luz un varón y Popi, su esposo, que era un fanático de Los Vikingos, no ofreció resistencia.
Muchos años después, el Paradero de Camarones se llenó de nombres japoneses. Estaban pasando una telenovela de samuráis.

21 may. 2019

La historia del ferrocarril cubano se deshace de la revolución

A la izquierda, la edición original (1987) de Caminos para el azúcar 
abierta en el "Epílogo". A la derecha, la edición de Boloña (2017).
El libro Caminos para el azúcar, escrito por Oscar Zanetti Lecuona y Alejandro García Álvarez, ha perdido 10 páginas. La más importante historia de los ferrocarriles en Cuba omite en su segunda edición (Boloña, 2017) el “Epílogo” dedicado a la etapa revolucionaria y al futuro.
Hacia el final de la primera edición (Ciencias Sociales, 1987), los autores le regalaban a la etapa revolucionaria los elogios y reconocimientos que tanto les escamotearon a los visionarios que impulsaron, construyeron y desarrollaron la admirable red vial. 
“Las obras que actualmente se ejecutan, los modernos equipos adquiridos, la nueva generación de trabajadores que se forma, constituyen la más sólida garantía del futuro ferroviario del país. Los ferrocarriles cubanos se adentran así en una nueva etapa que habrá de aportar las páginas más hermosas y brillantes de su larga historia”, aseguraban Zanetti y García.
30 años después de esa temeraria afirmación, el ferrocarril cubano se encuentra en un estado realmente paupérrimo. Cacharros obsoletos o de pésima calidad, adquiridos en China, Irán y Rusia, circulan muy de vez en cuando por las líneas principales y los pocos ramales que aún no han sido demolidos.
Locomotoras que antes solo se destinaban al transporte de caña, ahora arrastran trenes de viajeros que llegan a su destino hasta con un día de retraso. Pero la peor consecuencia de tanta incapacidad y desidia es la pérdida de una cultura que antes definió el carácter y el sentido de pertenencia poblaciones enteras.
No se si fue censura, autocensura o vergüenza. Yo al menos lo asumo como un acto de justicia. El “Epílogo” de Caminos para el azúcar era un insulto a todos los que convirtieron al ferrocarril cubano en un patrimonio, tanto material como inmaterial.
Lo que pasó con esas 10 páginas acabará ocurriendo con muchas otras en muchos otros libros. La verdad, como los trenes, puede retrasarse, desviarse o incluso fallar. Pero siempre llega a su destino, tarde o temprano hace su entrada en el andén de su destino final. 

19 may. 2019

El día que el futuro de Cuba cayó sin tirar un tiro

Cuba hoy sería diferente. Esa, creo, es la única duda que no tenemos de aquel suceso. Si Martí le hubiera hecho caso a Gómez, el 19 de mayo de 1895, no estaríamos donde estamos. Todas las versiones coinciden en que el dominicano regañó al cubano. Le ordenó que volviera a la retaguardia.
Pero el olor de la pólvora atrajo al Presidente como un cebo a la presa. Se acercó todo lo que pudo al escenario donde se libraba el combate. El azar, que tratándose de Martí siempre es concurrente, hizo que minutos antes se juntara con un soldado de la tropa de Masó. Un tal Ángel de la Guardia. 
Baconao, su caballo, era grande y brioso. Aun desde lejos era fácil determinar que aquella bestia, blanca y elegante, tenía que ser montada por alguien importante. Para colmo, su jinete iba vestido de saco negro, pantalón claro y sombrero de castor. Se distinguía a la legua.
Cuando los españoles capturaron su cadáver, comprobaron que el revolver Colt con chapas de nácar tenía todos los cartuchos. No llegó a usarlo. Baconao, herido en el vientre, logró volver al campamento mambí. Gómez ordenó que lo curaran y que nadie, nunca más, lo montara.
Al cuerpo de Martí todavía le esperaba un penoso viaje en tren. En avanzado estado de descomposición, fue mostrado en los andenes de las estaciones de Palma Soriano, San Luis, El Cristo y Santiago. No solo enseñaban el cadáver de un hombre, allí también yacía el futuro de una nación.
Cayó sin tirar un tiro.

16 may. 2019

La noche que dormí en la misma cama que Farah María

Farah María, el ideal de belleza de la Cuba de la segunda
mitad del siglo XX, y Enrique Arredondo, el más grande 

comediante de la isla en ese mismo período de tiempo.
Miro esa foto y vuelvo a ser niño.
El Hotel Hanabanilla fue construido en los años 70 del siglo pasado. Está en uno de los extremos del lago que cubrió el célebre salto, en el corazón del Escambray cubano. Tenía un enorme cartel lumínico encima del último piso. En las noches despejadas se le veía parpadear desde el Paradero de Camarones.
Mi padre, que vivía en Manicaragua, me solía llevar al hotel durante los días de vacaciones que me tocaban con él. Allí jugué con niños húngaros, búlgaros y soviéticos. Llegaban con sus padres en las enormes guaguas de la Vuelta a Cuba. Por años guardé un sellito que me regaló Anka, una niña búlgara con la que nadé por debajo del agua.
En la piscina del Hanabanilla conocí a muchas celebridades. Un domingo en la tarde alguien gritó que en el fondo había un ahogado. Todos salieron menos un hombre que nadó en dirección al cuerpo. Lo sacó del agua sin ayuda de nadie. Era Antonio Muñoz, el Gigante del Escambray, y lo aplaudieron como si acabara de dar un jonrón.
Una tarde todos miraron en dirección al último balcón del cuarto piso y empezaron a gritar. Una mujer en traje de baño los saludó moviendo las manos lentamente, con una elegancia que ya solo se veía por televisión. Era Farah María. “¡Ven para la piscina, que aquí no hay tiburones!”, gritó alguien eufórico.
En las vacaciones siguientes, a mi padre le dieron la habitación 401. Cuando salí al balcón, me di cuenta que era la de la esquina. Esa noche dormí en la misma cama que Farah María, solo que un verano más tarde. “Esa mujer es lo más lindo que ha dado Cuba”, me dijo Serafín mientras revisaba todo. 
Cualquiera diría que buscaba el rastro de alguien. 

4 may. 2019

Hijo y nieto de ferroviarios

Papito Villa (segundo a la izquierda) y Mandrake (segundo de a derecha) 
en Moscú, durante un viaje que hicieron en 1964 para entrenarse 
en las locomotoras TEM 4. Cuba recibió 40 (de la 51001 a la 51040).
Guillermo Vázquez en Budapest en 1969, en un curso técnico sobre
las locomotoras DVM-9. Cuba recibió 70 (de la 61001 a la 61070).
Guillermo Vázquez es, como yo, hijo y nieto de ferroviarios. Gracias a esa coincidencia y a un post publicado en El Fogonero, donde cuento la historia de Papito Villa (el maquinista que en verdad puso en movimiento el tren que Fidel Castro simuló estar conduciendo el 29 enero de 1975), me escribió al buzón del blog. 
Su abuelo, Pedro Valdivia, fue maquinista de la locomotora 16 de los Ferrocarriles Unidos. En ella, corrió trenes de viajeros de La Habana a Cienfuegos desde 1930 hasta 1962. 
Aunque no conserva fotos de la legendaria máquina, sí recuerda la descripción que hacía su abuelo de ella: tenía tres voladoras por banda y superaba los 100 km/h. Como no tenía velocímetro, Valdivia calculaba la velocidad midiendo el tiempo por el reloj reglamentario y la distancia por los postes del telégrafo. 
Su padre también se llamaba Guillermo Vázquez, pero entre ferroviarios era conocido como Mandrake. Fue maquinista, inspector y jefe de Tracción en la Estación Central. En los años 60, Mandrake viajó a la Unión Soviética y Hungría a recibir cursos técnicos sobre locomotoras que serían enviadas a Cuba.
De esos viajes su hijo si tiene fotos. En la primera, un grupo de ferroviarios cubanos (entre los que se encuentran Mandrake y Papito Villa) posan delante del Teatro Bolshoi, en Moscú. Es 1964 y ellos serían los primeros maquinistas de las célebres TEM 4.
En la segunda, de 1969, aparece Mandrake en Ivancsa, Hungría, en una prueba de las DVM-9. Gracias a la gentileza de Guillermo, comparto ambas imágenes en El Fogonero, las cuales son un valioso testimonio de los años en los Ferrocarriles de Cuba recibieron los primeros equipos del campo socialista.
A diferencia de su abuelo y su padre, Guillermo fue ferroviario apenas dos años, entre 1982 y 1984, cuando laboró como electricista de Equipos Tractivos en los Talleres de Ciénaga. Pero su sentido de pertenencia hacia esa cultura, que se entonces se transmitía de generación en generación, sigue intacto.
Gracias a eso, Valdivia y Mandrake están a salvo del olvido.